La vida de mi madre, Angela Pradelli

La última vez que había visto a mi madre fue cuando cumplí 26. Ella me había invitado a cenar. Ese día discutimos como siempre, tal vez más, y me fui de su casa en mitad de la comida. Pasaron cinco años hasta que volvimos a vernos.

Cuando yo era chico me gustaban sus manos grandes y que ella siempre tuviera las uñas pintadas de rojo. Hasta mis trece años los dos nos queríamos, ella me cuidaba, y creo que yo también. Pero cuando empecé el secundario, las cosas cambiaron. Yo pasaba todo el día afuera de casa, no me gustaba estudiar y por esa época ya había empezado con el alcohol. Mi madre era profesora de literatura pero trabajaba como bibliotecaria. Tenía un amigo poeta que había conocido en la biblioteca y los dos pasaban varias horas leyendo poesía en voz alta en el living de mi casa. Muchas veces, cuando yo entraba a casa y los veía, me preguntaba qué hacia mi madre al lado de ese hombre un poco encorvado que usaba camisas arrugadas, pero a ella se la veía feliz.

Cuando yo estaba en tercer año, mi madre me pidió que me anotara en el taller de teatro de la escuela. Eso la puso contenta. Fue un tiempo de tregua para nosotros y nuestras peleas, pero duró poco. A mí me iba cada vez peor en las materias y tenía problemas con los profesores. Un día la directora citó a mi madre para decirle que yo era un maleducado, estaba llegando al máximo de amonestaciones,y que si seguía así iba a repetir. Mi madre volvió furiosa, fue directo a mi pieza, puso algo de ropa en mi mochila y me echó de casa.

Me fui a lo de un amigo que vivía con sus abuelos. Esos días, mi amigo y yo nos rateamos juntos y tomábamos cerveza en la plaza. La directora volvió a llamar a mi madre y dijo que me expulsarían. Mi madre tomó un taxi y fue a buscarme a la casa de los abuelos de mi amigo; desde la vereda gritaba tanto que salieron algunos vecinos a ver qué pasaba. Yo subí al taxi y volvimos juntos a casa. Ella podía ser muy cruel, conmigo sobre todo, pero la suya era una crueldad impulsiva. Se exaltaba en un segundo, sentía una repulsión ardorosa que no podía contener y explotaba. Pero la verdad es que ella y yo no podíamos vivir juntos. A los veinte, me fui a vivir a un departamento que había sido de mi abuela. Pero cuando nos encontrábamos, siempre discutíamos.

Después de cinco años sin saber nada el uno del otro, un día mi madre me dejó un mensaje en el contestador.

-No vale la pena, Patricio, hacerse tanta mala sangre.

Al otro día fui a verla a la biblioteca. La encontré atendiendo a un grupo de adolescentes. La esperé afuera. Mi madre salió unos minutos después y caminamos atravesando la plaza.

-¿Seguís con la actuación? -me preguntó.

-Sí, ahora dirijo también, y escribo.

Unas nubes negras ensombrecían el aire.

-Se está preparando una tormenta -dijo ella mirando el cielo y tuvimos que correr porque se largó un chaparrón. Entramos al bar empapados.

-¿Estás más flaca? -le pregunté mientras nos sentábamos a una mesa al lado del ventanal que daba a la calle.

Ella se secó la cara con una servilleta de papel. Sentados los dos ahí, al lado del ventanal, volví a ver a la mujer que me había criado y que me leía cuentos y poemas de autores ingleses. Pero tenía algo raro.

-Es que me puse amarilla -dijo.

-¿Qué tenés?

-Cáncer en el páncreas -y no dijo más.

Al día siguiente  mi madre tenía consulta con el doctor Saucedo. La esperé en la puerta del consultorio.

-¿Cómo le fue con la medicación? -le preguntó Saucedo.

-Doctor, si tomo todo eso voy a explotar.

Mi madre tenía 56 años y un tumor en la cabeza del páncreas que le obstruía el flujo de la bilis desde el hígado al intestino.

Saucedo remarcó que el tumor estaba comprimiendo las vías biliares. Y dijo que era irresecable.

Ese día oí hablar de la sedación terminal por primera vez.

Empecé a ir casi todos los días a la casa de mi madre. Después de cinco años, todo estaba igual. Los muebles, los cuadros, las fotos. Lo único nuevo era  un reloj de péndulo que cada media hora hacía sonar las campanadas. Por las tardes, caminábamos por el barrio porque ella decía que le hacía bien.

-Siempre me gustó el verano -dijo ella, y se estiró para arrancar unas ramas de tilo que tenía las flores abiertas.

Le dije que tenía que tomar la medicación.

-Este es  mi último verano -dijo mi madre y acercó las hojas del tilo para oler el perfume de las flores.

-No digas eso -la reté.

Antes de volver me pidió que buscáramos una farmacia para comprar una caja de Sertal Compuesto.

El poeta seguía visitándola pero sólo algunos fines de semana.

Una tarde de fines de diciembre mi madre me pidió que llamara a Saucedo. Estaba ojerosa y le había salido un sarpullido en todo el cuerpo.

-Hice un pis oscuro,  parece barro -dijo.

Tenía los ojos amarillos. Saucedo nos esperó en la clínica.Mi madre se negó a sentarse en la silla de ruedas. La enfermera le dijo que se llamaba Nancy y le ofreció agarrarse de su brazo pero mi madre tampoco quiso. Caminamos por un pasillo  angosto. Saucedo iba adelante, nosotros tres lo seguimos.

-Qué feas son estas luces artificiales -dijo mi madre señalando los focos altos que irradiaban una luz mortecina.

Saucedo y yo entramos a uno de los consultorios. Ellas dos siguieron hacia el área de internación.

-Hay que ponerle un stent en el conducto biliar -me dijo-. Hay que hacerlo rápido. Ya tiene ictericia también en la conjuntiva.

Me sorprendió, y fue un alivio para todos, que mi madre no pusiera ninguna resistencia.

-Pero si las cosas se complican en el quirófano -me advirtió-, no quiero que me enchufen, ¿me oíste, Patricio?

Y agregó también que quería dejar firmada la aceptación para recibir la sedación terminal.

Después de unos días le dieron el alta; cuando salimos de la clínica mi madre ya no tenía la piel amarilla y me pidió que la llevara a pasar unos días a la playa. Unos amigos nos prestaron su casa en la costa, que a mi madre le pareció perfecta porque estaba a unos pasos del mar. Apenas entramos a la casa, abrió la ventana que daba a la playa.

-Me gustaría atrapar la felicidad -dijo con los ojos cerrados.

Durante esa semana, mientras almorzábamos o caminábamos por la playa, mi madre me hacía muchas preguntas. Quería saber si estaba enamorado y cómo eran las chicas que me gustaban. Después de cenar hablábamos de teatro. Me preguntaba qué obras de Chejov había leído, me daba clases de Shakespeare en general y de Hamlet en especial. Quería también leer el Monólogo del carnicero que yo estaba escribiendo y que estrenaría a principio de año. Le dije que no lo había terminado y a cambio le di el último cuento que había escrito. Esa noche, como todas después de cenar, fui a tomar algo al bar que estaba sobre la playa y volví muy tarde. Al día siguiente me desperté cerca del mediodía. Mi madre ya estaba en la playa. La vi desde la misma ventana en la que ella había querido atrapar la felicidad. Estaba  sentada de espaldas a la casa. Se había puesto un sombrero rojo en la cabeza. Bajé a la playa y comimos unos sánguches de salmón asado. La arena estaba tibia. Mi madre me ofreció un poco de limonada, y dijo que me haría bien para la resaca. Le pregunté si había leído el cuento. Mi madre asintió con la cabeza.

-¿Y qué te pareció?

-Un asco -me contestó.

A la semana nos volvimos a Buenos Aires. Yo retomé los ensayos del Monólogo. Mi madre se sentía bien, y pasó un verano bastante tranquilo, aunque también tuvo sus reacciones de furia, pero era su furia genuina, la de siempre. Parecía que todo volvía a su lugar, salvo cuando dormía.

-Tengo sueños de arrebato, me dijo un día-. De repente, dejo de estar.

