Sigo creando mi propia vida, María Fux.

Print Friendly, PDF & Email

.

A los 90 años, la bailarina y creadora de la danzaterapia [María Fux] sigue dando clases. Una revolucionaria en su forma de concebir y transmitir el arte, afirma, «yo no enseño, doy experiencia».

Por: Majo García Moreno

María Fux tiene muy claro cuál es su camino. De dónde viene y hacia dónde quiere ir. Difícil es siquiera intentar alguna descripción de esta bailarina, coreógrafa, creadora de la danzaterapia que a sus 90 años sigue en plena actividad. Pero sobre todo, María Fux es una revolucionaria. Una mujer que luchó por llevar adelante sus convicciones, sus pensamientos y su mirada sobre el movimiento, tendiendo puentes y estando alerta, atenta, para recibir y nunca, pero nunca, dejar de dar.
«Yo no enseño, yo doy la experiencia que voy adquiriendo a través de la vida. Soy, ante todo, una persona que está en este mundo para comprender para qué vive, por qué quiere y por qué hace. Toda mi vida fue así», describe Fux en su estudio de danzas, sobre la avenida Callao, contiguo a la casa que habita desde hace casi 30 años. «Soy una persona de vocación, siempre he danzado y siempre he dado danza, sigo haciendo eso: danzar y dar danza para que otros dancen y sientan la alegría que significa moverse», agrega.

–¿Qué significa para usted moverse?
–Moverse significa estar en comunicación con el cuerpo, estar en comunicación con los medios, estar en comunicación con los «sí puedo» y con los «no puedo». Yo trato de ser un puente, de estimular las áreas que la gente tiene dormidas o las áreas que no conoce para poder expresarse. Mi camino es ese. Haciendo seminarios, creando. Creo que la danza me ha ayudado a comprender qué persona soy, qué es lo mejor y lo peor que tengo para comprender qué es dar. En eso estoy.
–¿Qué le interesa de la gente que viene a los talleres de quienes llegan a compartir?
–Me interesa la gente. Yo no elijo, hago integración. Todos tenemos conflictos con el cuerpo, siempre. A través de la vida aceptamos y no aceptamos los cambios que tenemos dentro. Trabajo a través del silencio y he podido comprender qué es ser sordo. Trabajo con gente que no escucha pero que sí puede sentir sus ritmos internos. Trabajo con gente con síndrome de Down, trabajo con gente como uno que tiene conflictos con el cuerpo, que quiere expresarse y no sabe cómo. Yo estimulo esas posibilidades, no elijo a la gente, el estudio está abierto permanentemente. Hago una formación para que otros sigan caminando con el movimiento que les voy dando. Creo y siento que mi vocación se está cumpliendo. Como llegué a los 90, espero que con el tiempo pueda comprender cuando se cumple pero sé que estoy en camino.
–¿La estimula saber que faltan pasos por cumplir?
–Sí, siempre. Siento que vivo la vida cada vez de manera diferente, tratando de saber lo que hago, tratando de dar lo mejor, aceptando que nadie es igual al otro.
–¿Le costó en un comienzo liberarse de sus propios conflictos, de sus propios complejos?
–Sí, toda la vida cuesta. No es ni ahora ni antes. Uno se está preguntando siempre y siempre está buscando respuestas sobre lo que uno es.
–Así como usted comparte con sus alumnos, transmitiendo sus vivencias también debe recibir un montón de experiencias. Sus clases tienen mucho de intercambio.
–Recibo muchísimo, muchísimo, siempre. Estoy sorprendida de cuánto recibo. He creado escuelas en Florencia y en Milán. He viajado a través de la danza a Moscú, Varsovia, Francia, España, Inglaterra, Estados Unidos, toda América, de norte a sur y la Argentina. Permanentemente estoy ligada a la gente que busca encontrar en este lenguaje que me ha dado la vida, el lenguaje del movimiento. Es tratar, a través de la danza, de comprender las posibilidades que uno tiene escondidas.
–Es un referente y maestra de muchas generaciones, pero ¿cuáles fueron sus maestros de la vida, los que la han marcado a lo largo de su recorrido?
–Los libros, la música, el dolor, la piel, haber tenido los padres que tuve. Especialmente mi madre, quien me ha enseñado tanto, desde cómo hacer un knishes, que es como una empanadita de papa, hasta saber qué alegría es poder dar. Esa es mi madre que, aunque no está físicamente, sigue a mi lado.
–¿Cuál era su nombre?
–Ema, y sigue a mi lado. Son pisadas que marcan la vida, como las pinturas de Santa Cruz, a través del Río Pinturas.

