Archivo de la Categoría “Literatura”

En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.

El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo, procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida, y en otra, ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de páginas, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellas. Así en los últimos años llevé conmigo este libro de las ciudades, escribiendo de vez en cuando, fragmentariamente, pasando por fases diferentes. Durante un período se me ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro sólo ciudades alegres; hubo un tiempo en que comparaba a la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en otro momento hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo día a día fuera de las ciudades. Se había convertido en una suerte de diario que seguía mis humores y mis reflexiones; todo terminaba por transformarse en imágenes de ciudades: los libros que leía, las exposiciones de arte que visitaba, las discusiones con mis amigos. Pero todas esas páginas no constituían todavía un libro: un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizá perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino que lo saque fuera. Alguno de vosotros me dirá que esta definición puede servir para una novela con una trama, pero no para un libro como éste, que debe leerse como se leen los libros de poemas o de ensayos, o cuando mucho de cuentos. Pues bien, quiero decir justamente que también un libro así, para ser un libro, debe tener una construcción, es decir, es preciso que se pueda descubrir en él una trama, un itinerario, un desenlace. Nunca he escrito libros de poesía, pero sí muchos libros de cuentos, y me he encontrado frente al problema de dar un orden a cada uno de los textos, problema que puede llegar a ser angustioso.”.

Fuente: http://learte.wordpress.com/2010/09/10/117/

Comments No Hay Comentarios »

A la muerte de Edgar Poe, Rufus Griswold leyó un discurso fúnebre que años después le hizo decir a Baudelaire: “¿No existe, acaso, en América, una ley que prohíba a los perros la entrada en los cementerios?” Julio Cortázar, transcribiendo alguno de los peores párrafos de aquel discurso admite que, si bien Griswold estaba minado de resentimiento y mala fe, no dejaba, a veces, de tener razón. Por desagradable que resultara, Poe, muerto, seguía siendo responsable de sus actos. O de otro modo, que la muerte no mejora a nadie. Siempre estuve de acuerdo con Cortázar en esto. Hoy el muerto es él, y no voy a embellecerlo. Ni voy a embellecerme yo con sus despojos.

Nunca busqué su amistad ni pude darle la mía. París está demasiado lejos; la diferencia de edad también armaba otro mapa en otro continente. Yo lo admiraba como escritor, creía en la sinceridad visceral de sus gestos políticos: ése fue nuestro lugar de encuentro. Puestas en claro estas cosas, ya puedo decir que escribo estas palabras con malestar y desgano: desde su muerte he visto demasiados perros que, con la excusa de la amistad, la política o la literatura, han levantado la pata sobre su tumba. Una ordalía de estupidez, superficialidad, ignorancia del significado de su obra, pegajoso sentimentalismo, ha caído como un paradojal castigo sobre la memoria de uno de los hombres que nos enseñó a reírnos de todo eso.

Se ha señalado que muchos argentinos de mi generación son deudores de la prosa y del mundo de Cortázar, yo hasta cambiaría el verbo y escribiría somos, si a su nombre se agregan los de Arlt, Marechal, Borges, Sabato, Onetti. Y también diría que en realidad unos pocos escritores han aprendido de él lo que les hacía falta y demasiados muchachos más o menos ágrafos de los años sesenta por imitar a sus personajes, se dedicaron a apretar el tubo de dentífrico por cualquier parte, o a inventar palíndromos, convencidos de que eso era toda la insurrección contra la ideología paterna o el orden burgués y la primera instrucción para subir la escalera que conduce a cambiar el mundo. Me acuerdo. Hacia 1965 no había boutique que no se llamara Rocamadour, librería que no se llamara Rayuela o revista juvenil que no se llamara Cronopio. Ninguna: Fama, como ha dicho Isidoro Blaisten. Todas las chicas algo zaparrastrosas que no querían se Alejandra Vidal Olmos, querían ser la Maga. Ya no tenían ataques de epilepsia ni complejo de Edipo ni escuchaban Brahms ni cortejaban las pulmonías en la intemperie del puerto o de Parque Lezama; ahora buscaban papelitos de colores en las alcantarillas, anhelaban ser violadas por uruguayos negros, decían bop y Bird y, como en nuestro país siempre estuvo prohibida Acorazado Potemkin y el Riachuelo es fétido, no sabían que película ver ni cómo suicidarse. Alguna, hasta era la Maga. Una de ellas se lo confesó al escéptico Blaisten. Enojadísima le dijo: Yo soy la Maga; yo lo conocí a Julio en Bruselas. Ya lo sé, Cortázar no es culpable de la locura de nadie; al fin de cuentas estos desplazamientos de la realidad son el triunfo de su literatura. Hasta puede ser que esa chica fuera de verdad la Maga; en aquel espacio privilegiado que fue el mundo imaginario de Cortázar todo podía suceder, su universo fantástico invadía el mundo real. Claro que si se piensa que Cortázar vivió en Bruselas hasta los cinco años, la precocidad erótica de esta Maga y de aquel niño debió ser sorprendente, y digna de otra novela, sólo que ésta exigiría un autor que fuese al mismo tiempo Charles Dickens y Henry Miller. En los años setenta, por fin, ya no quedaba argentino que no hubiese bebido con Cortázar un calvados en el Café Bonaparte, o hablado de Charlie Parker con él, en una ruinosa escalera de la rue Vaugirard. O, por lo menos, recibido una carta que comenzara: “Querido Cronopio”. Todos y todas le llamaban Julio; también hay chicas que aman la poesía y para nombrar a García Lorca dicen Federico, como si hubieran pasado la noche anterior acostadas en su bóveda.

Alguien se preguntará qué pretendo, cuál es el Cortázar esencial que conozco y del que me apropio. A mi pesar, debo hacer ahora algunas precisiones personales.
Conocí a Julio Cortázar hace veinticinco años. En 1959, estando Cortázar en Buenos Aires, me escribió una carta, no importa a propósito de qué; fue la primera de una serie de cartas cuyo contenido, al menos esta tarde, tampoco importa demasiado. Puedo, sí, jactarme de algo: nunca me llamó Cronopio. En veinticinco años nunca nos tuteamos. Las noches que compartimos juntos, con unos pocos amigos de El Escarabajo de Oro, no acontecieron en ninguna de las dos márgenes del Sena, sino en la orilla de acá del Riachuelo, más bien tirando para el lado de Barracas que de Montparnasse. No tuvimos la fortuna de ver ni el más mínimo clochard; tal vez se nos cruzó un mero croto porteño, alguna subdesarrollada violetera nacional. no evoco el menor pernod; sí, unas cuantas rotundas botellas de vino tinto. Nunca pude llamarlo Julio. Como el pronunciaba la ere a la francesa, no por amaneramiento sino por guturalidad natural (eso que llamamos frenillo), no creo que hubiese articulado con claridad mi nombre. Me decía Castillo; yo le decía Cortázar. Eso no nos impidió hablar sobre Latinoamérica, sobre boxeo, sobre el exilio. No siempre estábamos de acuerdo. Tampoco nos impidió coincidir sobre el único tema que parecía apasionarlo: la literatura. De los grandes escritores que he conocido, ninguno, excepto Borges, parecía haber meditado tanto como él sobre el problema de la forma y el estilo. Uno tenía la impresión de que para Cortázar las palabras eran cosas, pero no en el sentido inorgánico de objetos: más bien pequeñas cosas vivas, animalitos o diminutos monstruos delicados a los que había que amaestrar cuidadosamente para hacerles cumplir la ceremonia de la sintaxis y la forma personal. Él decía haberlo aprendido de Marechal y de Borges. Y es esto, este aprendido magisterio que se transmite de escritor a escritor, y al que ahora hay que agregar su propio magisterio, lo que le debemos y le deberán las generaciones que lo siguen. No sus frívolos libros de dos pisos editados para Navidad y Año Nuevo o sus homeopáticas rebeliones con pingüinos y tubos de dentífrico; no su ambigua ideología de latinoamericano en París, que alguna vez me pareció demasiado remota, sino algo esencialmente más importante, ya que Cortázar no era ni quiso ni necesitó ser un pensador o un hombre de ideas: fue un gran escritor, uno de los más deslumbrantes autores de ficción que dio nuestra lengua. Lo que vamos a deberle siempre es haber puesto, en el momento en que hacía falta, todo lo que tuvo -su prestigio, su influencia como escritor, su nombre- al servicio del socialismo. No es un libro menor e ideológicamente candoroso como Libro de Manuel, el legado histórico de Cortázar: es el acto de haber escrito, de haber intentado la aventura acaso imposible de unir su mundo real, hecho de locura y sueño y ambigüedad, al mundo para él casi incomprensible de las rebeliones sangrientas de los hombres. Los que amábamos la verdadera literatura de Cortázar y creíamos en su honestidad, seguiremos pensando que fue una suerte que este extranjero espiritual estuviera “del lado de acá”, junto a Cuba, Nicaragua, el Salvador o Chile y, sin saberlo del todo, junto a quienes, desde el exilio interior, intentábamos en esta tierra arrasada, y a nuestro modo, darle un sentido a la historia.