Por esos días se abrió una convocatoria para la audición de La tempestad.

-Shakespeare -dijo mi madre-, qué bien.

Me insistía sobre la importancia de leer varias veces el texto en voz alta para escuchar al personaje. El día de la audición quiso acompañarme. Desde el escenario, la vi sentada en la última fila.

-No estuviste mal -me dijo a la salida.

Quedé entre los seleccionados y pasé a una segunda audición, a la que también fuimos juntos, pero esta vez a mi madre no le gustó mi actuación y mientras volvíamos caminando, me dijo que yo tenía que hablar más claro porque no se me entendía el final de las oraciones, que me paraba mal en el escenario y que tenía que aprender a manejar mis manos.

Me olvidé de Shakespeare y me dediqué a ensayar mi Monólogo del carnicero. Mi madre me pidió una copia para leerlo; se lo di y le conté de paso que estaba buscando un gorro de carnicero para mi vestuario. Al día siguiente mi madre me esperaba con el monólogo sobre la mesa de la cocina.

-Sentate ahí -me ordenó señalándome una silla.

Mi madre sacó una jarra con agua helada de la heladera, sirvió un vaso para cada uno y se sentó frente a mí.

-Tenés mucha imaginación  -me dijo-. Para lo bueno y para lo malo.

Tomó un sorbo de agua y se presionó los labios para secarse la humedad.

-¿Qué querés decir?

Mi madre levantó mi monólogo y lo balanceó en el aire hasta que lo dejó caer y las hojas se deslizaron sobre la mesa.

– No sé por qué escribís estas cosas horribles -me dijo.

No volvimos a hablar del libro, ni de la puesta. Ella no vino a los ensayos, pero un día me avisó que me había conseguido el gorro para la obra. Se lo había pedido a su carnicero y ya lo tenía lavado y planchado. La invité al estreno pero no vino. En la segunda función la descubrí después de diez minutos, estaba sentada en una butaca en la mitad de la última fila. Que el gorro de carnicero me quedaba perfecto, me dijo a la salida, y que me había visto muy bien, qué manejo del escenario, dijo también.

Unos días después ella empezó a ponerse otra vez amarilla. Una tarde fuimos a caminar por la calle de los plátanos que desemboca en la estación.

-Creo que se está terminando mi paraíso artificial -me dijo.

El día que tuvo la primera convulsión, estaba con una prima que había venido a visitarla. La prima esperó que yo llegara, me dijo que tenía que internarla, que para eso era su hijo. Que qué era eso de la sedación terminal, me preguntó y si yo no tenía corazón o qué. Llamé a Saucedo esa misma noche y me dijo que quería verla cuanto antes. Los resultados de los últimos análisis habían empeorado. Mi madre estaba descompensada. La bilirrubina había empezado ya a afectar otros órganos y las convulsiones podían repetirse. Saucedo sugirió la internación  y mi madre por supuesto se negó.

-En el final de la vida, hay que morirse, doctor -y dijo que había llegado el momento.

Una mañana mi madre me dijo que quería levantarse. Había adelgazado mucho. La llevé hasta living y nos sentamos en los sillones.

-Los médicos complican mucho la muerte -dijo mientras se abrazaba el vientre por los dolores.

Esa noche mi madre empezó a hablar con una voz muy apagada, opaca.

El texto de conformidad para recibir la sedación terminal lo tuvimos que firmar los dos. Ella decidió que fuera el viernes de esa misma semana. La enfermera Nancy vendría  a aplicarle la inyección; unas horas después, mi madre moriría. Me dijo que le gustaría despedirse de algunas personas. Ya tenía una lista preparada con los teléfonos. El poeta, el director  y dos compañeras de la biblioteca, Saucedo. También me pidió que llamara también a un sacerdote para que le diera la extremaunción. La idea de hacer un té para todos fue de ella.

El  viernes mi madre pidió levantarse. Esa mañana ella había recuperado la voz y se le entendía bastante bien, pero no tenía fuerzas para caminar y entonces llevé a su cuarto la pequeña mesa de la cocina. El primero en llegar fue el poeta. Los de la biblioteca trajeron el budín de naranjas  y nueces que a mi madre le gustaba. Nadie sabía qué hacer, ni qué decir.

-Somos torpes para las despedidas -dijo mi madre.

Cuando Saucedo entró a la habitación se sorprendió al ver tanta gente. Ella dijo que la ponía contenta que todos estuviéramos ahí.Yo serví el té en las tazas y una de las compañeras cortó el budín. Mi madre le preguntó a su amigo si había traído sus poemas.

-Falta el sacerdote -dijo mi madre.

-Está rico el budín -dijo una de sus compañeras.

El director de la biblioteca no quiso probarlo.

-Tengo el esmalte de las uñas saltadas -dijo mi madre.

Ya todos se habían ido cuando llegó la enfermera, faltaban todavía unos minutos para las ocho.

-¿Por qué no habrá venido el sacerdote? -preguntó mi madre.

Nancy cortó la ampolla.

-No va a dolerte -dijo.

Yo esperé en la cocina. Las oí hablar bajo, y rápido, como si estuvieran contándose secretos urgentes.

Después mi madre y yo nos quedamos solos. Ella me preguntó si estaba cansado y me pidió que apagara las luces. Sólo dejamos encendido el velador de su mesa de noche. Fue un alivio esa penumbra que bajó sobre nosotros y se deslizó como una seda.

Saqué una de las almohadas para que mi madre estuviese más cómoda. Me dijo que dejara la persiana abierta para que entrara algo de aire. Me acosté a su lado y me quedé dormido. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Cuando me desperté mi madre me preguntó por el gorro de carnicero. El leve resplandor de la lámpara nos alcanzaba a los dos con una luz suave. Todo lo demás en ese cuarto, su cartera colgando del picaporte de la puerta, el esquinero con sus libros, su sombrero de playa arriba del ropero, las fotos en la pared,  todo estaba sumido en la oscuridad. Todo, menos nosotros dos. Le dije que llevaría siempre conmigo el gorro del carnicero, que lo colgaría en todas mis obras.

-¿Y cuando hagas Hamlet, qué?

-Lo voy a colgar de un clavo en la pared y voy a decir que es el gorro del carnicero de Hamlet.

Ella sonrió y me pidió agua, tenía la boca reseca. La pileta de la cocina estaba repleta de tazas sucias, restos de hebras, platos, migas de budín. Puse agua con unas astillas de hielo en un vaso grande. Pero mi madre no tenía fuerzas para incorporarse, así que acerqué la silla a la cama y le mojé los labios con un pañuelo.

-¿Está bien así?

-Muy bien -dijo mi madre.

Me quedé allí sentado, humedeciéndole la boca hasta más de la medianoche. Me volvían algunas imágenes de esa tarde. Una de las bibliotecarias dándole cuerda al reloj de péndulo en el comedor. El director, parado en el umbral de la puerta, saludando a mi madre con el brazo en alto, la mano abierta. El poeta leyendo.Las porciones de budín sobre la fuente. El poema que quedó sin leer sobre la cómoda: “Una mujer parte de la casa temprano y borra su estela/ aun así deja sus marcas en la mesa/ los abrigos, las tazas, los manteles, / en los espejos, el botiquín, los pañuelos”. Saucedo, que para despedirse de mi madre puso su silla frente a ella y así, los dos sentados, se abrazaron.

Le humedecí los labios y me acosté a su lado. Mi madre hizo uno o dos movimientos leves con las piernas y después reposó. En el silencio de la casa se oía su respiración lenta. Estuvo así hasta que cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. Mi madre dormía tranquila y una brisa entraba y movía apenas las cortinas livianas.

