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Prólogo a Los lanzallamas

jueves, marzo 3rd, 2016

Palabras del autor (1931)

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

«El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.»
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un «cross» a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y «que los eunucos bufen».

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la «Underwood», que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.

 

Roberto Arlt

 

Fuente: www.revistacontratiempo.com.ar/arlt_lanzallamas.htm

Karl Ove Knausgård: «Me rompieron la infancia y eso me hizo escritor»

viernes, febrero 19th, 2016

El escritor noruego, que publica ‘La isla de la infancia’, asegura que «la sociedad nos conforma de modo brutal, y nos hace creer que eso es natural».

Karl Ove Knausgård

Por Xavi Ayén

Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) es uno de los grandes escritores que ha descubierto el siglo XXI. Su serie de seis libros ‘Mi lucha’ ocupa más de 3.500 páginas en las que va desgranando toda su vida, su intimidad cotidiana, con todo lujo de detalles, recreándose en el fracaso existencial y sin dar la impresión de callarse nada. Es sin duda el fenómeno literario de los últimos tiempos. La empezó a publicar en su país en el 2009 y la acabó en el 2011. Vendió 500.000 ejemplares (en un país de 5 millones de habitantes), lo que desencadenó un alud de traducciones en el resto del mundo. Knausgård responde a la llamada telefónica de este diario unos días antes de que se publique en España, el próximo miércoles, la tercera entrega, ‘La isla de la infancia’ (Anagrama/L’Altra).

-¿Dónde se encuentra usted ahora?
-En mi estudio, en Österlen (Suecia), donde vivo desde hace diez años. Es una pequeña habitación, soleada, tengo el móvil en la mano mientras me apoyo en una mesa llena de libros, papeles y cigarrillos. Por la ventana veo el jardín y el cielo azul.

-Este tercer libro, sobre su infancia, es muy diferente a los otros dos.
-Sí, es mucho más simple porque debía tener la perspectiva de un niño, quería que el lector se sintiera muy cerca de él, yo mismo debía volver a ser aquella persona menuda que ya no soy. Por tanto, no hago tantas reflexiones, lo que manda es la historia, los hechos.

-El primer libro, ‘La muerte del padre’, abarca la relación con su padre alcohólico, y el segundo, ‘Un hombre enamorado’, su vida conyugal. Ahora, su infancia. ¿Por qué no los publicó en orden cronológico?
-Todo este proyecto narrativo se originó accidentalmente, al morir mi padre totalmente alcoholizado. Ese es el tema de mi primer libro, el padre no explorado. Al principio, no tenía la intención de plasmar toda mi vida en una serie literaria, no tenía planes. Pero, al ir escribiendo, me di cuenta de que eso le podía dar un gran sentido a todo. Hice un segundo sobre el esplendor y las miserias de casarse y tener hijos y entregué esos dos primeros libros a mi editor y tuvimos entonces una seria discusión sobre el orden en que los debíamos publicar. Y acabé haciéndole caso: por el orden en que fueron escritos. Yo lo veo como un único libro, escrito por el mismo impulso, aunque este tercero se puede leer como una novela independiente, como también sucede con el cuarto, quinto y sexto. A la vez, los cinco primeros forman un círculo compacto y el sexto es un comentario sobre todo.

-Parece usted enormemente sincero. Una máquina de la verdad a la que nada detiene: ni prejuicios sociales, ni posibles heridas a otras personas, ni el pudor… No esconde sus problemas con el alcohol, sus discusiones conyugales, sus pensamientos más horrendos…
-Fue muy duro al principio. Llevaba escritas 400 páginas y sentía surgir mi verdadera naturaleza. Eso es lo que me interesaba: mostrar los aspectos más fuertes de mi vida, admitir todas mis debilidades, mis intimidades… ‘¿De verdad vas a hacer eso?’, me advertían mis amigos. ¿Por qué no? ¿Cuál es el peligro? ‘Pero, Karl, ¡no podemos decir la verdad!’. Es un intento de contar la vida tal como es, pero con la peculiaridad de que, al ser contada, deja de ser vida y se transforma en literatura. Me enfrenté a los personajes y a mí mismos como si fueran otros, los utilicé como si todo aquello le hubiera sucedido a un tercero, y ese ejercicio no fue fácil. Creí que luego a lo mejor no podría salir a la calle, pero no ha sido así, la gente lo lee como una novela. Así debe ser.

