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La vida de mi madre, Angela Pradelli

miércoles, julio 19th, 2017

La última vez que había visto a mi madre fue cuando cumplí 26. Ella me había invitado a cenar. Ese día discutimos como siempre, tal vez más, y me fui de su casa en mitad de la comida. Pasaron cinco años hasta que volvimos a vernos.

Cuando yo era chico me gustaban sus manos grandes y que ella siempre tuviera las uñas pintadas de rojo. Hasta mis trece años los dos nos queríamos, ella me cuidaba, y creo que yo también. Pero cuando empecé el secundario, las cosas cambiaron. Yo pasaba todo el día afuera de casa, no me gustaba estudiar y por esa época ya había empezado con el alcohol. Mi madre era profesora de literatura pero trabajaba como bibliotecaria. Tenía un amigo poeta que había conocido en la biblioteca y los dos pasaban varias horas leyendo poesía en voz alta en el living de mi casa. Muchas veces, cuando yo entraba a casa y los veía, me preguntaba qué hacia mi madre al lado de ese hombre un poco encorvado que usaba camisas arrugadas, pero a ella se la veía feliz.

Cuando yo estaba en tercer año, mi madre me pidió que me anotara en el taller de teatro de la escuela. Eso la puso contenta. Fue un tiempo de tregua para nosotros y nuestras peleas, pero duró poco. A mí me iba cada vez peor en las materias y tenía problemas con los profesores. Un día la directora citó a mi madre para decirle que yo era un maleducado, estaba llegando al máximo de amonestaciones,y que si seguía así iba a repetir. Mi madre volvió furiosa, fue directo a mi pieza, puso algo de ropa en mi mochila y me echó de casa.

Me fui a lo de un amigo que vivía con sus abuelos. Esos días, mi amigo y yo nos rateamos juntos y tomábamos cerveza en la plaza. La directora volvió a llamar a mi madre y dijo que me expulsarían. Mi madre tomó un taxi y fue a buscarme a la casa de los abuelos de mi amigo; desde la vereda gritaba tanto que salieron algunos vecinos a ver qué pasaba. Yo subí al taxi y volvimos juntos a casa. Ella podía ser muy cruel, conmigo sobre todo, pero la suya era una crueldad impulsiva. Se exaltaba en un segundo, sentía una repulsión ardorosa que no podía contener y explotaba. Pero la verdad es que ella y yo no podíamos vivir juntos. A los veinte, me fui a vivir a un departamento que había sido de mi abuela. Pero cuando nos encontrábamos, siempre discutíamos.

Después de cinco años sin saber nada el uno del otro, un día mi madre me dejó un mensaje en el contestador.

-No vale la pena, Patricio, hacerse tanta mala sangre.

Al otro día fui a verla a la biblioteca. La encontré atendiendo a un grupo de adolescentes. La esperé afuera. Mi madre salió unos minutos después y caminamos atravesando la plaza.

-¿Seguís con la actuación? -me preguntó.

-Sí, ahora dirijo también, y escribo.

Unas nubes negras ensombrecían el aire.

-Se está preparando una tormenta -dijo ella mirando el cielo y tuvimos que correr porque se largó un chaparrón. Entramos al bar empapados.

-¿Estás más flaca? -le pregunté mientras nos sentábamos a una mesa al lado del ventanal que daba a la calle.

Ella se secó la cara con una servilleta de papel. Sentados los dos ahí, al lado del ventanal, volví a ver a la mujer que me había criado y que me leía cuentos y poemas de autores ingleses. Pero tenía algo raro.

-Es que me puse amarilla -dijo.

-¿Qué tenés?

-Cáncer en el páncreas -y no dijo más.

Al día siguiente  mi madre tenía consulta con el doctor Saucedo. La esperé en la puerta del consultorio.

-¿Cómo le fue con la medicación? -le preguntó Saucedo.

-Doctor, si tomo todo eso voy a explotar.

Mi madre tenía 56 años y un tumor en la cabeza del páncreas que le obstruía el flujo de la bilis desde el hígado al intestino.

Saucedo remarcó que el tumor estaba comprimiendo las vías biliares. Y dijo que era irresecable.

Ese día oí hablar de la sedación terminal por primera vez.

Empecé a ir casi todos los días a la casa de mi madre. Después de cinco años, todo estaba igual. Los muebles, los cuadros, las fotos. Lo único nuevo era  un reloj de péndulo que cada media hora hacía sonar las campanadas. Por las tardes, caminábamos por el barrio porque ella decía que le hacía bien.