A Patricio Abadi

 Fuente: https://www.pagina12.com.ar/12168-la-vida-de-mi-madre

La tardecita, Juan José Saer

Al ingeniero Saer

La historia, aunque a decir verdad los hechos escasos y simples que la constituyen, desde el punto de vista de las leyes del melodrama que imperan hoy en día en lo que podríamos llamar el mercado persa del relato, no alcanzarían a formar una historia, es más o menos la siguiente: un domingo a la mañana Barco, que acababa de cumplir cincuenta y dos años, buscando algún texto corto para leer antes del almuerzo, encontró una versión de La ascensión del monte Ventoux de Petrarca, y se instaló a leer en su estudio de abogado, en un sillón ubicado estratégicamente cerca de la ventana que daba al patio, para aprovechar al máximo la luz natural, de la que Barco era como se dice partidario ferviente cuando se trataba de lectura, aunque a causa de su trabajo únicamente de noche le quedaba tiempo para leer un rato antes de irse para la cama. El texto de Petrarca hacía años que no lo leía, y si lo eligió fue más bien a causa de su extensión, para poder terminarlo antes de mediodía, porque Tomatis estaba en Buenos Aires y se había anunciado en Caballito para el almuerzo, con el fin de traerle su regalo de cumpleaños y presentarles, a Miri y a él, su nueva pareja, una chica arquitecta que, según el sarcasmo de Miri, «por suerte gracias a su profesión podía hacer cosas un poco más constructivas que ponerse de novia con Tomatis», aunque Miri se olvidaba de que, treinta años atrás, Tomatis había estado enamorado de ella y ella, durante un par de semanas por lo menos, estuvo a punto de dejarse tentar por la cosa.

Lo cierto es que Barco se sentó esa mañana de domingo a leer a Petrarca. San Agustín –o, a estar con algunos, el colectivo publicitario de la iglesia primitiva que conocemos con el nombre de San Agustín– pretende que fue escuchando un sermón de San Ambrosio que se convirtió al cristianismo, lo que es igual que si hubiese sido leyéndolo, porque hasta entonces sólo se leía en voz alta, de modo que un sermón era una simple lectura comentada, semejante a lo que hoy llamaríamos una conferencia, y hay que reconocer que casi todas las grandes iluminaciones, exaltaciones, conversiones o revelaciones de los tiempos modernos provienen de la lectura. Pareciera ser que, en el estado actual de nuestra especie, siempre es necesario que lo poco que nos pasa de esencial le haya pasado primero a algún otro, de manera que sólo comparativamente podemos llegar a sentirnos, gracias a una lucidez pasajera, y muy de tanto en tanto, con fugacidad fragmentaria, lo que creemos ser o lo que tal vez somos.
A los pocos minutos de haber empezado a leer, Barco tuvo una experiencia semejante, pero no le advino ni un éxtasis ni una revelación, sino algo más íntimo y más querido: un recuerdo. Petrarca, que tenía desde hacía cierto tiempo la intención de escalar el Ventoux, cuenta que uno de los dilemas que se le presentaban era la elección de una compañía que fuese al mismo tiempo útil y agradable, y que después de haber vacilado entre varios de sus amigos, decidió llevar a su hermano menor, por el que sentía mucho afecto, pensando que la subida, que no era a decir verdad más que un paseo largo y fastidioso, y no una verdadera aventura, le daría al muchachito a la vez instrucción y placer. Y, gracias a las imágenes que, mientras avanzaba en la lectura, iban formándose en la parte más clara de su mente, el recuerdo, desde la oscuridad sin nombre y sin extensión o forma definida en la que yacía arrumbado o en la que derivaba desde hacía más de cuarenta años, nítido y entero, constituido de mil detalles hormigueantes y vivaces, hizo su aparición instantánea. Petrarca y su hermano menor escalando la ladera polvorienta y atormentada del monte se asociaron de un modo explicable pero inesperado, con un viaje que su hermano mayor y él, que tenía en ese entonces alrededor de diez años, habían hecho una tarde de otoño.

Existe siempre durante el acto de leer un momento, intenso y plácido a la vez, en el que la lectura se trasciende a sí misma, y en el que, por distintos caminos, el lector, descubriéndose en lo que lee, abandona el libro y se queda absorto en la parte ignorada de su propio ser que la lectura le ha revelado: desde cualquier punto, próximo o remoto, del tiempo o del espacio, lo escrito llega para avivar la llamita oculta de algo que, sin él saberlo tal vez, ardía ya en el lector. De modo que después de atravesar en un estado más bien neutro las informaciones del prólogo escrito por el traductor que había vertido el texto del latín al castellano, a los pocos minutos de empezar el relato propiamente dicho, Barco alzó la vista del libro y, con los ojos bien abiertos que no veían sin embargo nada del exteriorior, la fijó en algún punto impreciso de la habitación y se quedó completamente inmóvil, lleno hasta rebalsar del recuerdo que la lectura había suscitado:

Un atardecer de Semana Santa, un miércoles al final de la tarde para ser más exactos porque, para aprovechar al máximo las vacaciones habían decidido lanzarse a la aventura el mismo miércoles al salir de la escuela, sin esperar hasta el día siguiente, con el fin de ganar la noche del miércoles y la mañana del Jueves Santo en el pueblo en el que pasaban todas sus vacaciones, de verano, de otoño, de invierno o de primavera. Casi todos sus tíos, tías, primas y primos vivían en el pueblo o en los pueblos vecinos y para Barco, hasta los dieciséis o diecisiete años por lo menos, el pueblo ese tirado en medio de la llanura, el puñado de manzanas geométricas dividido en dos por las vías del ferrocarril, había sido una especie de paraíso: ninguna otra felicidad podía igualarse a la que lo asaltaba ante la perspectiva de ir a pasar en él unos días. Y era justamente a causa de la impaciencia que se apoderaba de él que se habían encontrado, él y su hermano mayor, que le llevaba cuatro años, en esa situación, o sea caminando los dos al atardecer en medio de la llanura vacía, por el camino de tierra de unos quince kilómetros que unía el pueblo con la ruta de asfalto donde los había dejado el colectivo de Rosario.

Al bajar del colectivo, habían esperado en el cruce una media hora sin que pasase un solo auto, y como se acercaba la noche, habían decidido empezar a caminar por el borde del camino de tierra, y a medida que se alejaban del asfalto la llanura se iba volviendo más desierta y más silenciosa. Como avanzaban hacia el oeste, en el fondo del camino recto y grisáceo, el disco rojo del sol, enorme y llameante, flotando no lejos del horizonte, parecía estar esperándolos con la intención de impedirles seguir adelante. Había llovido mucho la víspera, y el camino era un magma barroso en muchos trechos, donde algún vehículo, tirado a motor o a sangre, se había atrevido a pasar, formando huellas profundas de las que únicamente los bordes rugosos se habían resecado un poco. El estado en que había quedado el camino después de la lluvia explicaba la ausencia inusual de coches, aunque en aquella época los autos y los camiones no eran demasiado frecuentes en el campo, y de todas maneras la situación en la que se encontraban había sido prevista por sus padres, ya que la madre había querido oponerse a que viajaran esa tarde, argumentando justamente que había llovido y que la noche podía sorprenderlos en el camino, pero el padre, que tenía cierta predilección por su hermano mayor (o por lo menos Barco así se lo imaginaba en aquel entonces y seguía imaginándoselo en la actualidad, aunque su padre había muerto hacía treinta años y su hermano el año anterior), había dicho que gracias a la prudencia y al sentido de responsabilidad de su hermano no iba a sucederles nada malo (de todos modos, en ese punto o en cualquier otro, bastaba que su madre tuviese una opinión para que su padre formulase exactamente la contraria, y lo mismo sucedía, pero al revés, cuando era su padre el que argumentaba en primer término).