-¿Está diciendo que ha escrito sobre otro?
-No soy yo. Nuestras células se renuevan completamente cada siete años, y mantenemos la identidad por el vínculo impreciso de la memoria, que no reconstruye los hechos de acuerdo a la verdad sino según sus propias reglas narrativas, lo que hace que recordemos cosas de las que es imposible que tengamos memoria. He mirado dentro mío y he contado lo que hay: memorias, recuerdos, sensaciones… Pero, cuanto más profundo miraba, más me daba cuenta de que no era yo. Ha sido, en términos psicológicos, una regresión: he vuelto a vivir cosas que viví en el pasado, he sentido las mismas emociones, la misma vergüenza, he vuelto a ser niño.
-Pero ¿qué diferencia hay entre recordar unos hechos y crearlos de la nada?
-Ninguna. Crear es recordar y recordar es crear. He escrito anteriormente varias novelas de ficción y no hay ninguna diferencia, es el mismo esfuerzo y tipo de trabajo. Tienes unas localizaciones y unos personajes que son imágenes mentales en ambos casos, trabajas con los mismos materiales. No tiene sentido distinguir la vista del resto de sentidos porque, al final, todo se canaliza por el mismo sitio y llega a tu cabeza del mismo modo, lo que has visto y lo que has imaginado, lo que ha sucedido y lo que no.

-Aunque no de los lectores, sí que ha tenido reacciones airadas de algunos de los, llamémosles, personajes que aparecen en sus libros: su tío, por ejemplo, o incluso sus mujeres…
-Sí. He tenido todo tipo de reacciones, las más fuertes vinieron de la familia de mi padre, que intentaron impedir que se publicara y me demandaron. Mi ex mujer es cierto que también montó en cólera, y apareció mucho en los medios criticándome pero luego lo aceptó y ahora ya está mejor. No pensaba en términos morales, he escrito una historia que el 99% de mis lectores no conoce de nada. Las personas que disfrutan de verdad el libro son las que no se reconocen. Los que aparecen, en cambio, pueden encontrar otros placeres, como la reconstrucción de una época y hechos que vivieron.

-La infancia ¿es el origen del escritor?
-Existen muchas razones para escribir, para orientarse en esa dirección. Una de ellas es que te hayan roto algo, quebrado una parte de la infancia y no entiendas por qué, es lo que me sucedió a mí. Cuando empecé a escribir, a los 19 años, lo hice sobre mi infancia porque siempre había sentido nostalgia hacia esa etapa pero no me gustaba esa sensación, de hecho quise desprenderme de esa nostalgia escribiendo este libro.

-Esta serie de seis libros nace de una frustración suya. ¿La ha superado tras escribirlos?
-Sí, siento que algo horrible me ha abandonado. Cuando empecé quería escribir algo majestuoso, mi ‘Hamlet’ o ‘Moby Dick’, pero estaba sumido en una vida pequeña, yendo a buscar a los niños, cambiando pañales, peleándome con mi esposa… Nada tenía sentido para mí. Ahora las cosas son mucho más fáciles, sencillas. Es un mecanismo psicológico, porque tengo los mismos problemas que cuando me senté a escribir, la diferencia es mi modo de percibirlos. No me siento tan frustrado.

-A ver si va a dejar de escribir…
-Eso puede sucederte cuando has sido siempre feliz. No existes, narrativamente hablando, si todo te va bien. Para crear, tienes que haber perdido algo. Y no se preocupe porque, en mi caso, solo hay un lugar en el que me siento bien: sentado en esta mesa, cuando estoy escribiendo. No sabría decirle por qué, pero si no escribo me siento muy mal.