Y yo, íntimamente, seguiré sintiendo que fue una dicha que haya escrito ciertos capítulos de Rayuela, los monólogos de Persio, magias como la del oso afelpado que anda por las cañerías, cuentos perfectos como “Las puertas del cielo”, “El ídolo de las Cícladas”, “El perseguidor”, “Casa tomada”, “Lejana”, “Instrucciones para John Howell”, páginas por las que siempre estará, en mi panteón personal, al lado de Poe o de Borges, junto a esa cada vez más reducida familia de soñadores con la cual, en secreto, dialogamos a medida que envejecemos.

Comments No Hay Comentarios »

Dice que le gustaría que sus poemas fueran completamente claros, pero que lo que de verdad anhela es llegar al corazón de sus lectores. De sus propios recuerdos, gustos y sentimientos, habla a fondo aquí la escritora santafesina, muchas veces premiada y dueña de una obra tan interesante como fecunda

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1286589

Por Rodolfo Braceli
Para LA NACION – Buenos Aires, 2010

Nuevamente, ¿qué es poesía? O, para decirlo urgente: ¿qué es poesía? ¡Pánica pregunta! Más fácil sería averiguar el dedondevenimos y adondevamos. Pero atrevámonos: ¿poesía es la sed hasta las últimas primeras consecuencias? ¿Es el verbo sin retorno, arrojándose sin red? ¿Es el marinero que quiebra adrede el eje de la brújula? ¿O, en una de ésas, es el perro que muerde la mano del amo -llorando el perro-? Por favor, ¿qué es, qués poesía? ¿Será la desesperación entusiasmada? ¿O tal vez el pensamiento menos pensado? Con estos interrogantes en la mollera llego a la casa de Diana Bellessi. Sembrado llego por la lectura de su reciente Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo). Y con el propósito, paradójico, de averiguar en qué consiste “ser Bellessi” sin incurrir en estas preguntas.

Ella me abre la puerta. Un largo pasillo, se adelanta. A ver, ¿cómo camina Bellessi?, ¿como una poeta temeraria capaz de tejer catorce sonetos endecasílabos sin rima? Tiene el andar de alguien que sabe de intemperies. Singular, gracioso, porque mueve sus hombros, anticipándolos a sus pasos. Caminar de compadrita, ¿acentuado por la timidez del encuentro? Su nuca está escuchando mi mirada, ¿por eso la timidez?

Sanguchitos, masas, yerba y agua a punto, habrá mate enseguida. Entre las naderías después del saludo nuevo ella ríe, tres, siete veces. En adelante indicaré su risa con un simple jaaaa, para no tropezarle de paréntesis el camino al lector. ¿Cómo definir esa risa-tos? Es un cordial revoltijo bronquial. Pero téngase presente: le marcará el compás a su sintaxis. Esa risa y el incesante cigarrillo.

Me miran desde un retrato una mujer y un hombre mayores: ella inclina su cabeza sobre el hombro de él.

-Mi mamá y mi papá, siempre tan enamorados…

-¿Tenían que ver con la literatura?

-Nada. Me crié en una familia ampliada con tíos, abuelos y trabajadores golondrina en una chacra de la pampa húmeda santafesina; ahora es pura soja. Familia de italianos, inquilinos, no dueños de la tierra. Por el hambre emigraron. Aquí tuvieron hijos, pero nunca una tierrita propia.

-¿Y tu relación con los libros?

-Nada. Pedro, el tío menor, el único que sabía leer, leía las cartas que venían de Italia. Mi papá, apenas tercer grado y mi mamá, la primaria sin terminar.

-Si te vieras la cara, te salió el sol.

-Es que estoy recordando una cosa bonita, con orgullo… cuando yo era chiquitita mi vieja fue a Santa Fe a rendir para terminar la primaria, y me llevó, y mi papá la acompañó. Tengo fotitos con palomas en una plaza, y mi mamá orgullosa con su diploma. Una vez por semana caía el diario en mi casa, y El Tony y D´Artagnan , mis primeros tesoros. Ellos me impulsaron a leer, a salir de la clase a la que pertenecía? bah, nunca salí de todo. Pero fui la primera en mi familia en ir a la secundaria. Cuando subió el onganiato quitó la protección del peronismo para los inquilinos. Toda mi familia se quedó con el culo al aire. Mi viejo salió a ganarse la vida como podía. Poquito después yo entré a la universidad, estatal. A mi mamá modista la recuerdo en largas noches cosiendo a la luz de la velita… la Singer… Mis viejos hasta me mandaron a estudiar piano como una niñita de clase pudiente. La pasé mal con las chicas ricas, me hacían el vacío.

-Ahora se te nubló la cara.

-Ahí adquirí un resentimiento de clase, fuerte. Me acompaña hasta hoy… y me hace acordar de dónde vengo… A propósito, fui a la Universidad del Litoral y estudié filosofía; fijate, sentí que letras lo podía hacer solita.

-¿En qué momento empezás a deletrear el mundo?

-Tempranito yo escribía versos. Me gustaba la hora de composición, con esas maestras rurales increíbles que iban con vos de segundo grado a sexto. Honro a doña Claribel Mastroberardino. Ella me enseñó el camino a la pequeña biblioteca. Pero ¿me habías preguntado?

-Tu nacimiento de poeta.

-A los 13. Me decía: ¡yo soy poeta! ¿Entendés? Ah, la mami a los 12 me dijo: “¿Qué querés ser?” “Escritora y actriz.” Yo tengo como el recuerdo de un momento de intemperie cuando ella me dijo: “Pero hija, eso no es pa´ nosotros”. Pero fue a contarle a Claribel; ella le preguntó a un profesor de literatura y le respondió: “Lo que tiene que hacer Diana es la secundaria”.

-¿Te recordás en el acto de aprender a leer?

-No, me acuerdo de otro flash… todavía no iba a la escuela, en la chacra atardecía, pasaba un tren allá lejos, y yo sentí algo… como decía el maestro Juanele: la intemperie sin fin del mundo. Estaba al lado de una chata de maíz, ¿viste los parantes?, tenía unas pinturitas y dibujé un trencito naranja. Ése es el primer verso que escribí…

-Estás recordando “el día cuando” empezaste “a recordar los días”.

-Lo que sentí dibujando aquel trencito era lo que he sentido toda la vida, que es que me quiero quedar me quiero ir me quiero quedar me… Me quiero ir en el sentido de conocer, de andar por ahí. Pero ahora ya sólo me quiero quedar.

-¿Quedarte significa cansancio, falta de sed?

-Quedarse es tan hondo como irse. Cuando me quería ir vivía en un mundo donde irse era algo remoto…

-Como ser escritor o poeta.

-Igual, igual… El papá, con su mansedumbre melancólica, y la mamá, con su gesto apasionado, también querían ampliar el mundo y me empujaron a que lo hiciera.

-Ignorantes, y tan sabios.

-Sí, es que ignorancia, nanai. Más rememoro mi infancia y más sabiduría encuentro. Si en la adolescencia me sentí desligada de mi clase, fue consecuencia de esa migración mía. Pero pronto hice un retorno interior. Sentí que las cosas fundamentales ¡ya estaban ahí! En la secundaria era una rara no sólo porque escribía versitos. Para no ser la tímida me convertí en la mala, peleaba con los profesores… pero ahí encontré gente que también me acompañó, ¿no? Desde mi querido hermano, el pintor Oscar Gabriel Martínez, hasta profesores que me pasaban libros. Y justito, me acuerdo: en segundo año, haciendo cola para el comedorcito, un profesor me toca el hombro: “¿Así que vo ecribí?” “Sí.” “¿Y leíste los románticos alemanes?” “No.” “Bueno, leélos eh.” Y salí disparada y me topé con los románticos ingleses, y alemanes… Él profesor era uno de los poetas que más quiero, admiro, Aldo Oliva, de Rosario. Un maestro de café para mí.