La cuestión es que avanzaban, ansiosos por llegar pero lentos a causa del barro, por el camino solitario, hacia el gran disco rojo que, como se dice, ensangrentaba el cielo en el oeste. Las nubes que se arremolinaban en la altura no interceptaban el disco rojo vivo, como si, inmóviles y asumiendo las formas más diversas, se hubiesen apartado igual que cortesanos respetuosos para no ocultar, con sus masas fofas y toscas, la perfección circular y ardiente de su presencia misteriosa. A cambio de esa discreción reverente, el sol las teñía de sus tonos innumerables, encendidos, claros y brillantes en las inmediaciones del disco, y que iban haciéndose cada vez más oscuros y más fríos –naranja, rojo, rota, violeta, azul– cuando iluminaban los copos algodonosos suspendidos hacia el este, en la porción opuesta del cielo. En el otoño ya avanzado, los campos de maíz parecían ruinas, con los tallos quebrados y grisáceos y las hojas color beige desgreñadas, resecas y colgantes, sugiriendo un ejército innumerable y fijo, aniquilado en una batalla reciente y del que hubiese vuelto a este mundo la muchedumbre de espectros, retomando el hábito de alinearse en orden para formar una teoría de almas en pena muda y amenazante. En un campo cercano, un rebaño de vacas negras había dejado de pastar, y los animales, orientados todos en sentido opuesto a la caída del sol, la cabeza un poco levantada como si estuviesen tratando de captar una señal remota, completamente inmóviles, todos en la misma actitud como si se tratase de la misma imagen plana reproducida cuarenta o cincuenta veces, le sugerían a Barco, en el momento en que estaba recordándolas, esas manadas que aparecen en las pinturas rupestres, más misteriosas por la extraña vida interior que emana de los animales que por las intenciones de los hombres fugitivos que los dibujaron en la piedra. Durante unos minutos de marcha únicamente oyeron el ruido de sus propios pasos, vacilantes y demorados, buscando suelo firme entre los trechos removidos de barro blando y los charcos de agua lisa que enrojecían el anochecer, hasta que, de algún punto lejano de la llanura un ganado invisible empezó a mugir, sacando al que tenían a la vista del sopor en el que parecía haber caído e incitándolo a seguir tascando en silencio. La inminencia de la noche cuya llegada, para precipitar al mundo en la negrura, parecía ir acelerándose, oprimía el pecho de Barco y le anudaba el vientre, de modo que para que no se pusiese a temblar, hundió la mano libre –en la otra llevaba una valijita– en el bolsillo del pantalón.

Al cabo de un rato de marcha, a la izquierda del camino, a unos cien metros adelante, divisaron el cementerio. Por temor de percibir en él el mismo terror apagado que empezaba a invadirlo, Barco no se animaba a mirar a su hermano, ni siquiera de reojo, y fue en ese momento en que se dio cuenta de que la llanura, en ese lugar que había atravesado decenas de veces, idéntico por otra parte a muchos otros en sesenta o setenta kilómetros a la redonda –camino de tierra, alambrados, maizales, campitos de pastoreo, redondel rojo enorme al atardecer, cuadrado de muros blancos del cementerio y cipreses negros sobrepasándolos–, de habitual que había sido hasta ese momento, se estaba volviendo irreconocible y extraño. Era incapaz de formularlo así en ese entonces, pero una luz cintilante, ultraterrena, transfiguraba el espacio y las formas que lo poblaban, poniendo a la vista, del paisaje familiar, su pertenencia a un lugar desconocido en el que, hasta ese momento, ignoraba que había estado viviendo. Durante años sentiría el malestar de esa revelación hasta que, gradualmente, capas y capas de experiencia, como sucesivas manos de pintura sobre una imagen odiosa, terminarían por hacérsela olvidar, hasta que esa mañana la lectura de Petrarca la trajo de nuevo a la luz viva del recuerdo.

El chasquido de los pasos en el barro estallaba apagadamente y se dispersaba en el aire que ya empezaba a volverse azul, mientras que del disco enorme que interceptaba el camino en el horizonte ya no era visible más que el semicírculo superior, y desde hacía unos minutos las nubes multicolores de un rato antes ya se estaban poniendo negras. El muro blanco del cementerio, por encima del cual, aparte de los cipreses, emergían las cúpulas y las cruces de cemento de algunos panteones, fulguraba a causa de esa luz que no era de este mundo, y del semicírculo rojo incrustado al final del camino, una turbulencia ígnea, de un rojo en fusión, barnizaba todo lo visible con una substancia fluorescente en la que el rojo y el negro parecían neutralizarse mutuamente produciendo una luminiscencia insólita y glacial, una harina estelar, a la vez impalpable y magnética, de la que también ellos, su ropa, sus cuerpos, sus órganos internos, y hasta sus deseos y sus pensamientos hubiesen sido espolvoreados. Aunque únicamente esa mañana, cuarenta años más tarde, era capaz de formularlo de esa manera, Barco tenía la impresión de estar en el lugar remoto de un mundo cuyo centro podía estar en un punto cualquiera del espacio, y que si en ese punto se encontrara el sentido de la totalidad, aun cuando fuese contiguo al que estaban atravesando, e incluso el mismo por el que en ese momento caminaban, piara ellos sería siempre inaccesible y remoto. Por primera vez sentía, sin saber que lo sentía, experimentando el terror de sentirlo sin gozar de la clarividencia resignada de cuarenta años más tarde, que el mundo no estaba fuera de ellos, sino que eran ellos los que le eran exteriores, y que el paisaje familiar en el que había nacido y que consideraba semejante al paraíso, era una lisura sin accidentes que toleraba un momento que la atravesaran hasta que, de golpe, se los tragaba sin dejar de ellos en la exterioridad neutra y distante la menor huella de su paso. El terror que se apoderó de él ignoraba esa evidencia; el carecer de nombre lo multiplicaba, y ya estaba a punto de aullar y de salir corriendo cuando, con suavidad, la mano tibia y un poco húmeda de su hermano se apoyó en su cabeza, en un gesto cuya intención se le escapaba un poco, en razón de esa relación peculiar que suele existir entre hermanos, íntima y distante a la vez.

–Me parece que oigo un motor –le dijo. Y era verdad: rateando, dando bandazos, el camioncito de la Liebre, el quiosquero, que había ido hasta el asfalto a buscar los diarios de la tarde y las revistas semanales que le llegaban por el colectivo de Rosario, frenó al cabo de unos minutos junto a ellos, y la cara rojiza de la Liebre apareció por la ventanilla, ostentando una sonrisa vagamente burlona en los labiecitos fruncidos que le habían valido el sobrenombre, y sin decir palabra, con un movimiento jovial de la cabeza, los invitó a subir.

Apenas oscureció, el camino se volvió todavía más dificultoso. La Liebre conducía concentrado y tenso, y esa noche, su hermano contaría, durante la cena, en medio de la risa general, cómo la Liebre, agarrándose firme del volante, inclinado hacia el parabrisas para auscultar mejor el camino e ir previendo los peligros, frenando y acelerando todo el tiempo, mientras ellos no se atrevían a desviar la vista de la luz de los faros que iluminaban el camino barroso, se hablaba a sí mismo en tercera persona, lanzándose advertencias, insultos o amenazas a cada resbalón o bandazo demasiado violento que desviaba al coche de la dirección que llevaba y daba la impresión de que iba a mandarlo a la cuneta o a volcarlo: “Tené cuidado, Liebre. No boludiés. Aflojá con el acelerador, Liebre. Ojo que hay un pozo adelante». Y así durante la hora que le pusieron para recorrer diez o doce kilómetros. Pero Barco no le prestaba atención: se iba calmando de a poco, como cuando, al despertar de una pesadilla, cuesta un buen rato todavía convencerse de que se ha vuelto a la vigilia y que la substancia opresiva del sueño se ha disipado. En la entrada del pueblo, por fin, lo familiar se restableció: era otra vez él, él, Horacio Barco y estaba llegando al pueblo con su hermano para pasar las vacaciones de Semana Santa. Pero esa vez no era felicidad lo que sentía, sino únicamente alivio. Cuando empezaron a rodar por la arboleda exterior que unía el camino con el pueblo, ya era noche cerrada desde hacía un buen rato. De las casitas Pobres de las afueras, salían gritos, risas, ladridos de perros alertados por el motor del camioncito, música y voces que mandaba la radio, y por las ventanas, proyectándose sobre los patios, las paredes, las veredas de tierra o de ladrillos, las copas de los árboles, colgando en los cruces dé las primeras calles, luces débiles pero cálidas, insignificantes en relación con la negrura sin fin de la llanura, pero amistosas, próximas, fragilísimas, y nacidas, como él, que las estaba viendo pasar, en ese mundo y en ningún otro, aunque a partir de ese día le quedara por averiguar, y seguiría intentándolo, sin conseguirlo, hasta el momento de su muerte, qué clase de mundo era.