-Siempre me gustó el verano -dijo ella, y se estiró para arrancar unas ramas de tilo que tenía las flores abiertas.

Le dije que tenía que tomar la medicación.

-Este es  mi último verano -dijo mi madre y acercó las hojas del tilo para oler el perfume de las flores.

-No digas eso -la reté.

Antes de volver me pidió que buscáramos una farmacia para comprar una caja de Sertal Compuesto.

El poeta seguía visitándola pero sólo algunos fines de semana.

Una tarde de fines de diciembre mi madre me pidió que llamara a Saucedo. Estaba ojerosa y le había salido un sarpullido en todo el cuerpo.

-Hice un pis oscuro,  parece barro -dijo.

Tenía los ojos amarillos. Saucedo nos esperó en la clínica.Mi madre se negó a sentarse en la silla de ruedas. La enfermera le dijo que se llamaba Nancy y le ofreció agarrarse de su brazo pero mi madre tampoco quiso. Caminamos por un pasillo  angosto. Saucedo iba adelante, nosotros tres lo seguimos.

-Qué feas son estas luces artificiales -dijo mi madre señalando los focos altos que irradiaban una luz mortecina.

Saucedo y yo entramos a uno de los consultorios. Ellas dos siguieron hacia el área de internación.

-Hay que ponerle un stent en el conducto biliar -me dijo-. Hay que hacerlo rápido. Ya tiene ictericia también en la conjuntiva.

Me sorprendió, y fue un alivio para todos, que mi madre no pusiera ninguna resistencia.

-Pero si las cosas se complican en el quirófano -me advirtió-, no quiero que me enchufen, ¿me oíste, Patricio?

Y agregó también que quería dejar firmada la aceptación para recibir la sedación terminal.

Después de unos días le dieron el alta; cuando salimos de la clínica mi madre ya no tenía la piel amarilla y me pidió que la llevara a pasar unos días a la playa. Unos amigos nos prestaron su casa en la costa, que a mi madre le pareció perfecta porque estaba a unos pasos del mar. Apenas entramos a la casa, abrió la ventana que daba a la playa.

-Me gustaría atrapar la felicidad -dijo con los ojos cerrados.

Durante esa semana, mientras almorzábamos o caminábamos por la playa, mi madre me hacía muchas preguntas. Quería saber si estaba enamorado y cómo eran las chicas que me gustaban. Después de cenar hablábamos de teatro. Me preguntaba qué obras de Chejov había leído, me daba clases de Shakespeare en general y de Hamlet en especial. Quería también leer el Monólogo del carnicero que yo estaba escribiendo y que estrenaría a principio de año. Le dije que no lo había terminado y a cambio le di el último cuento que había escrito. Esa noche, como todas después de cenar, fui a tomar algo al bar que estaba sobre la playa y volví muy tarde. Al día siguiente me desperté cerca del mediodía. Mi madre ya estaba en la playa. La vi desde la misma ventana en la que ella había querido atrapar la felicidad. Estaba  sentada de espaldas a la casa. Se había puesto un sombrero rojo en la cabeza. Bajé a la playa y comimos unos sánguches de salmón asado. La arena estaba tibia. Mi madre me ofreció un poco de limonada, y dijo que me haría bien para la resaca. Le pregunté si había leído el cuento. Mi madre asintió con la cabeza.

-¿Y qué te pareció?

-Un asco -me contestó.

A la semana nos volvimos a Buenos Aires. Yo retomé los ensayos del Monólogo. Mi madre se sentía bien, y pasó un verano bastante tranquilo, aunque también tuvo sus reacciones de furia, pero era su furia genuina, la de siempre. Parecía que todo volvía a su lugar, salvo cuando dormía.

-Tengo sueños de arrebato, me dijo un día-. De repente, dejo de estar.

Por esos días se abrió una convocatoria para la audición de La tempestad.

-Shakespeare -dijo mi madre-, qué bien.

Me insistía sobre la importancia de leer varias veces el texto en voz alta para escuchar al personaje. El día de la audición quiso acompañarme. Desde el escenario, la vi sentada en la última fila.

-No estuviste mal -me dijo a la salida.