-Claribel, Aldo… te fuiste buscando, te fuiste encontrando.

-Es más lo que te viene por donación que lo que vos buscás.

-Pero estabas a disposición de los milagros.

-Divino, precioso eso. Sí, sí.

-¿Fecha de tu primer nacimiento?

-En 1946, el 11 de febrero. No quiero hacer historieta pero soy hija del peronismo emergente… Nací con comadrona: pleno mediodía, atareadamente mi papá calentaba el agua. Fui la primera hija, deseada, querida.

-Otra vez sol en tu cara.

-Algo que ahora recuerdo… yo me crié con velas y faroles de querosén… Un día volvía de la escuela a la tardecita y mi mamá me esperaba en la puerta: “¡Mirá!” Hizo clic ¡y luz eléctrica por primera vez! Jaaaa… Por supuesto que los techos de nuestro ranchito eran un colador… En invierno nos bañábamos en un fuentón, con una regadera colgando con agua tibia.

-¿Algún olor sella esos recuerdos?

-Divina pregunta… ¡es el olor de las sandías! Mi abuelo tenía una huerta y mi mamá, limpiada la cocina, decía: “¡A buscar una buena sandía y a comerla!” Las rompíamos contra una piedra y le comíamos el corazón, así, ensuciándonos la cara… ahhh, ese olooor maravilloso.

-Un olor con color.

-¿Te hablo mucho? Es que me preguntás cosas que… Y sigo con otro recuerdo sagrado: un día mi madre me alzó de la cama y me sacó al patio de tierra: “Te voy a mostrar, esto es la primavera… Mirá qué lindo el olor de las flores de paraíso…” Creo que ahí nació la poesía.

-Tu segundo nacimiento.

-¡Nacimiento sin dolor de parto!

-¿Y el color de aquellos años?

-Ah, sí… a veces me dan vergüenza mis versitos, aparece mucho la palabra oro. Nada que ver con el oro de Lugones, ¿eh? Es como la reverberación de la luz en el campo, entre las hojitas, entre las nubes, oro y plata, el color como luz…

-…espumita del aire…

-…donde se hacen nítidas las cosas…

-Hablemos de las comidas.

-Disfruto comer. Me gusta hacer de comer. Las pastas me salen. Como buena tana.

-A ver, un tuco de los tuyos.

-Según lo que haiga en la cocina. Pasé por varias escuelas, la de la infancia es la más exigente; mi mamá, Elda Paván, gran cocinera. Ese tuco es con un buen estofado. Fijate que la cebollita esté a punto de dorarse, ponele la carnecita, agregale pimiento rojo, rallale un poquito de zanahoria que equilibra los gustos. El tomate, que sea natural, pimentear bien, especias, un poquito de ají molido… Bueno, después de este básico aprendí a hacer salsitas de los lugares por donde vagabundeé. Día por medio me hago una pastita yo, con tomate y ajo por ejemplo. Pero las hago incluso con repollo saltado, brócoli… Y siempre me queda rica. Dicen. Para el arroz tengo la escuela latinoamericana. Ah, y sé hacer buenos asados. Me enseñó un grande, mi papá.

-Vamos al secreto de tu asado.

-Paciencia y obsesión… Como escribir versos, jaaaa… ¡y disfrute!

-Arrimándole brasitas a la famosa página en blanco… Contame de tu condición de caminante.

-Yo era mochilera, me subía a los camiones, seguía en trenes, en autos. Así hice un viaje como de seis años, tenía 24. Llegué a Chile, me encontré con la campaña de alfabetización de Salvador Allende, me quedé un tiempo ahí y seguí, agarré los Andes por el Pacífico y no paré. Hice todo tipo de trabajos: obrera metalúrgica, ayudante de pintor, hasta contrabandear jaaaa…

-Qué bonito.

-… pilas Eveready, calzoncillos, el pequeño contrabando del “¿querés pasar con nosotros? Te forramos y pasás”. Fui lavacopas, tiré la manga. En Ecuador conocí unos amigos geniales en eso. Pero nunca pude sola. La clave según ellos era ir a los profesionales con el cuento de “somos estudiantes argentinos”. Los más generosos eran los arquitectos, seguían los abogados y los peores eran los contadores jaaaa… Cambiaba versitos por un sándwich. En Bogotá estuve una semana a café con leche. Ya vomitaba cuando sentía el olor, hasta que me dieron sopa de frijoles, ¡un banquete!… Ya en Perú, fui freelancera de El Expreso expropiado por los milicos progresistas del 70 y en México laburé para muchas publicaciones.

-Cerca del hambre estuviste.

-¡Uy sí! Cuando te duele el estómago de hambre es horrible. Pero hay una diferencia: estaba segura de que al día siguiente iba a comer. Que no es lo mismo que el hambre del que no sabe si al día siguiente va a comer. Además, ¡siempre se podía volver!… Recuerdo en Nueva York, yo paraba en el departamento de Jerome Badanes, novelista de culto, activista. No tenían plata para la celebración del pavo y me fui al supermercado y agarré una bandeja con el más grande y salí derechita, nadie me paró. ¡Y comimos pavo! ¡Y me convertí en una leyenda!

-De tiradora de manga a audaz afanadora.

-Ah no, pero eso es otra cosa: es expropiar, es más como los bandoleros anarquistas, viste.

(”Che, ¿no te cansé, Rodolfo?”, me dice, mientras hilvana un cigarrillo con otro. Su perra, Talita, nos mira muy quieta, economizando pulsaciones. Diana me pesca mironeando unos patines de aquéllos…)

-Entre las cosas a que me impulsaba mi mamá están esos patines, me los compró y me mandó con las chicas con plata a la Sociedad Italiana… Los tengo ahí para recordarme algunas cosas.

-¿Cómo es tu relación con tus pies?

-Me gusta muchísimo caminar. Le tengo cariño a esta casa, pero mi verdadera casa es mi ranchito del Delta. Allí pasé los años de la dictadura, allí paso los veranos enteros… Me gusta andar en pata, y siempre voy con la perra.

-Estábamos hablando de Diana vagabunda.

-Para mí viajar es afrontar ciertos momentos, mientras más salvajes las carreteras, más intensos… Un camión para, subís y avanzás con el sol golpeando en contra, ¡eso es para mí viajar! A dónde, no importa. Cuándo llego, tampoco. A qué voy, no sé.

-Viajar es como vivir.

-Como vivir. Y cuando tengo nostalgia es de eso, no de los viajes que hago ahora, uno los disfruta pero son con invitación y pasaje. Ahora estoy vieja y quiero más cuidado.

-Tus miedos, según pasan los años, ¿cuáles son?

-Mmm… seguramente que le tengo miedo a lo desconocido, y a la muerte, lo gran desconocido. A la partida de los seres que amo…

-¿Tenés a tu papá y a tu mamá vivos?

-Se murieron los dos…. Los tenía muy cerca del corazón, iba con frecuencia a visitarlos… Sí, le tengo miedo a la muerte, bueno, no sé, porque mucho no me la creo que me vaya a pasar. Pero ¿y si me pasara? Miedo tengo a no despertarme con alegría una mañana porque hay un día más pa´ vivir, viste.

-Diana, en un poema decís “si dejo la poesía agarro una escopeta”…

-Jaaa, es que de joven sentía que la vida estaba en otra parte. Ahora creo que la vida está en las rutinas más invisibles, abrir la ventana, preparar el mate, la perra que viene. La grandeza está ahí. Aunque a veces también siento que lo que vale es salir a la calle y cambiar el mundo ¡ya!… O veo una pareja besándose arriba de una moto y digo ¡ahí, ahí está la vida! Pero yo también he tenido esos momentos ¡qué me ando quejando!

-¿El pensamiento de la muerte te saca del vivir?