Poema al padre, Sharon Olds

De pronto te imaginé

de niño en aquella casa, habitaciones oscuras

y cálida chimenea con el hombre enfrente

callado. Te movías a través del grávido aire

con tu corpórea belleza, un chico de siete años,

indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre

hizo cerca de ti, era tu padre,

el molde con el que fuiste creado. Abajo en el

sótano, los barriles de dulces manzanas,

cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron

y descompusieron y por delante de la puerta del

sótano el arroyo corría y corría, y algo

no te fue dado, o algo te fue

robado, algo con lo que naciste, y hoy

incluso a tus 30 y 40 años te llevas

la oleosa medicina a tus labios

cada noche, ponzoña para ayudarte

a caer inconsciente. Siempre pensé que

la clave fue lo que nos hiciste

de adulto pero luego recordé a aquel niño

siendo moldeado frente al fuego, los

diminutos huesos de su alma

retorcidos y fracturados, los pequeños

tendones sujetando el corazón

partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron

tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,

me gusta pensar que estoy dando mi amor

directamente a ese chico de la habitación tórrida

como si ese amor pudiera alcanzarlo a tiempo.

El Padre, Sharon Olds

Carrera


Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orientación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después, 
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós  a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

Su quietud

El doctor dijo: “Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora.”
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: “Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar”.
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

Su olor

Durante sus últimos días de vida
quise encontrar un nombre para su olor: como levadura,
catalizador ocre alimentándose de líquido,
ingiriendo malta, excretando arrope,
fermento agrio, embriagador, exultante,
la bebida fuerte del sudor de mi padre.
Me inclinaba sobre la cama del hospital
y lo olía. Era cemento húmedo,
era acera de granito triturado, era cuarzo
y esquisto jurásico, o el olor agrio
del humidificador de cobre
lleno de humedad, era la puna, eran hilachas
ennegrecidas de tabaco; era el recuerdo del cloro
en el piso del vestuario de la piscina durante el verano;
el tenue olor a moho de la alfombra de su casa,
el esputo mordaz que huye de las fauces
nubladas de un borracho. Era también la cavidad
de un zapato de cuero, rancio,
mezcla de betún y medias ácidas:
en su olor, siempre, esa sensación
de mancha y la atracción de la mancha,
la armonía del aceite y el metal,
como si los mundos de la manufactura y de la industria
hubieran decidido usar su cuerpo
como glándula para sudar. El último día,
se alzó en su frente, una esfera de sudor
compacto, la tomé en mis labios.
Después de su último aliento, yacía ahí,
tendido de costado, inmóvil,
sin respirar, sin proferir sonido,
pero su olor era el mismo, ese olor viciado
fresco industrial doméstico varonil,
oscuro, reflejando puntos de luz.
Alguna vez pensé que al final
sería una palabra, una mirada, la presión
de su mano. Nunca, que él moriría
y yo, después, me inclinaría para olerlo,
respirándolo como se respira el aire,
profundamente, antes de partir hacia el exilio.

 Más allá del peligro

Una semana después de que murió
de pronto entendí
que su amor por mí estaba seguro:
ya nada lo podría alterar. A veces,
durante el último año, su rostro se iluminaba
cuando yo entraba a su habitación,
y una vez, medio dormido,
sonrió al pronunciar mi nombre.
Respetaba mi arrojo:
la vez que me ataron a la silla,
ataron a alguien que él respetaba, y cuando
dejaba de hablar durante semanas enteras,
yo era uno de los seres a quienes no le hablaba,
alguien con un lugar en su vida.
La última semana lo dijo sin querer:
entré a su cuarto y le pregunté
“Cómo estás,” y contestó, “Yo a ti también”.
Desde entonces, temí perder esas palabras.
Hasta el último momento podía equivocarme,
ofenderlo. Bastaría una de sus muecas de disgusto
para que volviera a joderme la vida.
Intenté no pensar demasiado,
ayudaba a cuidarlo, le limpiaba el rostro,
lo acompañaba.
Pero un rato después de que murió,
de pronto pensé, con asombro, ahora
siempre me amará, y me reí:
estaba muerto, ¡muerto!

Sus cenizas

La urna era pesada, pequeña pero tan pesada,
como la vez, semanas antes de morir,
cuando quiso pararse y puse mi hombro
bajo el suyo, mi mejilla contra su
espalda desnuda repleta de pecas
mientras ella sostenía el orinal. Había perdido
la mitad de su peso
y aún así pesaba tanto que casi no lográbamos sostenerlo
mientras expulsaba la orina crepitante
como fuego líquido. La urna
pesaba lo que ese metro ochenta, se calentaba
en mis manos mientras la acariciaba bajo el pinsapo azul.
La pala sacó la última bocanada de tierra
de la tumba—habrá hecho el mismo ruido arenoso
cuando rasparon sus cenizas del horno—
los demás llegarían en cualquier momento y yo
quería abrir la urna como si sólo así
pudiera conocerlo. Sobre el césped húmedo,
bajo los conos cubiertos de rocío,
forcé la parte de arriba, se abrió, y
ahí estaba, la verdadera materia de su ser:
racimitos de huesos moteados; un arco óseo
descolorido, como un hongo nacido
alrededor de una rama; guijarros manchados:
quizá las manchas fueran los canales de su médula,
quizá por ahí nadaron moléculas vivas
como si tuvieran una voluntad
que pudiera llamarse propia,
quizás en cada célula los cromosomas
emitieron destellos de luz al dividirse, chispas
al dejar atrás sus copias
relucientes. Miré ese salpicón de escamas,
esos restos semejantes a un avispero
de papel deshecho: qué era eso, era un hueso
de su muñeca, era su rótula elegante,
su quijada, o quizá esa parte de su cráneo blanda
al nacer: lo miré,
sus huesos y las cenizas donde yacían, blancas,
plateadas, como esas trémulas serpentinas de polvo
que la tierra va dejando a su paso al girar,
se siente su rugir pesado mientras se aleja.

Sentimientos

Cuando el médico residente auscultó el corazón detenido
yo lo miré, como si él o yo
fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo:
yo había perdido el lenguaje de los gestos,
no sabía qué significaba para un extraño
levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre.
Mi rostro estaba mojado, el de mi padre
apenas húmedo con el sudor de su vida,
esos últimos minutos de trabajo duro.
Yo estaba recostada en la pared, en un rincón,
y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo,
y todos los demás creían en el Dios Cristiano,
llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama,
sólo yo sabía que se había ido del todo,
sólo yo le dije adiós a su cuerpo
que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza
su pie, pensé en ese anciano esquimal
que sostiene la popa de la canoa mortuoria,
y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas.
Sentí la sequedad de sus labios
en los míos, sentí la levedad de mi beso
mover su cabeza sobre la almohada
así como se mueven las cosas
como por su propia cuenta en el agua mansa,
sentí sus cabellos de lobo en mis dedos,
se tambalearon las paredes, el piso,
el techo giraba como si no estuviera yo
saliendo del cuarto sino el cuarto
alejándose de mí. Me hubiera gustado
quedarme a su lado, cabalgar junto a él
mientras lo llevaban al lugar donde lo cremarían,
verlo entrar a salvo al fuego,
tocar sus cenizas tibias, y después llevarme
el dedo hasta la lengua. A la mañana siguiente,
sentí el cuerpo de mi esposo
aplastándome dulcemente como una pesa
sobre algo blando, una fruta, su cuerpo asiéndome
a este mundo con firmeza. Sí, las lágrimas brotaron,
como el zumo o el azúcar de la fruta.
Se adelgaza la piel, se rompe, se rasga: hay
leyes en este mundo y según ellas vivimos.