Quedé entre los seleccionados y pasé a una segunda audición, a la que también fuimos juntos, pero esta vez a mi madre no le gustó mi actuación y mientras volvíamos caminando, me dijo que yo tenía que hablar más claro porque no se me entendía el final de las oraciones, que me paraba mal en el escenario y que tenía que aprender a manejar mis manos.

Me olvidé de Shakespeare y me dediqué a ensayar mi Monólogo del carnicero. Mi madre me pidió una copia para leerlo; se lo di y le conté de paso que estaba buscando un gorro de carnicero para mi vestuario. Al día siguiente mi madre me esperaba con el monólogo sobre la mesa de la cocina.

-Sentate ahí -me ordenó señalándome una silla.

Mi madre sacó una jarra con agua helada de la heladera, sirvió un vaso para cada uno y se sentó frente a mí.

-Tenés mucha imaginación  -me dijo-. Para lo bueno y para lo malo.

Tomó un sorbo de agua y se presionó los labios para secarse la humedad.

-¿Qué querés decir?

Mi madre levantó mi monólogo y lo balanceó en el aire hasta que lo dejó caer y las hojas se deslizaron sobre la mesa.

– No sé por qué escribís estas cosas horribles -me dijo.

No volvimos a hablar del libro, ni de la puesta. Ella no vino a los ensayos, pero un día me avisó que me había conseguido el gorro para la obra. Se lo había pedido a su carnicero y ya lo tenía lavado y planchado. La invité al estreno pero no vino. En la segunda función la descubrí después de diez minutos, estaba sentada en una butaca en la mitad de la última fila. Que el gorro de carnicero me quedaba perfecto, me dijo a la salida, y que me había visto muy bien, qué manejo del escenario, dijo también.

Unos días después ella empezó a ponerse otra vez amarilla. Una tarde fuimos a caminar por la calle de los plátanos que desemboca en la estación.

-Creo que se está terminando mi paraíso artificial -me dijo.

El día que tuvo la primera convulsión, estaba con una prima que había venido a visitarla. La prima esperó que yo llegara, me dijo que tenía que internarla, que para eso era su hijo. Que qué era eso de la sedación terminal, me preguntó y si yo no tenía corazón o qué. Llamé a Saucedo esa misma noche y me dijo que quería verla cuanto antes. Los resultados de los últimos análisis habían empeorado. Mi madre estaba descompensada. La bilirrubina había empezado ya a afectar otros órganos y las convulsiones podían repetirse. Saucedo sugirió la internación  y mi madre por supuesto se negó.

-En el final de la vida, hay que morirse, doctor -y dijo que había llegado el momento.

Una mañana mi madre me dijo que quería levantarse. Había adelgazado mucho. La llevé hasta living y nos sentamos en los sillones.

-Los médicos complican mucho la muerte -dijo mientras se abrazaba el vientre por los dolores.

Esa noche mi madre empezó a hablar con una voz muy apagada, opaca.

El texto de conformidad para recibir la sedación terminal lo tuvimos que firmar los dos. Ella decidió que fuera el viernes de esa misma semana. La enfermera Nancy vendría  a aplicarle la inyección; unas horas después, mi madre moriría. Me dijo que le gustaría despedirse de algunas personas. Ya tenía una lista preparada con los teléfonos. El poeta, el director  y dos compañeras de la biblioteca, Saucedo. También me pidió que llamara también a un sacerdote para que le diera la extremaunción. La idea de hacer un té para todos fue de ella.

El  viernes mi madre pidió levantarse. Esa mañana ella había recuperado la voz y se le entendía bastante bien, pero no tenía fuerzas para caminar y entonces llevé a su cuarto la pequeña mesa de la cocina. El primero en llegar fue el poeta. Los de la biblioteca trajeron el budín de naranjas  y nueces que a mi madre le gustaba. Nadie sabía qué hacer, ni qué decir.

-Somos torpes para las despedidas -dijo mi madre.

Cuando Saucedo entró a la habitación se sorprendió al ver tanta gente. Ella dijo que la ponía contenta que todos estuviéramos ahí.Yo serví el té en las tazas y una de las compañeras cortó el budín. Mi madre le preguntó a su amigo si había traído sus poemas.

-Falta el sacerdote -dijo mi madre.

-Está rico el budín -dijo una de sus compañeras.

El director de la biblioteca no quiso probarlo.

-Tengo el esmalte de las uñas saltadas -dijo mi madre.