-El tema me viene asociado con el del sentido de la vida. ¿Por qué existe lo que existe? En esta escuelita maravillosa de la vida soy una hormiga invisible, yo y las grandes estrellas, todo, percibo, debe de tener un sentido. El miedo o la pena (más pena que miedo) es que nos salimos del concierto a cada rato… ¿Viste que lo viviente es como un concierto? Cuando miro fijo, me parece que todos están dentro del concierto, pero nosotros nos salimos. Estamos preocupados por si hay vida después de la muerte, por lo que pensará el otro, por el miedo a vivir abajo del puente… Constantemente nos salimos del concierto, de la belleza de la vida.

-Salirse, una manera de no vivir.

-Como cuando hay un día de sol maravilloso y vos decís “estuve metida entre cuatro paredes”, ¡mirá, mirá los yuyos y los pajaritos y las plantas! En esos momentos siento no ser digna de la vida. Y me gustaría decirle: sí, ya está bien.

-Ese “está bien”, ¿algo que ver con el suicidio?

-Me resulta completamente ajeno el suicidio. No tengo el dedo moral ahí y creo que todo el mundo tiene ese derecho.

-En algún poema aludís al “estrago de la distancia y de los días”. La vejez, la humillación de los días, hacia adelante, ¿te preocupa?

-No la siento, todavía no. Siento el agradecimiento sin fin por estar viva… Mirá, yo la vi a mi mamá hasta el final en su camita de hospital, con sus 81. Antes de eso, ella se levantaba con gestos de dolor físico y salía pa´ afuera… “A ver hija -me decía- vamo a tomar un matecito y a mirar el jardincito. Yo ya no quiero más nada, sólo un poco más de esta belleza…”

(Silencio quieto. Diana sonríe desde sus ojos. Al mate lo rodea con las manos, como un cáliz…)

-…Tuvo un aneurisma en la aorta, con mi hermana le hablamos de hacer una cirugía. Hizo un silencio y nos dijo: “¿No hay otra opción? Bueno, hagamos la cirugía”. Me quedé con ella hasta que la empezaron a preparar, y de pronto, mirando sus manitos, dijo: “¿De qué tengo miedo? De qué, si tuve una vida larga y hermosa”. Así nos despedimos.

-Irse así es confortante. Pero muchas veces sucede que la última línea del último párrafo de la última página está atravesada por la humillación de la vejez y del dolor. Sin alejarnos de esas sombras, veamos un poco tu religiosidad.

-Tuve una niñez con una especie de cristianismo heterodoxo, con padres que te llevaban una o dos veces al año a la misa, a la comunión…

-Como para cumplir.

-Claro, bien, cumplían… sin demasiada devoción, pero con una cosa cariñosa, como si entendieran la Navidad y la Pascua. Pero mirá, acá, todos los años cuando se acerca el Día de la Virgen, voy por mis figuritas de yeso, prendo una velita… siempre me dio una ternurita eso del nacimiento. Eso hago, aunque he tenido mi pelea con la Iglesia y con todo lo que significa. Lo que nunca entendí fue la Pascua, la Pasión digamos. Me emocionaba pero la rechazaba. La muerte de mi viejo me hizo entender el largo calvario que está al final, para todos… Creí entender. Te lo digo y ya no sé si entiendo, porque viste que comprender es un sentimiento que cuando lo enunciás…

-Un relámpago.

-Y se te va y chau, ¿no? Pero ahí con el final de mi papá, sentí y dije: “Ah, era esto, al final hay esto, el calvario, el Gólgota de la enfermedad, el denigramiento, la intemperie… y te vas tan solo, papá”.

-Así amasaste tu religiosidad.

-Sí, un día voy a la sinagoga, otro a la mezquita y otro hago meditación budista y otro voy a la iglesia… jaaaa, soy una excursionista. Hay mitos que tienen algo hermoso y algo atroz también. Suelo ir para la misa de resurrección: la iglesia cubierta de cortinas, luces apagadas, entra el cirio pascual y prendemos nuestra velita y la iglesia entera se ilumina y hay chispas, muchas. Y yo lloro. Por el cuerpo presente, como diría Ernesto Cardenal, de los seres que estamos ahí y que por un instante nos abrazamos. Como en las manifestaciones políticas, de pronto, como hermanitos, ¿no?

-Me quedó zumbando, qué sentido le damos a esa humillación sin retorno.

-Hay que ser un cordero… Yo creo que ha de venir algo… Pero no tengo certeza y fe en la vida después de la vida.

-Pero algo suponés.

-Supongo que hay un momento en que el dolor cesa, la hermana muerte llega y te lleva en sus brazos como tu mamá cuando naciste. Tiene que haber algo que lave el dolor, los errores, todo. Me gusta pensar que es así. Aunque es muy probable que no me toque ésa, ¿me entendés? Porque por lo general no te toca lo que más deseás. El resto… velatorios, la carne que se corrompe. Nosotros metemos los cuerpos en cofres; en cambio, la naturaleza los deja caer, los asimila al suelo para que alimente y transforme. En ella no hay suciedad, no hay asco. Pero te cuento: igual yo…

-¿Igual vos?…?

-…vestí a mi mamá y a mi papá cuando se murieron. Y lo hice porque me daba ¡tanto miedo! Y dije: un rito antiguo debe ser el correcto, y si yo atravieso este miedo, algo bueno va a haber detrás. Sí, cambiarles la ropita para el velatorio de pueblo, el cajón abierto, tocarlos… Una manera de acompañarlos hasta el fin, ¿no?

-¿Tu padre tuvo un final tan luminoso como tu mamá?

-Pobre, no le dieron la oportunidad, murió entubado, en esa máquina picadora que es la institución hospitalaria. Que hace todo tipo de cosas cuando te tienen que decir “llévenlo a casa, basta”.

-Te propongo desquite, recordá alguna frase viva de tu papá.

-¡Uy, muchas! Pero te digo una: cuando aparecía una luciérnaga, la primera que veía, él decía: “¡Lucelle, ya viene el trigo!”. Era muy bonito mi papá, sabía mucho de pájaros y de caballos y de plantas. Era precioso hablar con él. Cuando rompía el silencio, porque también era dueño de grandes silencios.

-Como la hija, Diana, en su poesía.

-¡Pero vos me estás haciendo hablar como una cotorrita!

-En tu habla y en tus poemas te animás a la ternura y a los diminutivos, que no tienen prestigio literario.

-Ah, sin duda, uno siempre está acusado de ser un sentimental al borde del abismo. Los diminutivos son como la dulzura andina que va bajando y llega hasta el Atlántico.

-Mirás mi bolso, curiosa… Traigo tu Tener lo que se tiene. ¿Qué sentiste al alzar tus 1200 páginas?

-Asombro, sí, y pudor también. Los poetas no estamos acostumbrados a la reedición, y menos a ver publicados todos nuestros libros al mismo tiempo. Fue como meter el pie en el zapatito de cristal. De inmediato me replegué a trabajar en el nuevo libro, como sortilegio frente a esa sensación de “obra completa” que les publican a los muertos.

-Para escribir, ¿te imponés una implacable rutina?

-Yo querría. Sentarme, esperar, me encantaría. Pero trabajo, tengo diecisiete alumnos que recibo de a uno. Los períodos en que más escribo son cuando me voy al ranchito, por eso la naturaleza está tan omnipresente.

-¿La poesía cómo te viene?

-¿Ahorita? Porque no ha sido igual siempre… A mí el poema me viene entero. Muchas veces estoy caminando a la tardecita, buena hora de resonancia, buena caja de guitarra, digamos, y viene el verso, portando algo, qué sé yo qué… Y yo lo escucho y me lo repito, anoto en papelitos. Es la materialidad del verso; el primero, el segundo, el tercero ¡signan todo el poema! Y por supuesto empiezan a irradiarse los sentidos, ¿no? Yo no trabajo tanto con una imagen, trabajo con la frase.

-¿Frase que marca la melodía?

-La melodía, la melodía. Viene el tono, algo que de entrada uno sabe que va a sostener el poema entero. Y lo sigo. Y empieza y termina. A posteriori mucho lo miro fijo al poema y puedo tocar detalles. Melodía y estructura me vienen de entrada y después un trabajo finito, así, donde un “allí” se transforma en una “y”. No escribo a lo largo del tiempo yo, agregando. Ésa es una experiencia por la que no he pasado. Me viene el poema enterito, de un saque.