-Su prosa es todo lo opuesto al estilo de Proust y, sin embargo, provoca en el lector un efecto parecido: esa sensación de la vida cotidiana atravesando las páginas. ¿Le gusta la comparación con Proust?
-Es uno de mis autores favoritos. Si bien, en el embrión, nuestros impulsos pueden haber sido parecidos, la realización de las novelas que hemos escrito es muy distinta, mis frases y estructuras son más simples y directas, mi complejidad no se encuentra en el estilo ni en el lenguaje. Sí somos ciertamente dos señores que, en épocas diferentes, se pusieron a escribir su vida en varios volúmenes. Pero nadie puede contener la vida en el reducido espacio de 3.500 páginas.

-Y, de su experiencia como traductor de la Biblia al noruego, ¿le ha quedado algo?
-Hay ecos bíblicos en mi estilo, lo admito. Formé parte de un equipo de cuatro personas que traducíamos el Génesis y fue una experiencia extremadamente interesante. Siempre que me pongo a escribir me sale una preocupación existencial, por el sentido, y tal vez me venga de ahí.

-Uno de sus temas es la identidad masculina, y aquí también aparece.
-La construcción de una identidad es ‘el’ tema de todos estos libros, lo esencial que hay en ellos. Al tratar este tercer volumen de la infancia y adolescencia, aparece la construcción de la identidad masculina porque, de niño, conoces otros chicos, ves a las niñas, te dicen unas determinadas cosas y se produce la construcción social de tu identidad como hombre. En los años 70, existían unas normas sociales muy estrictas sobre lo que tiene que ser un hombre. Y, si no las cumplías, eras castigado. Los niños que se iban a jugar con las niñas recibían sus castigos o les llamaban ‘mariquitas’. Como padre he obrado de un modo muy distinto. Las cosas que le suceden a un adolescente no son más que hechos. Pero la sociedad nos conforma de un modo brutal, y nos hace creer que esas normas que nos inculca proceden de la naturaleza.

-Lo físico, el cuerpo, es muy importante en este libro.
-En efecto. Los chavales hacen un montón de deporte, juegan durante horas al fútbol. Si un niño no es sometido a una intensa actividad física, se vuelve loco. Es algo que me he aplicado también en la edad adulta: practico esquí, escalada… Básicamente, fui feliz gracias a esas actividades físicas al aire libre.

-Habla también de la enorme influencia de la cultura inglesa en usted…
-Era algo común a toda Noruega. No solo en la música, seguíamos la Premier League, yo todavía soy del Liverpool.

-¿Cómo va su banda de música?
-No es cualquier cosa, llevamos ya veinte años. Gracias al éxito de mis libros, nos están saliendo bolos, estos meses haremos cuatro actuaciones, incluso en Nueva York, me encanta.

-¿Qué estilo tocan?
-Digamos que pop-punk británico, algo más de acorde con los años noventa.

-¿No fue una provocación titular sus libros ‘Mi lucha’?
-Al principio sí, intenté provocar, pero me ha salido mal porque he tenido tanto éxito que ahora cuando se dice ‘Mi lucha’, aparezco yo antes que Adolf Hitler.

-¿Qué está escribiendo?
-Una especie de lista de todo tipo de cosas: zapatos, pañuelos… pequeñas cosas cotidianas, se lo entregaré a mi editor noruego en unos días. Y después haré otra novela. No sé si valdrán la pena, claro.

Fuente: www.lavanguardia.com/cultura/20150509/54430533453/entrevista-karl-ove-knausgard-me-rompieron-infancia-eso-me-hizo-escritor.html#ixzz3ZxPzjwnu

El escenario de la desnudez ya no es la piel

jueves, febrero 18th, 2016

Debate. ¿Queda algo obsceno, capaz de escandalizarnos en literatura? De Rousseau a Knausgård, lo impúdico ya no atañe al sexo sino a la honestidad brutal.

Más allá de la alcoba...

Más allá de la alcoba. Arriba, Georges Bataille e Hilda Hilst. Abajo, Knausgård y los argentinos Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao.