Ya todos se habían ido cuando llegó la enfermera, faltaban todavía unos minutos para las ocho.

-¿Por qué no habrá venido el sacerdote? -preguntó mi madre.

Nancy cortó la ampolla.

-No va a dolerte -dijo.

Yo esperé en la cocina. Las oí hablar bajo, y rápido, como si estuvieran contándose secretos urgentes.

Después mi madre y yo nos quedamos solos. Ella me preguntó si estaba cansado y me pidió que apagara las luces. Sólo dejamos encendido el velador de su mesa de noche. Fue un alivio esa penumbra que bajó sobre nosotros y se deslizó como una seda.

Saqué una de las almohadas para que mi madre estuviese más cómoda. Me dijo que dejara la persiana abierta para que entrara algo de aire. Me acosté a su lado y me quedé dormido. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Cuando me desperté mi madre me preguntó por el gorro de carnicero. El leve resplandor de la lámpara nos alcanzaba a los dos con una luz suave. Todo lo demás en ese cuarto, su cartera colgando del picaporte de la puerta, el esquinero con sus libros, su sombrero de playa arriba del ropero, las fotos en la pared,  todo estaba sumido en la oscuridad. Todo, menos nosotros dos. Le dije que llevaría siempre conmigo el gorro del carnicero, que lo colgaría en todas mis obras.

-¿Y cuando hagas Hamlet, qué?

-Lo voy a colgar de un clavo en la pared y voy a decir que es el gorro del carnicero de Hamlet.

Ella sonrió y me pidió agua, tenía la boca reseca. La pileta de la cocina estaba repleta de tazas sucias, restos de hebras, platos, migas de budín. Puse agua con unas astillas de hielo en un vaso grande. Pero mi madre no tenía fuerzas para incorporarse, así que acerqué la silla a la cama y le mojé los labios con un pañuelo.

-¿Está bien así?

-Muy bien -dijo mi madre.

Me quedé allí sentado, humedeciéndole la boca hasta más de la medianoche. Me volvían algunas imágenes de esa tarde. Una de las bibliotecarias dándole cuerda al reloj de péndulo en el comedor. El director, parado en el umbral de la puerta, saludando a mi madre con el brazo en alto, la mano abierta. El poeta leyendo.Las porciones de budín sobre la fuente. El poema que quedó sin leer sobre la cómoda: “Una mujer parte de la casa temprano y borra su estela/ aun así deja sus marcas en la mesa/ los abrigos, las tazas, los manteles, / en los espejos, el botiquín, los pañuelos”. Saucedo, que para despedirse de mi madre puso su silla frente a ella y así, los dos sentados, se abrazaron.

Le humedecí los labios y me acosté a su lado. Mi madre hizo uno o dos movimientos leves con las piernas y después reposó. En el silencio de la casa se oía su respiración lenta. Estuvo así hasta que cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. Mi madre dormía tranquila y una brisa entraba y movía apenas las cortinas livianas.

A Patricio Abadi

 Fuente: https://www.pagina12.com.ar/12168-la-vida-de-mi-madre

La tardecita, Juan José Saer

viernes, diciembre 16th, 2016

Al ingeniero Saer

La historia, aunque a decir verdad los hechos escasos y simples que la constituyen, desde el punto de vista de las leyes del melodrama que imperan hoy en día en lo que podríamos llamar el mercado persa del relato, no alcanzarían a formar una historia, es más o menos la siguiente: un domingo a la mañana Barco, que acababa de cumplir cincuenta y dos años, buscando algún texto corto para leer antes del almuerzo, encontró una versión de La ascensión del monte Ventoux de Petrarca, y se instaló a leer en su estudio de abogado, en un sillón ubicado estratégicamente cerca de la ventana que daba al patio, para aprovechar al máximo la luz natural, de la que Barco era como se dice partidario ferviente cuando se trataba de lectura, aunque a causa de su trabajo únicamente de noche le quedaba tiempo para leer un rato antes de irse para la cama. El texto de Petrarca hacía años que no lo leía, y si lo eligió fue más bien a causa de su extensión, para poder terminarlo antes de mediodía, porque Tomatis estaba en Buenos Aires y se había anunciado en Caballito para el almuerzo, con el fin de traerle su regalo de cumpleaños y presentarles, a Miri y a él, su nueva pareja, una chica arquitecta que, según el sarcasmo de Miri, «por suerte gracias a su profesión podía hacer cosas un poco más constructivas que ponerse de novia con Tomatis», aunque Miri se olvidaba de que, treinta años atrás, Tomatis había estado enamorado de ella y ella, durante un par de semanas por lo menos, estuvo a punto de dejarse tentar por la cosa.