-Eso que se califica de poesía hermética se suele dar en tus libros. Hay momentos en los que uno se queda ahí, en el umbral, vislumbrando algo, sin apresarlo. Cuando te vienen poemas que podrían pescarlos unos pocos, ¿cuál es tu sentimiento?

-Que me gustaría que fueran completamente claros. Pero el ideal es el ideal y lo que uno puede es lo que uno puede. Girri decía una cosa bonita: un poema puede ser hermético pero siempre tiene llave y cerradura. Los poemas que no las tienen no son herméticos, son confusos, decía. En verdad a mí lo que me preocupa, ¡lo único que anhelo es el corazón del otro! Mi mayor alegría es cuando un lector común me dice: “Tal cosa me emocionó tanto, me hizo pensar en…”. Ahí está: el momento de comunión es lo que me importa. Y por eso admiro hasta la devoción a un tipo como Atahualpa Yupanqui. Amor tengo por la copla. Escrita por muchos, es como un canto rodado que se va convirtiendo en un diamante.

-Inesperada tu alusión a Yupanqui.

-¿Por qué te sorprende? Tengo grandes pasiones por poetas que no están a la moda. Por ejemplo, Gabriela Mistral, manoseada por la escuela, grande entre las grandes, y aquí y allá, eh. En ella hay una parte de la poética de José Martí, al que amé enormemente.

-¿Y con la poesía de un Neruda?

-Una relación paradójica. Extravagario me parece maravilloso. Canto general , extraordinario sólo como proyecto. Pero me quedo con los Poemas andinos de Mistral. En Neruda, la ambición del proyecto hace que fracase en alto grado. La no ambición mistraleana, con sus poemas más breves, llega mucho más lejos.

-¿Sintonizás con Jorge Enrique Ramponi?

-Gran poeta. Anoche hablábamos de él, mirá, con Jorge Monteleone. El que me parece otro poeta descomunal es Ricardo Molinari, aquí y allá. Tengo la fortuna de tener un ejemplar de Las sombras del pájaro tostado , edición que después la dictadura arrasó. Y sin duda siento que nunca terminé de leer bien a César Vallejo. Adoro el Vallejo de Poemas humanos .

-El destripador de palabras… ¿Y por qué Poemas humanos?

-Porque ahí da la vuelta a casa. En Trilce hace lo que tiene que hacer para después poder escribir Poemas humanos . Es la plenitud, la impudicia de sus poderes, porque la poesía reclama eso, ¿no?, reclama impudicia lírica.

-A propósito, vos destripás los silencios. En tus poemas son como abismos… ¿Un abismo puede ser un puente?

-El lenguaje está hecho de palabras y de silencios. Es como la anotación musical: vale tanto la nota como el silencio. El sentido se organiza con el juego de ambos. Pero hay libros más astillados en la página en blanco. Me parece que en mis poemas de los últimos libros todo va más solito y natural, y quizás, lo que se sigue notando es el encabalgamiento que a mí me convoca, y que quiebra la sintaxis funcional de la lengua con un pequeño silencio y lo recompone a posteriori. ¿Por qué? ¡No tengo la menor idea!

-Todo sea por la impudicia lírica.

-Es mejor, ¿no? Porque uno lidia con el misterio.

-Entonces, la virginidad de la palabra.

-¿Te acordás de esa copla flamenca que dice: “Fui piedra, perdí mi centro y me tiraron al mar,/ pero al cabo de algún tiempo mi centro volví a encontrar”? Pienso que eso le pasa a uno en la vida, en la escritura: hay que perderse pa´ encontrarse… El fracaso es parte del movimiento de la creación y de la vida.

-El combustible.

-Exacto. Por eso creo que es necesario perderse pa´ encontrarse, aunque, claro, a veces no te encontrás, ni te perdés. Creo que pertenecemos a una cultura que delimita demasiado los opuestos, que componen el movimiento, el espiral. No como una concepción dialéctica, más como una concepción misteriosa, paradójica. ¿Viste que uno dice: “A menudo descubro en mi cara la cara del enemigo”? En ese sentido hablo. Perderse pa´ encontrarse, o para encontrar los seres con los que uno arma el concierto.

-Sin perderse, la vida no tiene sentido, otra paradoja.

-Por ejemplo, mis poemas voluntaristas son los de menos logro. Mientras más consigo perderme, sin saber adónde voy, avanzo mejor… Uno tiene ideología, conciencia, biografía y por supuesto que esto estalla en el poema ¡y está bien! Pero también está el accidente y está lo que descubrís. Y ésos son siempre momentos muy dichosos, cuando decís ¡qué bien, qué estoy diciendo!

-Arrojarse sin red, si no el salto qué gracia tiene.

-Es verdad, de chica me encantaba el circo. Una vez fui con mi abuelita a un circo, hacía tanto frío, nos tapábamos con frazada, y los trapecistas ¡qué cosa extraordinaria, Dios mío! Pero lo hacen solitos o de a dos. Entonces la historia no es la red, la historia es el otro. Ser preciso y rrriiiip. Ahí está el lector, sin el cual el poema no existiría.

-¿Tu relación con don Borges?

-Le tengo gran respeto. Pero no es mi patrono. No siento hacia él la admiración que siento hacia Francisco Madariaga, por nombrar uno de los muy caros a mi vida. O por momentos con Juanele, un poeta del que todavía me falta una lectura intensa, siendo, como dicen y como digo, próximo en muchos sentidos a mí.

-Parientes.

-Extraño, porque yo, si te tengo que citar un pariente o la poeta que yo hubiera querido ser, diría Madariaga. Ese criollo universal de los esteros correntinos como una sola naturaleza, una sola leyenda y relámpago.

-¿Y Cernuda? y Pablo de Rokha?

-De Rokha me cansó. Pero dijiste alguien más…

-Cernuda.

-Ah, tremendo respeto por Cernuda. Y por algunos poemas de Miguel Hernández también. Pero en cuanto a mi corazón, García Lorca, por su Romancero gitano … Leyéndolo a veces digo: “¡Guacho de mierda, sos maravilloso!”

-¿Y qué te pasa con Teresa Cepeda?

-Nada. Es que nunca la leí.

-Saludable escuchar a alguien que declara a tal no lo leí.

-¡Pero ahora esa lectura me queda como un regalo ahí adelante!

(Con esa hospitalidad de quien se crió en el campo, Bellessi se inquieta porque apenas probé los sanguchitos. “¿Querés café, té, cerveza?” “Sigamos con el mate”. Entonces se levanta para “arreglar el mate.” Dos pasos y se vuelve y me dice: “¿Te puedo dar un beso?” Me agradece por haberla vuelto a colores y olores de su niñez. Mientras viene el mate, hojeo, ojeo, su obra completa, el azar me elige algunas hebras:

… “quedarse todo el día con la cabeza fuera de la ventana viendo reventar las flores de cerezo es un buen oficio Uli. Particularmente cuando se tienen tantas ganas de vivir que uno cree que va a morirse dentro de ellas…”

…”Pezón/ lengua/ diente apenas/ sensible succión que mueve/ la materia” … “labios sobre el hueco// aquí fundo mi estirpe/ a favor del eterno// tramado del amor” …

…” hay luz alrededor de los cuerpos…”

El mate otra vez es con nosotros:)

-Diana, en tu poesía atravesada por una metafísica de médula, de pronto la palabra “revolución”. ¿En qué consiste esa revolución?

-En la distribución de la riqueza y de las responsabilidades; en la celebración de la diversidad; en el reconocimiento de la belleza de lo útil y de lo aparentemente inútil como alimento del alma humana; de darnos cuenta de que sólo en la relación nos expresamos, y que el cerrojo del sentido es el amor… La felicidad nos vuelve generosos; si tuviéramos vidas dignas y fuéramos educados en mecanismos de autorregulación donde halle su lugar el exceso liberador y la conciencia del cuidado, sería posible que ese mundo diferente adonde la continua revolución nos lleve se manifieste para volver a cambiar, una y otra vez.

-A esa revolución, ¿la creés posible o es una expresión, una desesperación de deseo?

-La creo realmente posible; más aún, diría que la sola existencia del anhelo le otorga ya su virtualidad posible.

-A la sangría de los años 70 se la suele archivar como fracaso sin retorno.