El cuerpo muerto

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

El último día

 

El último día de la vida de mi padre
lo bañaron por la mañana, doblaron la sábana a su cintura,
yo me senté con ellas y lo lavaron, clavículas,
hombros, costillas, pecho, la piel ocre,
irregular. Por la ventana veía
la montaña de California y sus pliegues
y pensé cómo habrá sido cuando fue hecha, suave,
tibia, maleable, pensé en mi padre antes,
casi líquido, insignificante, dentro de su madre.
Enjabonaban los ángulos de su cuerpo,
yo miraba la montaña, sus grietas,
sus sombras, sus luces:
siempre he querido creer cuanto ven mis ojos.
Doblaron la sábana hasta su cadera,
su muslo no era más que el fémur,
la piel como papel de carnicero
envolviendo un hueso para un perro.
Lo secaron y el pelo de su pecho se erizó,
salieron de la habitación por un momento
y quedé sola con él,
su pezón como un puñadito de guijarros,
trajeron una manta de algodón, tibia,
y giraron su cabeza hacia la ventana.
El amanecer resplandecía en su boca,
y en cada aliento yo veía una brasa diminuta,
una figura desmembrada temblar sobre su lengua.
Los lados de su lengua estaban salpicados
de óvalos mucosos como discos de marfil suave,
ahí sentada, yo miraba dentro de su boca,
nunca había entendido y tampoco
entendí entonces, el cuerpo y el espíritu.
Con la noche su respiración se hizo más corta,
la niebla caía azul, poderosa,
sobre casas y secuoyas,
apoyé mi cabeza en la cama en el camino de su respiración y la respiré,
aún dulce con su vieja dulzura mancillada
como la tierra húmeda con olor ácido y limpio a la vez.
Comenzó a oscurecerse una hora antes de morir,
su respiración se detenía por segundos
y volvía a empezar. Su cuerpo se arqueaba,
alejándose de la ventana, su piel
era de un amarillo vidrioso, respiraba, y se detenía,
respiraba. Pasé mis dedos por su cabello
y besé las comisuras de sus labios resecos. Respiró,
y su mujer y yo nos quedamos inclinadas esperando
la próxima respiración. Estaba volteado hacia mí,
la boca abierta y el cabello ondeando hacia atrás
como un hombre parado de cara al viento,
esperábamos y esperábamos la próxima respiración.
Luego la enfermera levantó sus párpados,
y en lo blanco, bajo cada iris,
había aparecido una línea oscura.
La enfermera le alzó la bata, vi su abdomen
relajado y gris, cubierto de pelo
como una promesa de bondad animal,
apoyó el estetoscopio contra su corazón
y esperó, luego bajó la bata
y dio un paso atrás, me miró, y asintió,
y entonces miré a mi padre,
su cabeza demacrada, su espalda arqueada
como para lanzarlo fuera de este mundo.
Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya
y respiré pero él no respiraba, respiré y
respiré pero él se oscurecía,
mi padre. Apoyé mi mano en su pecho
y lo miré, miré sus pestañas,
los poros de su piel, las grietas en sus labios,
los pelos de su nariz.
Entonces acomodé su cabeza sobre la almohada,
se movía tan fácilmente, y su oreja,
aplastada durante la última hora
se desdobló en el aire
abriéndose como una flor.

 El momento exacto de su muerte

Era él cuando respiró por última vez,
mi padre, aunque había cambiado tanto
que nadie que no hubiera estado con él
durante la última hora lo hubiera reconocido:
su piel, corpórea, como grasa animal,
los ojos hundidos en la cabeza,
la nariz adelgazada, la boca abierta
con esa lengua dentro como afirmación de la muerte,
una lengua seca, ondulada, oscurecida.
Podíamos ver la flema
crecida al fondo de su boca,
pero aún así era él, los brazos enormes, pesados,
las manchas de sangre bajo la piel,
negras y precisas, hasta ahí lo acompañamos
en cada paso, era él, su última respiración
fue suya, no inhalada como fruto del deseo,
pero suya, ligera como una semilla de algodoncillo,
huyendo de su boca y flotando en la habitación.
Y cuando la enfermera intentó oír su corazón,
su vientre plateado era su vientre,
y cuando se quedó parada
y asintió, por un instante era plenamente él,
mi padre, muerto pero él,
un hombre con la boca abierta y
manchas oscuras en los brazos. Parecía
alguien muerto en una lucha sin sangre:
tensos el cuello y la base de la cabeza,
como halando hacia atrás con violencia.
Parecía estar quedándose quieto, luego la piel
se tensó levemente alrededor de su cuerpo
como si lo puramente material lo reclamara,
y después, ya no era mi padre,
no era un hombre, no era un animal,
acaricié su cabello lentamente,
alzando mis dedos por sus ondas grises,
la materia sin vida y radiante,
la materia del mundo.

Muerte y homicidio

Intentamos mantenerlo vivo, lo cortamos,
lo entubamos, lo  exprimimos, lo torturamos,
pero no vencimos,
la muerte lo tomó de nuestras manos, lo convirtió
en pura imitación de sí mismo.
Es el trabajo del homicida, te quita
la vista, el gusto, el tacto, el oído,
y pone en tu lugar esa cosa
igual a ti, incapaz de todo,
que todo lo soporta sin importarle nada,
como si no tuviera vergüenza,
como si al cuerpo no perteneciera
ningún honor. Cuando la muerte
se llevó a mi padre,
pensé en homicidios, entendí
que el asesino te obliga a irte
dejando atrás ese muñeco, réplica de ti,
como si fuera algo creado por él
hincado en las orillas,
moldeando la sumisión del barro.

* La traducción es de la escritora Mori Ponsowy.

** Sharon Olds, EE.UU. 1942.

Tomado del blog: Blog del Amasijo

Poemas de Sofía*

Quizás no es real pero tú lo sientes, es lo único que importa

Había una vez un desierto al que si le prestabas atención podías descubrir mundos desconocidos. Un día había una luz que contemplaba la oscuridad del desierto, era el amor verdadero de un humano y una cosa de misterios, el desierto.

Todos necesitamos saber qué significa el dolor

Era una noche radiante, la luna estaba tan redonda como el ojo de un gato, esa noche vi un perrito, parecía muy tierno, le acerqué la mano para acariciarlo y pum, me mordió la mano, sentí el dolor de la vida, sentí un dolor en el pecho, y desde ese día conocí el dolor y ahora me persigue.

 

*Sofía es mi hija, tiene 8 años, escribe y dibuja muy pero muy bien, y, como se decía antes: es la luz de mis ojos.

Prólogo a Los lanzallamas

Palabras del autor (1931)

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.

 

Roberto Arlt

 

Fuente: www.revistacontratiempo.com.ar/arlt_lanzallamas.htm

Karl Ove Knausgård: “Me rompieron la infancia y eso me hizo escritor”

El escritor noruego, que publica ‘La isla de la infancia’, asegura que “la sociedad nos conforma de modo brutal, y nos hace creer que eso es natural”.

Karl Ove Knausgård

Por Xavi Ayén

Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) es uno de los grandes escritores que ha descubierto el siglo XXI. Su serie de seis libros ‘Mi lucha’ ocupa más de 3.500 páginas en las que va desgranando toda su vida, su intimidad cotidiana, con todo lujo de detalles, recreándose en el fracaso existencial y sin dar la impresión de callarse nada. Es sin duda el fenómeno literario de los últimos tiempos. La empezó a publicar en su país en el 2009 y la acabó en el 2011. Vendió 500.000 ejemplares (en un país de 5 millones de habitantes), lo que desencadenó un alud de traducciones en el resto del mundo. Knausgård responde a la llamada telefónica de este diario unos días antes de que se publique en España, el próximo miércoles, la tercera entrega, ‘La isla de la infancia’ (Anagrama/L’Altra).

-¿Dónde se encuentra usted ahora?
-En mi estudio, en Österlen (Suecia), donde vivo desde hace diez años. Es una pequeña habitación, soleada, tengo el móvil en la mano mientras me apoyo en una mesa llena de libros, papeles y cigarrillos. Por la ventana veo el jardín y el cielo azul.

-Este tercer libro, sobre su infancia, es muy diferente a los otros dos.
-Sí, es mucho más simple porque debía tener la perspectiva de un niño, quería que el lector se sintiera muy cerca de él, yo mismo debía volver a ser aquella persona menuda que ya no soy. Por tanto, no hago tantas reflexiones, lo que manda es la historia, los hechos.