Lo cierto es que Barco se sentó esa mañana de domingo a leer a Petrarca. San Agustín –o, a estar con algunos, el colectivo publicitario de la iglesia primitiva que conocemos con el nombre de San Agustín– pretende que fue escuchando un sermón de San Ambrosio que se convirtió al cristianismo, lo que es igual que si hubiese sido leyéndolo, porque hasta entonces sólo se leía en voz alta, de modo que un sermón era una simple lectura comentada, semejante a lo que hoy llamaríamos una conferencia, y hay que reconocer que casi todas las grandes iluminaciones, exaltaciones, conversiones o revelaciones de los tiempos modernos provienen de la lectura. Pareciera ser que, en el estado actual de nuestra especie, siempre es necesario que lo poco que nos pasa de esencial le haya pasado primero a algún otro, de manera que sólo comparativamente podemos llegar a sentirnos, gracias a una lucidez pasajera, y muy de tanto en tanto, con fugacidad fragmentaria, lo que creemos ser o lo que tal vez somos.
A los pocos minutos de haber empezado a leer, Barco tuvo una experiencia semejante, pero no le advino ni un éxtasis ni una revelación, sino algo más íntimo y más querido: un recuerdo. Petrarca, que tenía desde hacía cierto tiempo la intención de escalar el Ventoux, cuenta que uno de los dilemas que se le presentaban era la elección de una compañía que fuese al mismo tiempo útil y agradable, y que después de haber vacilado entre varios de sus amigos, decidió llevar a su hermano menor, por el que sentía mucho afecto, pensando que la subida, que no era a decir verdad más que un paseo largo y fastidioso, y no una verdadera aventura, le daría al muchachito a la vez instrucción y placer. Y, gracias a las imágenes que, mientras avanzaba en la lectura, iban formándose en la parte más clara de su mente, el recuerdo, desde la oscuridad sin nombre y sin extensión o forma definida en la que yacía arrumbado o en la que derivaba desde hacía más de cuarenta años, nítido y entero, constituido de mil detalles hormigueantes y vivaces, hizo su aparición instantánea. Petrarca y su hermano menor escalando la ladera polvorienta y atormentada del monte se asociaron de un modo explicable pero inesperado, con un viaje que su hermano mayor y él, que tenía en ese entonces alrededor de diez años, habían hecho una tarde de otoño.

Existe siempre durante el acto de leer un momento, intenso y plácido a la vez, en el que la lectura se trasciende a sí misma, y en el que, por distintos caminos, el lector, descubriéndose en lo que lee, abandona el libro y se queda absorto en la parte ignorada de su propio ser que la lectura le ha revelado: desde cualquier punto, próximo o remoto, del tiempo o del espacio, lo escrito llega para avivar la llamita oculta de algo que, sin él saberlo tal vez, ardía ya en el lector. De modo que después de atravesar en un estado más bien neutro las informaciones del prólogo escrito por el traductor que había vertido el texto del latín al castellano, a los pocos minutos de empezar el relato propiamente dicho, Barco alzó la vista del libro y, con los ojos bien abiertos que no veían sin embargo nada del exteriorior, la fijó en algún punto impreciso de la habitación y se quedó completamente inmóvil, lleno hasta rebalsar del recuerdo que la lectura había suscitado:

Un atardecer de Semana Santa, un miércoles al final de la tarde para ser más exactos porque, para aprovechar al máximo las vacaciones habían decidido lanzarse a la aventura el mismo miércoles al salir de la escuela, sin esperar hasta el día siguiente, con el fin de ganar la noche del miércoles y la mañana del Jueves Santo en el pueblo en el que pasaban todas sus vacaciones, de verano, de otoño, de invierno o de primavera. Casi todos sus tíos, tías, primas y primos vivían en el pueblo o en los pueblos vecinos y para Barco, hasta los dieciséis o diecisiete años por lo menos, el pueblo ese tirado en medio de la llanura, el puñado de manzanas geométricas dividido en dos por las vías del ferrocarril, había sido una especie de paraíso: ninguna otra felicidad podía igualarse a la que lo asaltaba ante la perspectiva de ir a pasar en él unos días. Y era justamente a causa de la impaciencia que se apoderaba de él que se habían encontrado, él y su hermano mayor, que le llevaba cuatro años, en esa situación, o sea caminando los dos al atardecer en medio de la llanura vacía, por el camino de tierra de unos quince kilómetros que unía el pueblo con la ruta de asfalto donde los había dejado el colectivo de Rosario.