-Fracasar también significa aprender, mejorar los sueños y los caminos para acercárseles. Engorda la tierra, que siempre vuelve a brotar y nos asombra con sus creaciones, sus accidentes, como la historia.

-¿Soñás con un mundo mejor o con un mundo diferente?

-Sería fácil decir “diferente”. Pero si “mejor” significa mejorar las vidas humanas y no empeorarlas de otra manera, si generaciones de niños no fueran sacrificadas día a día, le daría la bienvenida a un mundo mejor y guardaría en un escapulario, cerquita al pecho, el sueño de un mundo diferente, para que no se me olvide. A veces nos acercamos al sueño, y otras, las más, sólo a su pesadilla.

-Hijos no tenés. A propósito: ¿qué pensás del concepto según el cual la mujer alcanza la plenitud siendo madre?

-No creo en esa cualidad del instinto maternal. Pero sí creo que varones y mujeres tenemos a veces ese impulso tierno hacia lo necesitado, lo frágil. Como decía Lévinas, el ser quiere ser, pero lo que nos hace humanos es deponer un poco nuestra necesidad de ser frente al rostro recortado del otro. Todos somos madre de vez en cuando.

-Estamos hablando de amor. ¿Y el sexo sin amor qué?

-Puede disfrutarse, aunque lo prefiero con amor. No soy quién para alzar la vara sobre los misteriosos regímenes del deseo.

-¿A qué poetas te gustaría hacerles de comer?

-Seguro arruinaría la comida, sólo cocino bien en estado de total confianza… Puedo sí imaginar que Emily Dickinson me invitara a tomar el té, y que Tu Fu, de la dinastía Tang, cocinara para mí mientras ayudo en las tareas menores, en una larga noche de conversación y de silencio.

-Ahora hamacate, la pregunta más difícil: ¿sabés andar en bicicleta?

-Ah, sí. Nada más hermoso que andar en bicicleta por el campo, en mañana de primavera o tardecita de otoño. Mi amiga de toda la vida, la poeta cordobesa Niní Bernardello, solía decir que seguro la bicicleta la habían inventado los griegos. Yo creo que fueron los chinos, y puedo verme, ligera en el aire, rumbo a la casita de Tu Fu tras un predio de bambúes, para cenar con él.

-No irás con las manos vacías.

-Nooo, voy con unas botellas de buen vino.

-Ya que estamos jugando a suponer, después de la muerte, ¿qué?

-No pienso en después, pienso, sí, en el momento de su llegada. Me gustaría dejarme ir dulcemente hacia sus brazos, la hermanita muerte, la otra cara de la vida… No pienso en epitafios, me repelen; pienso en la tierra y en los yuyitos… en una bandada de pájaros, allá arriba, fuera de todo discurso, puro silencio, pura voz.

(Al despedirnos me dice: “Pero vamos, ¡dame un abrazo!”. Ya en la vereda, me apoyo en el primer árbol. Acabo de estar con una poeta de corazón absoluto, poeta porque cuando mira se desmantela, poeta porque hasta escucha con la mirada. Apoyado en el árbol siento, como pocas veces, una demasiada vergüenza por haber incurrido en una sarta de preguntas. Quisiera volver y decirle: querida nueva amiga, disculpe tanto interrogatorio intruso, tanta jodienda. Y hondas gracias por recordarnos que “es bella la amenaza de la noche”, y por hacernos saber que “abrir los ojos es dejar el aliento/ en amor de lo mirado”, y que la “muerte preñada” busca “formas nuevas, de luz que no se cansa”. Gracias por arrojarse de cuajo, en una frase desnuda de literatura: “Yo lo único que anhelo es el corazón del otro”.)

© LA NACION

Argentina 2003

Qué mirás le digo
a la aparición esta
cruzando la esquina
mientras anochece

el torso ahí parado
rapada cabeza
y la cara intacta
mirándome fija

como niña o como
una enana esperando
no sé qué cosa
y cigarrillo en mano

le hablo yo si fuera
persona pero es
un pedazo nomás
de maniquí en la calle

del desamparo
vestida en harapos
se me hace un nudo
de lo no hablado

caricia o cobijo
en serio nunca dados
al que espera algo
ahí en la calle y

más vale no le hablo
por miedo a que conteste
pero con vos soy
cobarde y pregunto

quién sos total fantasma
vas a responderme
sólo si yo quiero
para armar mi frase

nada por aquí
ni por allá sálvenos
la campana último
round que ya anochece

No. Es el corazón

¿Qué es esta ola de amor
que me cierra a vos y me abre
a ese dolor de la muerte
como río en su boca
yéndose de madre al mar?

¿Qué, bellecita del alma
pequeña y perfecta, arqueo
de plumas, ala en veloz
movimiento inestable
en pos del rocío, el pan

de la vida, néctar y gracia?
¿Vos me escuchás?, ¿mi saludo
te roza como el tuyo a mí?
Mi bebé, madrecita qué
en tus formas recuerda

lo distinto, lo enemigo
que ante vos estaría
como flecha en deseo
tensada. La gatita,
sí, a ella traés a casa

Por qué efecto del amor
la más loca conexión
de esta dulzura siento,
soy en vos y soy en Humo
convocada. ¿Es la atención,

la presencia de una entrega
desbocada y sin tregua?
No. Es mi corazón, boca
de un infinito río
que el instante hermana,

celebración de las formas
donde el alma parece
madre. O soledad de Dios

Comments No Hay Comentarios »

¿Quiénes son los autores nacionales más vendidos y traducidos en el extranjero? ¿A qué lenguas? En base a una investigación exclusiva, esta nota traza un mapa de los problemas y oportunidades que encuentra la literatura local camino a la Feria de Frankfurt de 2010, en la que la Argentina es el país invitado de honor.

Por G. Adamo/ V. Añon

Los libros, en tanto objetos que se compran y se venden, forman parte de un mercado mundial de bienes intelectuales. El mercado editorial puede ser entendido como un sistema en el que se cotizan e intercambian capitales literarios nacionales. Dentro de ese sistema, la traducción cumple un papel fundamental. En palabras de la crítica francesa Pascale Casanova, “la traducción es el mecanismo más eficaz de exportación e intercambio entre las distintas zonas lingüísticas del mundo”.

 

A lo largo de la historia editorial argentina, la promoción de la traducción de nuestros autores a otras lenguas –es decir, la difusión internacional del capital literario propio y la defensa de su lugar dentro del sistema literario global– ha ocupado una posición débil. Esto se debe a varios factores (históricos, culturales, económicos, políticos) que conducen a diversas y siempre interesantes especulaciones. A la vez, lleva a pensar en la necesidad de poner en práctica políticas que apoyen la difusión de los autores argentinos en el exterior. Pero antes de avanzar en estos campos, es necesario responder una pregunta básica: ¿qué lugar ocupa la Argentina en el contexto de la literatura internacional? Es decir, ¿qué libros se tradujeron, dónde, a qué idioma, cuándo, por quién, cómo, por qué montos? Aunque da la impresión de que es información básica, de fácil acceso, no es así. No sólo nuestro país sino la mayoría de las naciones (con las notables excepciones de pequeñas islas como Holanda, Finlandia o Cataluña) fallan a la hora de mostrar estadísticas de acceso sencillo en este rubro. Es por eso que la Fundación TyPA –que trabaja desde hace siete años en la promoción de la literatura argentina en el exterior–, gracias al apoyo de las secretarías de Exportación y de Industrias Culturales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, puso en marcha una investigación que se propone precisamente eso: comenzar a relevar el viaje de los libros argentinos a otras lenguas. El informe, que fue presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires y que desde mañana se puede bajar de la página de la Fundación TyPA (www.typa.org.ar) y de la del GCBA, ofrece datos concretos acerca de traducciones de libros de autor argentino (ficción y ensayo), en un período que se extiende de 2002 a 2008 y, también, una descripción completa del proceso editorial –el área de los foreign rights– que las hace posibles. Aquí presentamos una síntesis del estado de la cuestión.

