Las reinas idas.

Print Friendly, PDF & Email

.

Desde la sección de opinión del diario Crítica de la Argentina, Florencia Sández escribe notas muy interesantes, hoy me dió mucho gusto leer este artículo, mezcla de opinión y crónica de nuevo periodismo.

Un día, la “z” del cartel de la estación de Burzaco se cayó con el viento. O de una patada. Quedó Buraco. Y después dicen que Dios no existe. Porque eso es precisamente ese lugar: un hueco, un agujero que desemboca en la infancia. En los días del espiral, de los teléfonos ligados y, claro, los corsos paupérrimos de la calle principal. Es que antes, cuando ser pobre todavía no era cool y los pingüinos de loza aún no cotizaban a precio de oro en las tiendas de Palermo Bobísimo, vivir en Burzaco era como viajar al centro de la Tierra. Había unas cuantas casitas, un almacén con un gallego adentro, mucha calle sin asfaltar, ninguna cloaca, una escuela de patín artístico que funcionaba en el fondo de una tintorería. Y ya. Poco o mucho, según se vea, pero algo demasiado parecido al paraíso cuando una tiene diez años, viene de un dos ambientes para cinco, es febrero y el chicharrerío cruje en masa bajo los efectos del calor. Un avioncito pedorro pasa entonces por el cielo. Celeste, como todos los cielos de cuando uno es chico.

–Esta noche… oche… oche…

–En el corso de Burzaco… aco… aco…

–Los Mimosos… osos… osos…

Adiviné que ésa era la voz de Dios. La catequista me había dicho que Él hablaba así, con una voz como de trueno de la que nadie podía esconderse. Supe, entonces, que algo extraordinario estaba a punto de suceder. Pedí ir al corso. Y me dijeron que sí.

Ellas, a todo esto, ni enteradas. Calculo que para ese entonces habrán estado terminando de bordar lentejuelas. Ajustando sisas y ballenitas, embolsando en cinturas de avispa sus propias cinturas, casi siempre de obispo. Se llamaban Los Mimosos de Burzaco y eran una comparsa de travestis. Comparsa, no murga, porque en aquellos años y en Burzaco la murga no existía, como tampoco existía “la mirada de género” ni la “cátedra de estudios trans”. Los míos fueron, pues, travestis aguerridos y a la vez glamorosos, listos para marchar al ritmo de los tambores y también para ubicar a todo aquel que osara pasarse de listo. El resto del año se dejaban ver al costado de la ruta, pero en los días de carnaval se apoderaban de las calles céntricas. Los recuerdo altísimos, flacos y enjoyados. Unas deidades oscuras y relucientes, avanzando por la calle principal. Yo iba vestida de princesa. Pero las reinas indiscutidas eran ellas.

Algún testigo de aquellos corsos de no más de dos cuadras, iluminados solamente con la luz de la calle y con mucha vieja en batón sentada en su silla, insiste con que no, con que no sólo de travestis estaban hechos Los Mimosos. En sus filas habría habido de todo: pelados, bigotudos, chicas petardo, patronas, muchos nenes y, sí, ellas. Las que se robaban cada presentación tirando besos al aire y sacudiendo la estantería con gracia sin par. Quizá por eso son las únicas que recuerdo. A los diez años se mira para siempre.

Eran las reinas, dije, y como buenas reinas se hacían esperar. La previa eran los días anteriores al corso, una sobredosis de calor y de baldes en los que se cocía un curioso caldo de bombuchas del tamaño de una berenjena. Esperábamos a que se hicieran las tres de la tarde. Antes, según mi mamá, mojarse hacía mal. Y según las mamás de los demás, también. Así las cosas, a las tres sonaba un silbato que sólo nosotros podíamos oír y salíamos a batallar . Con baldes, con jarritos y con aquellas prodigiosas hortalizas de látex repletas de agua. La consigna, cuándo no, era varones contra mujeres. Será por eso que a mí siempre me gustó más la escondida. O la mancha.

A las seis nos tocaba barrer. Íbamos, pues, casa por casa, juntando cadáveres de bombuchas y recuperando bomberos locos robados al enemigo y luego abandonados atrás de alguna ligustrina. A eso de las seis y media, todos a bañarse. Y al corso.

Ellas eran las reinas, decía, y como buenas reinas llegaban en un zapallo mágico asombrosamente parecido al colectivo naranja de don Miguel, el viejo chinchudo que nos traía de la escuela. Usaban zapatos iridiscentes, tacos del tamaño de un adoquín, lápiz de labio rojo. Muchos años después, una profesora de la facultad me explicó aquello de la carnavalización, del orden alterado. De la inversión y los disfraces. Pero yo ya lo había aprendido mucho antes, y de la mano de los Mimosos. Ellos fueron capaces de ver el agujero en la Matrix y mandarse en banda por ahí, a las carcajadas y por mucho más tiempo que los cuatro días locos que duraba el carnaval. Fueron un refucilo de color en medio de tanta oscuridad. Transformaron los años de plomo en años de plumas y carmín, y me enseñaron que, cuando hay fervor, una puede ser lo que quiera en la vida. Hada, incluso. Y en Burzaco.

Yo hace rato que las perdí de vista. Pero si supiera cómo volver, casi seguro iría a buscarlas. Sólo para decirles lo importantes que han sido. Para recordarles que ellas eran las reinas… einas… einas. Y que las extraño tanto… anto… anto.

.

Fuente: http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=37847

Leave a Reply