Al bajar del colectivo, habían esperado en el cruce una media hora sin que pasase un solo auto, y como se acercaba la noche, habían decidido empezar a caminar por el borde del camino de tierra, y a medida que se alejaban del asfalto la llanura se iba volviendo más desierta y más silenciosa. Como avanzaban hacia el oeste, en el fondo del camino recto y grisáceo, el disco rojo del sol, enorme y llameante, flotando no lejos del horizonte, parecía estar esperándolos con la intención de impedirles seguir adelante. Había llovido mucho la víspera, y el camino era un magma barroso en muchos trechos, donde algún vehículo, tirado a motor o a sangre, se había atrevido a pasar, formando huellas profundas de las que únicamente los bordes rugosos se habían resecado un poco. El estado en que había quedado el camino después de la lluvia explicaba la ausencia inusual de coches, aunque en aquella época los autos y los camiones no eran demasiado frecuentes en el campo, y de todas maneras la situación en la que se encontraban había sido prevista por sus padres, ya que la madre había querido oponerse a que viajaran esa tarde, argumentando justamente que había llovido y que la noche podía sorprenderlos en el camino, pero el padre, que tenía cierta predilección por su hermano mayor (o por lo menos Barco así se lo imaginaba en aquel entonces y seguía imaginándoselo en la actualidad, aunque su padre había muerto hacía treinta años y su hermano el año anterior), había dicho que gracias a la prudencia y al sentido de responsabilidad de su hermano no iba a sucederles nada malo (de todos modos, en ese punto o en cualquier otro, bastaba que su madre tuviese una opinión para que su padre formulase exactamente la contraria, y lo mismo sucedía, pero al revés, cuando era su padre el que argumentaba en primer término).

La cuestión es que avanzaban, ansiosos por llegar pero lentos a causa del barro, por el camino solitario, hacia el gran disco rojo que, como se dice, ensangrentaba el cielo en el oeste. Las nubes que se arremolinaban en la altura no interceptaban el disco rojo vivo, como si, inmóviles y asumiendo las formas más diversas, se hubiesen apartado igual que cortesanos respetuosos para no ocultar, con sus masas fofas y toscas, la perfección circular y ardiente de su presencia misteriosa. A cambio de esa discreción reverente, el sol las teñía de sus tonos innumerables, encendidos, claros y brillantes en las inmediaciones del disco, y que iban haciéndose cada vez más oscuros y más fríos –naranja, rojo, rota, violeta, azul– cuando iluminaban los copos algodonosos suspendidos hacia el este, en la porción opuesta del cielo. En el otoño ya avanzado, los campos de maíz parecían ruinas, con los tallos quebrados y grisáceos y las hojas color beige desgreñadas, resecas y colgantes, sugiriendo un ejército innumerable y fijo, aniquilado en una batalla reciente y del que hubiese vuelto a este mundo la muchedumbre de espectros, retomando el hábito de alinearse en orden para formar una teoría de almas en pena muda y amenazante. En un campo cercano, un rebaño de vacas negras había dejado de pastar, y los animales, orientados todos en sentido opuesto a la caída del sol, la cabeza un poco levantada como si estuviesen tratando de captar una señal remota, completamente inmóviles, todos en la misma actitud como si se tratase de la misma imagen plana reproducida cuarenta o cincuenta veces, le sugerían a Barco, en el momento en que estaba recordándolas, esas manadas que aparecen en las pinturas rupestres, más misteriosas por la extraña vida interior que emana de los animales que por las intenciones de los hombres fugitivos que los dibujaron en la piedra. Durante unos minutos de marcha únicamente oyeron el ruido de sus propios pasos, vacilantes y demorados, buscando suelo firme entre los trechos removidos de barro blando y los charcos de agua lisa que enrojecían el anochecer, hasta que, de algún punto lejano de la llanura un ganado invisible empezó a mugir, sacando al que tenían a la vista del sopor en el que parecía haber caído e incitándolo a seguir tascando en silencio. La inminencia de la noche cuya llegada, para precipitar al mundo en la negrura, parecía ir acelerándose, oprimía el pecho de Barco y le anudaba el vientre, de modo que para que no se pusiese a temblar, hundió la mano libre –en la otra llevaba una valijita– en el bolsillo del pantalón.