-El primer libro, ‘La muerte del padre’, abarca la relación con su padre alcohólico, y el segundo, ‘Un hombre enamorado’, su vida conyugal. Ahora, su infancia. ¿Por qué no los publicó en orden cronológico?
-Todo este proyecto narrativo se originó accidentalmente, al morir mi padre totalmente alcoholizado. Ese es el tema de mi primer libro, el padre no explorado. Al principio, no tenía la intención de plasmar toda mi vida en una serie literaria, no tenía planes. Pero, al ir escribiendo, me di cuenta de que eso le podía dar un gran sentido a todo. Hice un segundo sobre el esplendor y las miserias de casarse y tener hijos y entregué esos dos primeros libros a mi editor y tuvimos entonces una seria discusión sobre el orden en que los debíamos publicar. Y acabé haciéndole caso: por el orden en que fueron escritos. Yo lo veo como un único libro, escrito por el mismo impulso, aunque este tercero se puede leer como una novela independiente, como también sucede con el cuarto, quinto y sexto. A la vez, los cinco primeros forman un círculo compacto y el sexto es un comentario sobre todo.

-Parece usted enormemente sincero. Una máquina de la verdad a la que nada detiene: ni prejuicios sociales, ni posibles heridas a otras personas, ni el pudor… No esconde sus problemas con el alcohol, sus discusiones conyugales, sus pensamientos más horrendos…
-Fue muy duro al principio. Llevaba escritas 400 páginas y sentía surgir mi verdadera naturaleza. Eso es lo que me interesaba: mostrar los aspectos más fuertes de mi vida, admitir todas mis debilidades, mis intimidades… ‘¿De verdad vas a hacer eso?’, me advertían mis amigos. ¿Por qué no? ¿Cuál es el peligro? ‘Pero, Karl, ¡no podemos decir la verdad!’. Es un intento de contar la vida tal como es, pero con la peculiaridad de que, al ser contada, deja de ser vida y se transforma en literatura. Me enfrenté a los personajes y a mí mismos como si fueran otros, los utilicé como si todo aquello le hubiera sucedido a un tercero, y ese ejercicio no fue fácil. Creí que luego a lo mejor no podría salir a la calle, pero no ha sido así, la gente lo lee como una novela. Así debe ser.

-¿Está diciendo que ha escrito sobre otro?
-No soy yo. Nuestras células se renuevan completamente cada siete años, y mantenemos la identidad por el vínculo impreciso de la memoria, que no reconstruye los hechos de acuerdo a la verdad sino según sus propias reglas narrativas, lo que hace que recordemos cosas de las que es imposible que tengamos memoria. He mirado dentro mío y he contado lo que hay: memorias, recuerdos, sensaciones… Pero, cuanto más profundo miraba, más me daba cuenta de que no era yo. Ha sido, en términos psicológicos, una regresión: he vuelto a vivir cosas que viví en el pasado, he sentido las mismas emociones, la misma vergüenza, he vuelto a ser niño.
-Pero ¿qué diferencia hay entre recordar unos hechos y crearlos de la nada?
-Ninguna. Crear es recordar y recordar es crear. He escrito anteriormente varias novelas de ficción y no hay ninguna diferencia, es el mismo esfuerzo y tipo de trabajo. Tienes unas localizaciones y unos personajes que son imágenes mentales en ambos casos, trabajas con los mismos materiales. No tiene sentido distinguir la vista del resto de sentidos porque, al final, todo se canaliza por el mismo sitio y llega a tu cabeza del mismo modo, lo que has visto y lo que has imaginado, lo que ha sucedido y lo que no.

-Aunque no de los lectores, sí que ha tenido reacciones airadas de algunos de los, llamémosles, personajes que aparecen en sus libros: su tío, por ejemplo, o incluso sus mujeres…
-Sí. He tenido todo tipo de reacciones, las más fuertes vinieron de la familia de mi padre, que intentaron impedir que se publicara y me demandaron. Mi ex mujer es cierto que también montó en cólera, y apareció mucho en los medios criticándome pero luego lo aceptó y ahora ya está mejor. No pensaba en términos morales, he escrito una historia que el 99% de mis lectores no conoce de nada. Las personas que disfrutan de verdad el libro son las que no se reconocen. Los que aparecen, en cambio, pueden encontrar otros placeres, como la reconstrucción de una época y hechos que vivieron.

-La infancia ¿es el origen del escritor?
-Existen muchas razones para escribir, para orientarse en esa dirección. Una de ellas es que te hayan roto algo, quebrado una parte de la infancia y no entiendas por qué, es lo que me sucedió a mí. Cuando empecé a escribir, a los 19 años, lo hice sobre mi infancia porque siempre había sentido nostalgia hacia esa etapa pero no me gustaba esa sensación, de hecho quise desprenderme de esa nostalgia escribiendo este libro.

-Esta serie de seis libros nace de una frustración suya. ¿La ha superado tras escribirlos?
-Sí, siento que algo horrible me ha abandonado. Cuando empecé quería escribir algo majestuoso, mi ‘Hamlet’ o ‘Moby Dick’, pero estaba sumido en una vida pequeña, yendo a buscar a los niños, cambiando pañales, peleándome con mi esposa… Nada tenía sentido para mí. Ahora las cosas son mucho más fáciles, sencillas. Es un mecanismo psicológico, porque tengo los mismos problemas que cuando me senté a escribir, la diferencia es mi modo de percibirlos. No me siento tan frustrado.

-A ver si va a dejar de escribir…
-Eso puede sucederte cuando has sido siempre feliz. No existes, narrativamente hablando, si todo te va bien. Para crear, tienes que haber perdido algo. Y no se preocupe porque, en mi caso, solo hay un lugar en el que me siento bien: sentado en esta mesa, cuando estoy escribiendo. No sabría decirle por qué, pero si no escribo me siento muy mal.

-Su prosa es todo lo opuesto al estilo de Proust y, sin embargo, provoca en el lector un efecto parecido: esa sensación de la vida cotidiana atravesando las páginas. ¿Le gusta la comparación con Proust?
-Es uno de mis autores favoritos. Si bien, en el embrión, nuestros impulsos pueden haber sido parecidos, la realización de las novelas que hemos escrito es muy distinta, mis frases y estructuras son más simples y directas, mi complejidad no se encuentra en el estilo ni en el lenguaje. Sí somos ciertamente dos señores que, en épocas diferentes, se pusieron a escribir su vida en varios volúmenes. Pero nadie puede contener la vida en el reducido espacio de 3.500 páginas.

-Y, de su experiencia como traductor de la Biblia al noruego, ¿le ha quedado algo?
-Hay ecos bíblicos en mi estilo, lo admito. Formé parte de un equipo de cuatro personas que traducíamos el Génesis y fue una experiencia extremadamente interesante. Siempre que me pongo a escribir me sale una preocupación existencial, por el sentido, y tal vez me venga de ahí.

-Uno de sus temas es la identidad masculina, y aquí también aparece.
-La construcción de una identidad es ‘el’ tema de todos estos libros, lo esencial que hay en ellos. Al tratar este tercer volumen de la infancia y adolescencia, aparece la construcción de la identidad masculina porque, de niño, conoces otros chicos, ves a las niñas, te dicen unas determinadas cosas y se produce la construcción social de tu identidad como hombre. En los años 70, existían unas normas sociales muy estrictas sobre lo que tiene que ser un hombre. Y, si no las cumplías, eras castigado. Los niños que se iban a jugar con las niñas recibían sus castigos o les llamaban ‘mariquitas’. Como padre he obrado de un modo muy distinto. Las cosas que le suceden a un adolescente no son más que hechos. Pero la sociedad nos conforma de un modo brutal, y nos hace creer que esas normas que nos inculca proceden de la naturaleza.

-Lo físico, el cuerpo, es muy importante en este libro.
-En efecto. Los chavales hacen un montón de deporte, juegan durante horas al fútbol. Si un niño no es sometido a una intensa actividad física, se vuelve loco. Es algo que me he aplicado también en la edad adulta: practico esquí, escalada… Básicamente, fui feliz gracias a esas actividades físicas al aire libre.

-Habla también de la enorme influencia de la cultura inglesa en usted…
-Era algo común a toda Noruega. No solo en la música, seguíamos la Premier League, yo todavía soy del Liverpool.

-¿Cómo va su banda de música?
-No es cualquier cosa, llevamos ya veinte años. Gracias al éxito de mis libros, nos están saliendo bolos, estos meses haremos cuatro actuaciones, incluso en Nueva York, me encanta.