María estira sus manos, las mira y las da a mirar. Del derecho y del revés. Sin dejar de mirarlas y de moverlas a uno y otro lado observa: «Las manos son las mismas y diferentes. Las manos son cuerpos que danzan y van dando lo que uno es.»

–¿Siempre fue la danza su manera de superar sus propios dolores?
–Sí, pero no lo pienso como terapia. Es crear. Creo que todo tenemos posibilidades de crear. Yo he creado y sigo creando mi propia vida a través del movimiento siempre. No esperando nada sino dando, en espectáculos, en cursos, en seminarios, en la formación.
–Usted habla de su experiencia siempre con alegría. ¿Cómo se acerca a esa gente obstinada, a quien le cuesta mucho más disfrutar de ciertas cosas?
–La verdad es una pena. ¿Usted vio la fruta que hay ahora, que es diferente a la del invierno? ¡Qué gusto comer un durazno!, ¡qué gusto saber que uno puede levantarse y moverse, expresarse y darse! ¿Qué le parece?
–Cuando comenzó con la danza, ¿le costó imponer sus ideas revolucionarias en un momento en que los parámetros de este arte eran otros?
–Sí, eran los pasitos y esas cosas. Como todo en la vida, cuesta. Yo nunca pensé que a través del tiempo podía darme la satisfacción que formar gente con la danza. La vida me ha dado la posibilidad de luchar por lo que uno quiere, sin que haya nadie en el medio, sin esperar nada, sino haciendo eso es lo que he hecho y lo que espero seguir haciendo, que es dar.
–¿Siempre tuvo las convicciones tan marcadas o fue modificando sus ideas con los años?
–Siempre supe qué quería hacer y siempre lo defendí. Si me entendían o no me entendían no era el problema, no me preocupaba.
–Usted es un ser muy inspirador para mucha gente, ¿qué cosas la inspiran hoy en día?
–Poder respirar, poder mirar, importarme muchísimo el dolor de la gente. A mí me duele todo, me duele lo que veo, lo que querría cambiar. Yo no soy política, pero veo y siento lo que le sucede a la gente como parte de mí. Todo me importa, no únicamente las flores que se compran. Me interesa quién ganó en los Estados Unidos, qué pasa en Grecia, en España, cuánta gente está sin trabajo en Italia, la basura que se acumula en esta ciudad que trae ratas, enfermedades, la falta de luz. Me importa este mundo en que estoy viviendo, no me importan las orquídeas.
–¿Sigue yendo a votar?
–Siempre que tengo la posibilidad, sí.

Los alumnos comienzan a llegar. Un joven entra con un ramo de flores y María cuenta que lo hace muy seguido. «Es que sos una estrella», le dice él, mientras se prepara para la clase. La maestra de vida, de experiencias, enciende la música. Junta los dedos índice y pulgar como si sostuviera un hilo, ondea el brazo, quiebra la cintura e inicia un movimiento que no se detiene.
«Hoy me encontré con la continuidad», les cuenta María a los más de 20 alumnos que ya están en su estudio. Ellos entienden el mensaje de inmediato e inician su propia «continuidad». Se desplazan por el aire y por el suelo sosteniendo a esa idea que los visita en esta calurosa mañana.
María sigue con su cuento, relatando ese encuentro y a cada rezagado que se integra a la clase lo saluda con un beso y le entrega ese hilo imaginario que nunca se corta.
«Buscar la palabra, la musicalidad, decirla, repetirla, cada vez que la busco suena de otra manera, no es aburrida», relata Fux. Se acerca y en voz baja dice: «Yo no doy clases, doy lo que soy y es muy distinto.»