Al cabo de un rato de marcha, a la izquierda del camino, a unos cien metros adelante, divisaron el cementerio. Por temor de percibir en él el mismo terror apagado que empezaba a invadirlo, Barco no se animaba a mirar a su hermano, ni siquiera de reojo, y fue en ese momento en que se dio cuenta de que la llanura, en ese lugar que había atravesado decenas de veces, idéntico por otra parte a muchos otros en sesenta o setenta kilómetros a la redonda –camino de tierra, alambrados, maizales, campitos de pastoreo, redondel rojo enorme al atardecer, cuadrado de muros blancos del cementerio y cipreses negros sobrepasándolos–, de habitual que había sido hasta ese momento, se estaba volviendo irreconocible y extraño. Era incapaz de formularlo así en ese entonces, pero una luz cintilante, ultraterrena, transfiguraba el espacio y las formas que lo poblaban, poniendo a la vista, del paisaje familiar, su pertenencia a un lugar desconocido en el que, hasta ese momento, ignoraba que había estado viviendo. Durante años sentiría el malestar de esa revelación hasta que, gradualmente, capas y capas de experiencia, como sucesivas manos de pintura sobre una imagen odiosa, terminarían por hacérsela olvidar, hasta que esa mañana la lectura de Petrarca la trajo de nuevo a la luz viva del recuerdo.

El chasquido de los pasos en el barro estallaba apagadamente y se dispersaba en el aire que ya empezaba a volverse azul, mientras que del disco enorme que interceptaba el camino en el horizonte ya no era visible más que el semicírculo superior, y desde hacía unos minutos las nubes multicolores de un rato antes ya se estaban poniendo negras. El muro blanco del cementerio, por encima del cual, aparte de los cipreses, emergían las cúpulas y las cruces de cemento de algunos panteones, fulguraba a causa de esa luz que no era de este mundo, y del semicírculo rojo incrustado al final del camino, una turbulencia ígnea, de un rojo en fusión, barnizaba todo lo visible con una substancia fluorescente en la que el rojo y el negro parecían neutralizarse mutuamente produciendo una luminiscencia insólita y glacial, una harina estelar, a la vez impalpable y magnética, de la que también ellos, su ropa, sus cuerpos, sus órganos internos, y hasta sus deseos y sus pensamientos hubiesen sido espolvoreados. Aunque únicamente esa mañana, cuarenta años más tarde, era capaz de formularlo de esa manera, Barco tenía la impresión de estar en el lugar remoto de un mundo cuyo centro podía estar en un punto cualquiera del espacio, y que si en ese punto se encontrara el sentido de la totalidad, aun cuando fuese contiguo al que estaban atravesando, e incluso el mismo por el que en ese momento caminaban, piara ellos sería siempre inaccesible y remoto. Por primera vez sentía, sin saber que lo sentía, experimentando el terror de sentirlo sin gozar de la clarividencia resignada de cuarenta años más tarde, que el mundo no estaba fuera de ellos, sino que eran ellos los que le eran exteriores, y que el paisaje familiar en el que había nacido y que consideraba semejante al paraíso, era una lisura sin accidentes que toleraba un momento que la atravesaran hasta que, de golpe, se los tragaba sin dejar de ellos en la exterioridad neutra y distante la menor huella de su paso. El terror que se apoderó de él ignoraba esa evidencia; el carecer de nombre lo multiplicaba, y ya estaba a punto de aullar y de salir corriendo cuando, con suavidad, la mano tibia y un poco húmeda de su hermano se apoyó en su cabeza, en un gesto cuya intención se le escapaba un poco, en razón de esa relación peculiar que suele existir entre hermanos, íntima y distante a la vez.

–Me parece que oigo un motor –le dijo. Y era verdad: rateando, dando bandazos, el camioncito de la Liebre, el quiosquero, que había ido hasta el asfalto a buscar los diarios de la tarde y las revistas semanales que le llegaban por el colectivo de Rosario, frenó al cabo de unos minutos junto a ellos, y la cara rojiza de la Liebre apareció por la ventanilla, ostentando una sonrisa vagamente burlona en los labiecitos fruncidos que le habían valido el sobrenombre, y sin decir palabra, con un movimiento jovial de la cabeza, los invitó a subir.