-¿Qué estilo tocan?
-Digamos que pop-punk británico, algo más de acorde con los años noventa.

-¿No fue una provocación titular sus libros ‘Mi lucha’?
-Al principio sí, intenté provocar, pero me ha salido mal porque he tenido tanto éxito que ahora cuando se dice ‘Mi lucha’, aparezco yo antes que Adolf Hitler.

-¿Qué está escribiendo?
-Una especie de lista de todo tipo de cosas: zapatos, pañuelos… pequeñas cosas cotidianas, se lo entregaré a mi editor noruego en unos días. Y después haré otra novela. No sé si valdrán la pena, claro.

Fuente: www.lavanguardia.com/cultura/20150509/54430533453/entrevista-karl-ove-knausgard-me-rompieron-infancia-eso-me-hizo-escritor.html#ixzz3ZxPzjwnu

El escenario de la desnudez ya no es la piel

Debate. ¿Queda algo obsceno, capaz de escandalizarnos en literatura? De Rousseau a Knausgård, lo impúdico ya no atañe al sexo sino a la honestidad brutal.

Más allá de la alcoba. Arriba, Georges Bataille e Hilda Hilst. Abajo, Knausgård y los argentinos Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao.

Por Virginia Cosin

En 1765 Jean Jacques Rousseau, el hombre del comienzo y de la naturaleza, el autor de El contrato social y de Emilio o la educación , entre otras obras disruptivas, cesa su itinerante huida y se recluye en una casa de campo a escribir un libro que inaugura una forma nueva: la de la escritura de sí mismo. “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo.”, es el elocuente comienzo de Las confesiones .

Y para probar, apenas comienza, hasta qué punto está dispuesto a exponerse, refiere un recuerdo vergonzoso. Allí el pequeño Rousseau, al borde de la pubertad, descubre el placer que le producen los azotes de su institutriz, que le revelan “cierta precocidad instintiva de sexo”. El proyecto rousseauniano de alcanzar la sinceridad total despojándose del estilo, dice el crítico Maurice Blanchot, deja al descubierto la insuficiencia de la escritura tradicional.

Dos siglos después, cuando la sigla post se adjunta a prácticamente cualquier idea, movimiento, estética, práctica o designación de época, un escritor noruego, tras una crisis creativa, decide que quiere escribir sin floraturas, adornos, figuras ni impostaciones. Sin hacer, digamos, literatura. Se propone ser completamente honesto. Y aquello, parece, es tremendamente novedoso y hasta escandalizador, porque –más allá de que la intención de provocar se lee en el nombre con que titula el libro ( Mi lucha , al que dividirá en seis tomos) este señor (sí: hablamos de Karl Ove Knausgård) procede de manera completamente impúdica, con el corazón al desnudo, dispuesto a contar, por ejemplo, cómo –a pesar de lo mucho que los ama– quisiera que sus hijos desaparecieran. El resultado es el más literario de los efectos porque la literatura es lo esencial o no es nada.

Georges Bataille, otro lúcido crítico francés, autor del ensayo El erotismo , escribe en el prólogo a La literatura y el mal : “El Mal –una forma aguda del Mal que la literatura expresa–, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una ‘hipermoral’. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa. La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo.” Es a partir de estos dos extremos –Rousseau y Knausgård– que podría pensarse que la novedad aparece de la mano de una pérdida de pudor o de comunión con el Mal; reside en un hueco hasta entonces inaccesible, íntimo y también peligroso.

Pero ¿en qué consistiría esta pérdida de pudor, cuando los medios de comunicación, con la Web a la cabeza, han desgarrado ya todos los velos?

Para el sociólogo Jean Baudrillard la obscenidad comienza cuando no hay ni escena, ni teatro, ni ilusión, cuando todo se hace inmediatamente transparente y visible y queda sometido a la cruda e inexorable luz de la información y los medios. Repasemos: en su etimología, la palabra obsceno designa lo que queda fuera de escena. Es decir, del juego.

El lenguaje literario es lo contrario a la transparencia. Si se retiran los velos, los adornos, los disfraces, el maquillaje, lo que queda no es literatura, es falta de estilo.

Hilda Hilst fue una escritora brasileña. Nació en San Pablo en 1939 y hace un tiempo la editorial El cuenco de plata tuvo el buen tino de traducirla y publicarla en castellano. Autora de una obra vasta y ecléctica, picante y de culto, dueña de una belleza que mantuvo a resguardo porque “no se suponía que una mujer hermosa escribiera tan bien”. Lejos de mostrarse y aparecer en la escena intelectual, se recluyó en su casa Do Sol a escribir incesantemente y, entre otras, concibió La obscena señora D . Una novela breve y recargada de exquisiteces de la lengua, por momentos angustiante, que ella misma catalogó de pornográfica. En verdad, lo que quería era escribir un libro para ganar lectores y dinero. Pero se convirtió en una autora de elite. Se puede decir, de su obra, que es excitante. Estimula los sentidos y el carácter escurridizo de los hilos que forman la trama no despierta más que deseo de apresar aquello que se sabe inapresable.

Lo “obsceno” del título no es más que una figura de lenguaje cuya función es opacar el centro, difuminar el corazón de una historia e inflamar el texto de luz retórica. La literatura nunca desnuda la verdad, la escritura es velo y ese velo, a su vez, el mundo. Paul Valery decía que lo más profundo que hay en el hombre es la piel. Y lo que Hilda Hilst desnuda es la piel del poema. Como Rousseau, como Hilst, Knausgård también tiene que ocultarse para escribir. Cuando prepara el tercer tomo de su obra se ha vuelto tan famoso que sus recuerdos ya no pueden ser los mismos que habían sido, aunque el pasado siga estando en el mismo lugar. El es otro. Su autenticidad, su experimento –ser él mismo– lo convirtió en otro. Cada nuevo tomo no es, pues, una continuación, sino una interrupción que precede un comienzo. Despojarse, desnudarse, decirlo todo, abrirse, exponerse a la luz, decir la verdad, resultan tareas imposibles.

Pero si la literatura reclama para sí, cada tanto, un corte, un tajo en el telón que permita un nuevo descubrimiento de lo que ha sido ocultado por una red de conceptos, ideales, instituciones y estructuras, son los artistas quienes deben preguntarse qué es exactamente lo que se debería romper, dónde está la frontera a transgredir, dónde reside eso esencial del que habla Bataille. Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao son escritores, son pareja –suelen decirlo en las entrevistas que conceden a distintos medios– y escribieron un libro a cuatro manos: Amor invertido , que, advierte la contratapa, inaugura un género, “va más allá”, porque no se trata de una novela erótica sino de una novela “de coger”.

La novela adopta el género epistolar y da cita a la literatura de alcoba, a Sade, a Lautremont, al gótico. Allí, los libertinos amantes viven separados por el mar –cada uno con el corazón del otro, como en una novela de Mary Shelley– desbocados de deseo, intercambiando palabras como si fueran órganos o fluidos.

“Temí por mi ano, querido mío –escribe la que firma Guilló en la ficción– y no fue ingenuo mi recelo. No era tanto la extensión de su verga lo que me intimidó, como su descomunal grosor.” Palabras habitualmente consideradas obscenas se repiten a lo largo del texto, como un dedo insistente que busca la llaga.

Pero lo cierto es que obscenidades de esa clase hoy no escandalizan a nadie. Las escuchamos en la radio, en los programas de televisión aptos para todo público y googleando en Internet. Si en siglos pasados Sade era confinado al encierro y Flaubert o Baudelaire enjuiciados en un tribunal, hoy los autores de una novela “de coger” son entrevistados en cuanto programa o suplemento cultural encontramos.

Lo inquietante de Amor invertido , acaso, no sea su impúdica verborragia, sino lo que queda oculto debajo de esas miradas, lejos de la ficción, que se cruzan los autores en fotos o entrevistas televisivas. Porque, como apunta la psicoanalista y lingüista Julia Kristeva, “el sexo ya no es revolucionario, por el contrario, no hay nada que sea más establishment que el sexo”.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com/literatura/escenario-desnudez-piel_0_1480052003.html