–¿Qué sensación le queda cuando despide a un alumno, cuando pudo encontrarse con su cuerpo?
–Eso ocurre cada vez. Siento alegría de haber podido abrir la puerta del cuerpo de esa persona, alegría de sentir que siente lo que hace, algo se ha cumplido. Yo quiero que la gente lea a su cuerpo. Lo que decimos, lo que hablamos, lo que sentimos viene del cuerpo.

«Continuidad es algo que nos hace falta», repite. Y ahí está la fuerza sutil y poderosa de la palabra, de esa invitada especial, esa que se construye sin apuro, sólo guiada por el devenir del siguiente movimiento. Casi como en el cine, escena tras escena, movimiento tras movimiento. La continuidad es María Fux, un hilo que no se corta, que resiste, que une, que integra y, sobre todo, que inspira. «

«Aprendí muchas cosas del dolor»

A fines de 1999, María Fux tuvo un accidente al caer en un pozo en Italia y estuvo paralizada durante un tiempo. Pero la artista salió adelante y volvió a bailar.

–Cuándo estuvo sin poder danzar y el cuerpo no le respondía como usted quería ¿cuáles fueron sus sostenes?
–Aprendí de mi madre algo muy importante. Mi mamá no caminaba con sus dos piernas iguales ya que cuando vino de Bielorrusia a los cinco años con sus 12 hermanos  se le hizo una infección en la rodilla. En la Argentina le sacaron la rótula y mi mamá siempre quedó con una pierna corta. Yo soy la pierna de mamá y cuando me caí fue en la calle y se me rompió la rótula. Tuve que aprender todo, una de las cosas que aprendí es “yo no soy mamá, yo soy María que quiere seguir danzando”. Así aprendí a reponerme lentamente y fui a trabajar en silla de ruedas a la escuela. Aprendí a pararme, aprendí a caminar, aprendí a dar el valor que tiene las cosas y acá estoy con las dos rodillas de nuevo. Aprendí muchas cosas, uno aprende del dolor.

Bailarina ilustre

Reconocimiento. El pasado 27 de septiembre María Fux fue reconocida como personaje Ilustre de la Patria en la Sala Miguel Cané de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación.
La distinción se realizó en el marco del Ciclo Ilustres de la Patria impulsado por la Subsecretaría de Políticas Socioculturales.
En su primer libro Danza, una experiencia de vida, la coreógrafa y bailarina escribió: «Desde hace años, tengo la idea obsesiva de dejar algo más que mi danza, ya que esta se deshace en el aire una vez finalizada. Esta necesidad nació del vacío que siento al finalizar los recitales, cuando mi cuerpo ha quedado sin nada en las manos o al concluir los cursos en distintos países. Además del mío, y debo despedirme de los alumnos, o también cuando una niña o un anciano han logrado sentir junto conmigo la maravilla de conocer su cuerpo para expresarse. Escuchar ese vacío es lo que me ha impulsado a realizar esto que es parte de mi vida, que constituye un maravilloso puente para quienes buscan en el movimiento una posibilidad de respuesta.»

la disciplina y lo innato en la danza

–Sabiendo que cualquiera puede danzar. ¿Qué lugar ocupa el talento, lo innato, en la danza?
–¿Un nene de cuatro años cuando danza está pensando? ¿Sabe quién es Shakespeare, quién es Freud? Un nene es creador siempre. Después a través de las ideas y de las educaciones que van cerrando caminos va perdiendo la posibilidad de crear. Pero todos tenemos la posibilidad de crear y eso no quiere decir ser un gran artista o un pequeño artista. Crear es parte de saber cómo está la sopa y darle un plato al otro. Eso es crear.
–¿Y la disciplina sirve para algo?
–¿La disciplina para qué? “Ponete derecha, sacá un brazo”. Ahhh, yo no soy un militar ¿O tengo cara de sargento? En mis clases el tiempo está tomado por el interés en el hacer. La palabra disciplina para mí no existe. Es interés en lo que hago y en la forma de dar.

.

.

Fuente: http://tiempo.infonews.com/2012/11/16/espectaculos-91049-sigo-creando-mi-propia-vida.php

Leave a Reply