Apenas oscureció, el camino se volvió todavía más dificultoso. La Liebre conducía concentrado y tenso, y esa noche, su hermano contaría, durante la cena, en medio de la risa general, cómo la Liebre, agarrándose firme del volante, inclinado hacia el parabrisas para auscultar mejor el camino e ir previendo los peligros, frenando y acelerando todo el tiempo, mientras ellos no se atrevían a desviar la vista de la luz de los faros que iluminaban el camino barroso, se hablaba a sí mismo en tercera persona, lanzándose advertencias, insultos o amenazas a cada resbalón o bandazo demasiado violento que desviaba al coche de la dirección que llevaba y daba la impresión de que iba a mandarlo a la cuneta o a volcarlo: «Tené cuidado, Liebre. No boludiés. Aflojá con el acelerador, Liebre. Ojo que hay un pozo adelante». Y así durante la hora que le pusieron para recorrer diez o doce kilómetros. Pero Barco no le prestaba atención: se iba calmando de a poco, como cuando, al despertar de una pesadilla, cuesta un buen rato todavía convencerse de que se ha vuelto a la vigilia y que la substancia opresiva del sueño se ha disipado. En la entrada del pueblo, por fin, lo familiar se restableció: era otra vez él, él, Horacio Barco y estaba llegando al pueblo con su hermano para pasar las vacaciones de Semana Santa. Pero esa vez no era felicidad lo que sentía, sino únicamente alivio. Cuando empezaron a rodar por la arboleda exterior que unía el camino con el pueblo, ya era noche cerrada desde hacía un buen rato. De las casitas Pobres de las afueras, salían gritos, risas, ladridos de perros alertados por el motor del camioncito, música y voces que mandaba la radio, y por las ventanas, proyectándose sobre los patios, las paredes, las veredas de tierra o de ladrillos, las copas de los árboles, colgando en los cruces dé las primeras calles, luces débiles pero cálidas, insignificantes en relación con la negrura sin fin de la llanura, pero amistosas, próximas, fragilísimas, y nacidas, como él, que las estaba viendo pasar, en ese mundo y en ningún otro, aunque a partir de ese día le quedara por averiguar, y seguiría intentándolo, sin conseguirlo, hasta el momento de su muerte, qué clase de mundo era.

A la deriva, Horacio Quiroga.

jueves, julio 17th, 2014

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.

.

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Esa mujer, Rodolfo Walsh.

jueves, julio 17th, 2014

El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.

-O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

-Esos papeles -dice.

Lo miro.

-Esa mujer, coronel.

Sonríe.

-Todo se encadena -filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.

-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

-Contale vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.

-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste -dice.

Pienso. No se me ocurre.

-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.

-Pero el capitán N…

-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

-¿Y usted, coronel?

-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

-Me gustaría.

-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

-Ojalá dependa de mí, coronel.

-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.

A la pastora le falta un bracito.

-Derby -dice-. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

-¿Qué querían hacer?

-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El coronel bebe. Es duro.

-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

-…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

-No.

-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces «Eso le demuestra», como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

-¿Pobre gente?

-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.

-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

-Ah, bueno -dice.

-¿La vieron así?

-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

-¿Se impresionaron?

-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: «Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.» Después me agradeció.

Miró la calle. «Coca» dice el letrero, plata sobre rojo. «Cola» dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. «Beba».

-Beba -dice el coronel.

Bebo.

-¿Me escucha?

-Lo escucho.

Le cortamos un dedo.

-¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

-Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. «Beba».

-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

-Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.

-¿Y?

-Era ella. Esa mujer era ella.

-¿Muy cambiada?

-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.

-¿El profesor R.?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.

-¿Enciendo?

-No.

-Teléfono.

-Deciles que no estoy.

Desaparece.

-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder -digo alegremente.

-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

-¿Qué le dicen?

-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve -dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

-¿Eh? -dice- ¿Eh? -dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

-¿La sacó usted?

-Sí.

-¿Cuántas personas saben?

-DOS.

-¿El Viejo sabe?

Se ríe.

-Cree que sabe.

-¿Dónde?

No contesta.

-Hay que escribirlo, publicarlo.

-Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

-¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.

-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.

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