 

El contexto internacional. El sistema editorial global se divide en varias capas de poder. La superior –y más activa– pertenece al complejo anglosajón: los Estados Unidos y Gran Bretaña. Paradójicamente, estos países no son los que más traducen. Al contrario: si, por ejemplo, el 40% de la producción editorial de Grecia está compuesta por libros traducidos de otras lenguas, en los Estados Unidos esa cifra apenas alcanza el 3%. Pero, al mismo tiempo, ingresar con un libro a una de estas “repúblicas anglófonas de letras” es algo altamente apreciado, tanto por los autores como por las editoriales. Al tratarse de los mercados más poderosos, es allí donde se puede ganar el prestigio máximo y, también, los mejores ingresos por derecho de autor. Algunos países económica y políticamente sólidos han puesto en práctica estrategias notables para aumentar su cuota de traducciones al inglés y a otras lenguas. El caso paradigmático es el de Francia, que desarrolla políticas culturales de amplio espectro y largo alcance desde hace más de un siglo, en una lucha por posicionar una lengua, una cultura, una idea de nación. Otro tanto hacen países “pequeños” como Holanda, algunos de Europa del Este (Polonia es un caso destacado) y comunidades autónomas y regiones como Cataluña y Galicia, que cifran en la traducción y difusión de su cultura una parte de sus proyectos sociales y políticos a nivel internacional. Ocurre que, entendido en todas sus implicancias, el proceso de traducción lingüística excede lo coyuntural o económico: implica la identidad, la cultura, la historia, la memoria. Si de cultura se trata, entonces, hacer viajar una literatura y una lengua a lo largo del mundo también es posicionarla y enriquecerla, alimentado el proceso de crecimiento político y social de una comunidad.

 

La lengua española. Según algunos estudios, en este momento reina una coyuntura positiva para el idioma español: en Europa, sólo ocho idiomas se dividen el 90% del mercado de la traducción, y el español es uno de ellos. En parte, esta circunstancia se inscribe en la coyuntura general que muestra un aumento en la cantidad general de traducciones en todo el mundo. Pero también viene acompañada por un cambio de actitud de parte de los actores principales: por primera vez en la historia, las agencias se dedican sistemáticamente a la venta de derechos y las editoriales más grandes abren departamentos de licencias. El éxito de algunas obras puntuales (Carlos Ruiz Zafón, Guillermo Martínez, el caso más reciente de Roberto Bolaño) funciona como un estímulo que catapulta toda la literatura de una determinada área lingüística. Sin embargo, no hay que olvidar que la producción en “lengua española” no es sólo la de la Península: se le suma todo el continente hispanoamericano. Sólo en México y en Argentina hay más de 4 mil editores registrados, que producen 30 mil títulos al año. Dentro del mapa global, América latina es una región con peso propio y una tradición literaria en que apoyarse. Aunque rezagada con respecto a Europa y América del Norte, se encuentra mejor posicionada que Africa o Australia. Tal vez, el problema más grave que enfrenta hoy en día sea su fragmentación. La falta de comunicación en el ámbito cultural es tan grande que hay que empezar casi de cero a construir canales de información, bases de datos, lugares de encuentro, incluso el interés en publicar mutuamente a nuestros autores. Hay aquí un desafío muy importante, tanto desde el punto de vista cultural y político como económico.

 

La Argentina. Es imposible pasar por alto que la industria editorial argentina parte de un lugar inicial lleno de oportunidades. Cuenta con un capital literario importante: basta con nombrar a Borges o a Cortázar para que los interlocutores extranjeros den una primera muestra de reconocimiento. Lo mismo sucede con la cultura local en general: la música popular, las librerías, el cosmopolitismo y, en los últimos años, el cine y el diseño son dimensiones que, aunque sea de manera vaga, suelen ser relacionadas con nuestro país y lo proveen, desde el inicio, de una imagen positiva vinculada a la creatividad y la “alta” cultura. Por otro lado, actualmente, la producción creativa está concentrada en los centros urbanos, que suelen reunir poder económico y creatividad, dos elementos fundamentales para la industria editorial. En la historia de la edición hay “ciudades literarias” por excelencia que, en palabras de Pascale Casanova, son aquellas que concentran el “crédito literario” de una nación; Buenos Aires parecería estar bien equipada para ser una de ellas (como demuestra su reciente elección para World Literature Capital en 2011). Sin embargo, la industria editorial argentina se desarrolla bajo una gran sombra tutelar: la de España. Ambos países están unidos por una relación de fuerzas cada vez más desigual. La competencia con España es un tema central, que cobra un peso especial en el tema que nos compete. Entre otras razones, porque los agentes y editores españoles se mueven con gran rapidez y eficacia, y no pasaron por alto el hecho de que hay muchos autores rentables en nuestro continente. Un ejemplo es el catálogo que la agencia de Carmen Balcells preparó para la Feria de Frankfurt de 2008: aprovechando el interés que, descontaban, despertaría la Argentina por ser invitada de honor en Frankfurt 2010, se concentró en la literatura de nuestro país, puso ese concepto en la tapa y presentó a 19 autores locales. Es llamativa, en general, la iniciativa y la velocidad que han demostrado los agentes y editores europeos a la hora de aprovechar esta coyuntura. Una consecuencia de estas circunstancias es que una buena parte del manejo de los derechos de traducción de los más destacados escritores argentinos va quedando en manos españolas (tanto de agencias como de editoriales). Esto no puede sernos indiferente, y por eso es hora de construir una relación crítica y activa con España.

 

Un estado de la cuestión. Como decíamos al principio, para elaborar políticas públicas –privadas y estatales– que tengan en cuenta estos problemas y busquen posibles soluciones, es necesario saber dónde estamos parados. Para esta investigación se realizaron entrevistas en profundidad a editores, agentes y autores nacionales y extranjeros, y se relevó información ofrecida por distintos sitios web, bibliotecas e instituciones de promoción del libro en el exterior.

La primera conclusión que surge del trabajo es que, en el universo general de editoriales argentinas, el porcentaje de compañías que venden derechos de traducción con regularidad es, en efecto, muy minoritario. Sin embargo, los datos relevados por nuestro equipo muestran que en el período estudiado (2002-2008) se vendieron, por lo menos, 706 licencias de traducción para libros de autores argentinos. Entre los autores más traducidos hay nombres previsibles (Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Guillermo Martínez, Tomás Eloy Martínez) y otros cuyo prestigio no está necesariamente asociado a una alta capacidad de ventas en nuestro país (César Aira, Rodrigo Fresán, Marcelo Birmajer). También resulta llamativo el elevado número de traducciones de autores que en la Argentina tienen una repercusión modesta, como Elsa Osorio o Carlos María Domínguez, pero que han sabido llegar a un gran número de lectores en otros países.

En cuanto al género más traducido, destaca la novela, con un 71% de todas las traducciones. El país que más libros de autor argentino traduce es Francia, seguido muy de cerca por Alemania, Brasil e Italia. No obstante, un 30% de las traducciones de autores argentinos se hace a “otras lenguas” (son, en total, 44 idiomas diferentes entre los que se encuentran casos tan particulares como el estonio, el indonesio o el vietnamita).

Por el contrario –y en coherencia con la estructura del mercado editorial argentino en general–, el mercado vendedor está muy concentrado: tres grupos reúnen el 72% de los títulos traducidos. Es preciso hacer la salvedad de que esto no quiere decir que los tres grupos mencionados contabilicen, en efecto, este 72% de ingresos: los derechos de muchos autores (sobre todo, de los más conocidos y exitosos) suelen estar en manos de agentes internacionales, que les venden a las casas hispanoamericanas los derechos de publicación en lengua española, pero se reservan los derechos de traducción. Los ingresos por estas ventas, por lo tanto, son contabilizados como ganancias por las agencias literarias, no por las editoriales.

Por último, hay que tener en cuenta que la mayor parte de estas ventas argentinas se hizo “sola”, con escaso apoyo público y muy pocas inversiones de cualquier tipo. De hecho, los más de 700 libros vendidos que los editores argentinos perciben como algo muy marginal representan, en verdad, una quinta parte de los 3.500 ejemplares traducidos del holandés en el mismo período, un país que cuenta con uno de los mejores sistemas de estímulo y promoción del mundo.

Viéndolo desde este punto de vista, no puede decirse que “no pasa nada” sino, al contrario, que los autores argentinos se han defendido muy bien y que, con políticas y estrategias adecuadas, nos encontramos ante un negocio potencial que resultará beneficioso para todos: autores y editores, pero también –y sobre todo– la cultura argentina en general.

.

Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0382/articulo.php?art=15608&ed=0382





Comments No Hay Comentarios »

En un post anterior utilicé la voz de otros para referirme a un fenómeno que me llama poderosamente la atención: la traducción literaria y más precisamente la traducción poética. Hoy, leyendo (debo decir descubriendo, gracias a Ezequiel Hara Duck) el sitio de la poetiza Diana Bellessi me encuentro nuevamente con conceptos sobre la traducción poética. Y es que Diana, poetiza argentina, escribió un libro junto a Ursula K. Le Guin, escritora estadounidense. Leer lo que estas mujeres nos comparten sobre las sensaciones al abordar la lengua y la poesía de otro al traducir, confieso, produce un grato placer, y lo recomiendo, clic aquí para leerlo. Diana Bellessi cita a Gabriela Liffschitz en su página:

“Porque la traducción poética supone, ya se sabe, una nueva versión, otro poema. Pero estos otros poemas se han constituido en el poema mismo, es decir, el poema de la traducción.”

La frase sirve como preámbulo a lo que las escritoras nos cuentan en About translating Diana by Ursula y Traduciendo a Ursula por Diana. Ursula, magistralmente, define: “Traslating is a way of making a foreign-language poem part of your self”.

Gabriela Liffschitz escribió una nota para Clarín: “Un sueño a dos voces” sobre el libro Gemelas del sueño (Editorial Norma) escrito por ambas escritoras, clic aquí para leerlo.

Algunos poemas de la obra (fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=215223)

 

Traducción

Cuando envejeces
lo duro tiene más sentido,
lo suave menos, tal vez.
Puedes leer el granito:
Renuncia.
¿Diamantes? Prepárate.

Lenguas muertas.

Puedes leer el agua.
¿Ahora qué?
¿Caminar sobre ella?

Bebe, dulce dama.

Ursula K. Le Guin

 

La médula

Había en la piedra una palabra.
Quise descifrarla,
mazo y punzón, cincel y pico,
hasta que la piedra sangró,
y aún no supe oír
lo que la piedra dijo.

La arrojé junto al camino
entre cientos de piedras
y al volverme gritó
la palabra en mi oído,
y la médula de mis huesos
escuchó, y respondió.

Ursula K. Le Guin

 

Cacería

Cruza un aguilucho
en lento vuelo preciso,
y una pareja de torcazas
lo sigue
con dementes gritos.
Se ha movido Orión hacia el oeste
y las Pléyades cayeron.
Se sacia el hambre de la noche, la zarpa
[silenciosa
el pico,
y el día inicia su conquista.
Devora
la hormiga grande
a la chica.

Acosa al mundo.

Cruza un aguilucho
con lento vuelo preciso. Lleva el coro
demente de la madre, y un pichón,
o dos, en el pico.

Diana Bellessi

 

Anabella

Anabella era una muchacha
que en su ataúd de vidrio
yacía con las serpientes,
rubia, pálida.
Fue, carromato de mercachifles,
mi bella durmiente ecuatoriana.

De la mulata nunca supe el nombre.
Me invitó a ir con ella una tarde,
cruzando un barrio de prostitutas
mientras caía en su belleza y
su miseria la ciudad de Cali.

La tercera fue una mujer de México,
mestiza, lavandera, que su propio
[marido
públicamente apaleaba.

A las tres las tuve en mi memoria,
les di la mano,
para atravesar juntas
una vasta, interminable galería
de retratos.

Diana Bellessi








Comments No Hay Comentarios »

Concurriendo al curso El desafío del radio arte en el relato radiofónico, dictado por Ricardo Haye (coordinador del Laboratorio Experimental de Arte Radiofónico, LEAR, de General Roca), conocí a Margarita Roncarolo, una compañera quien, charla literaria mediante, me introdujo en el movimiento Oulipo o Taller de literatura potencial (por su acrónimo en francés). A continuación comparto lo que dice Wikipedia al respecto:

Oulipo (acrónimo de «Ouvroir de littérature potentielle», que se traduce como “Taller de literatura potencial”) es un grupo de principalmente escritores en francés y matemáticos que busca crear obras usando técnicas de escritura limitada (Littérature à contraintes). Fue fundado en noviembre de 1960 por Raymond Queneau y François Le Lionnais. Éstos refundan el Seminario de Literatura Experimental (Sélitex), en torno al cual se había reunido un grupo de creadores no convencionales, y pasan a denominarlo Ouvroir de littérature potentielle, o Taller de literatura potencial.

El movimiento

El movimiento enraiza formalmente, por su constitución como club selecto, secreto y no convencional, con el Colegio de Patafísica (al que pasó luego a pertenecer) o el Club de los Savanturiers (fundado por el propio Queneau y Boris Vian), y renuncian desde el principio a afiliarse o erigirse como vanguardia alguna; no obstante, el método de búsqueda de nuevas estructuras formales continúa la senda que recorrió el surrealismo (movimiento en el que Queneau había iniciado su andadura artística y del que se alejó por desavenencias con André Breton) y el dadaísmo.

Pero si el surrealismo abandona la razón y acude al inconsciente en la búsqueda de un proceso de creación sin restricciones, el paradigma oulipiano traza la ruta en sentido contrario, aplicándose consciente y razonadamente restricciones que le permitan nuevas formas de creación, lo que le alejará de Dadá y su culto al azar. El resumen en su divisa fundacional: “Llamamos literatura potencial a la búsqueda de formas y de estructuras nuevas que podrán ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca”.

El proceso unirá dos disciplinas, intuitiva y académicamente distintas, pero adoradas por igual por los seguidores del oulipo: las matemáticas y la literatura. Así, conceptos como restricción (semántica, fonética, (combinatoria, algoritmo, fractal)…, se importarán de las matemáticas para aplicarse sobre el material propio de la literatura: las palabras. Y en este proceso irán encontrando las posibilidades de la lengua, las potencialidades de la literatura.

El Oulipo no establece una normativa artística, sólo ofrece un procedimiento de creación. Lo empleó Queneau antes de la fundación del taller (”Ejercicios de estilo” de 1947, en que se presentan hasta 99 formas distintas de contar un mismo y trivial episodio ocurrido en un autobús) como después (Cent mille miliards de poèmes, “Cien billones de poemas”), consistente en diez sonetos, en los que en todos se mantiene la misma rima, así que cada verso puede ser substituido por el verso correspondiente de otro soneto. Por ejemplo: el verso 1 del soneto 1 puede ser substituido por el verso 1 de cualquiera de los sonetos 2 al 10. El número total de sonetos que existen potencialmente es de 10 elevado a la 14 = “Cent mille miliards” = 100.000.000.000.000: se tardarían, sin detenerse a comer ni a dormir, varios millones de años en leerlos); pero otros autores también se fijaron reglas como incentivo para la creación, tanto antes (plagio por anticipación) como fue Jean Pierre Brisset y su poema de restricción fonética recogido en la Antología del humor negro de André Breton (juegos de palabras: “Les dents, la bouche / Les dents la bouchent / L’aidant la bouche / L’aide en la bouche / Laides en la bouche / Laid en la bouche / Lait dans la bouche / Les dents-là bouche”) como después (Georges Perec y La Disparition de 1969 en la que una vocal desaparece para volver en Les revenentes, o la hipertextual La vida: instrucciones de uso de 1978).

Miembros

Entre muchos, miembros del Oulipo fueron Noël Arnaud, Marcel Bénabou, Italo Calvino, Marcel Duchamp, Luc Étienne, Georges Perec, Jacques Roubaud o Albert-Marie Schmidt.

Además, Noël Arnaud, Valérie Beaudouin, Marcel Bénabou, Jacques Bens, Claude Berge, André Blavier, Paul Braffort, Italo Calvino, François Caradec, Bernard Cerquiglini, Ross Chambers, Stanley Chapman, Marcel Duchamp, Jacques Duchateau, Luc Étienne, Frédéric Forte, Paul Fournel, Anne F. Garréta, Michelle Grangaud, Jacques Jouet, Latis, François Le Lionnais, Hervé Le Tellier, Jean Lescure, Harry Mathews, Michèle Métail, Ian Monk, Oskar Pastior, Georges Perec, Raymond Queneau, Jean Queval, Pierre Rosenstiehl, Jacques Roubaud, Olivier Salon, Albert-Marie Schmidt.

Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Oulipo

.

.

Comments No Hay Comentarios »

?>