Por Virginia Cosin

En 1765 Jean Jacques Rousseau, el hombre del comienzo y de la naturaleza, el autor de El contrato social y de Emilio o la educación, entre otras obras disruptivas, cesa su itinerante huida y se recluye en una casa de campo a escribir un libro que inaugura una forma nueva: la de la escritura de sí mismo. “Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo.”, es el elocuente comienzo de Las confesiones.

Y para probar, apenas comienza, hasta qué punto está dispuesto a exponerse, refiere un recuerdo vergonzoso. Allí el pequeño Rousseau, al borde de la pubertad, descubre el placer que le producen los azotes de su institutriz, que le revelan “cierta precocidad instintiva de sexo”. El proyecto rousseauniano de alcanzar la sinceridad total despojándose del estilo, dice el crítico Maurice Blanchot, deja al descubierto la insuficiencia de la escritura tradicional.

Dos siglos después, cuando la sigla post se adjunta a prácticamente cualquier idea, movimiento, estética, práctica o designación de época, un escritor noruego, tras una crisis creativa, decide que quiere escribir sin floraturas, adornos, figuras ni impostaciones. Sin hacer, digamos, literatura. Se propone ser completamente honesto. Y aquello, parece, es tremendamente novedoso y hasta escandalizador, porque –más allá de que la intención de provocar se lee en el nombre con que titula el libro ( Mi lucha , al que dividirá en seis tomos) este señor (sí: hablamos de Karl Ove Knausgård) procede de manera completamente impúdica, con el corazón al desnudo, dispuesto a contar, por ejemplo, cómo –a pesar de lo mucho que los ama– quisiera que sus hijos desaparecieran. El resultado es el más literario de los efectos porque la literatura es lo esencial o no es nada.

Georges Bataille, otro lúcido crítico francés, autor del ensayo El erotismo, escribe en el prólogo a La literatura y el mal : “El Mal –una forma aguda del Mal que la literatura expresa–, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una ‘hipermoral’. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa. La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo.” Es a partir de estos dos extremos –Rousseau y Knausgård– que podría pensarse que la novedad aparece de la mano de una pérdida de pudor o de comunión con el Mal; reside en un hueco hasta entonces inaccesible, íntimo y también peligroso.

Pero ¿en qué consistiría esta pérdida de pudor, cuando los medios de comunicación, con la Web a la cabeza, han desgarrado ya todos los velos?

Para el sociólogo Jean Baudrillard la obscenidad comienza cuando no hay ni escena, ni teatro, ni ilusión, cuando todo se hace inmediatamente transparente y visible y queda sometido a la cruda e inexorable luz de la información y los medios. Repasemos: en su etimología, la palabra obsceno designa lo que queda fuera de escena. Es decir, del juego.

El lenguaje literario es lo contrario a la transparencia. Si se retiran los velos, los adornos, los disfraces, el maquillaje, lo que queda no es literatura, es falta de estilo.

Hilda Hilst fue una escritora brasileña. Nació en San Pablo en 1939 y hace un tiempo la editorial El cuenco de plata tuvo el buen tino de traducirla y publicarla en castellano. Autora de una obra vasta y ecléctica, picante y de culto, dueña de una belleza que mantuvo a resguardo porque “no se suponía que una mujer hermosa escribiera tan bien”. Lejos de mostrarse y aparecer en la escena intelectual, se recluyó en su casa Do Sol a escribir incesantemente y, entre otras, concibió La obscena señora D . Una novela breve y recargada de exquisiteces de la lengua, por momentos angustiante, que ella misma catalogó de pornográfica. En verdad, lo que quería era escribir un libro para ganar lectores y dinero. Pero se convirtió en una autora de elite. Se puede decir, de su obra, que es excitante. Estimula los sentidos y el carácter escurridizo de los hilos que forman la trama no despierta más que deseo de apresar aquello que se sabe inapresable.

Lo “obsceno” del título no es más que una figura de lenguaje cuya función es opacar el centro, difuminar el corazón de una historia e inflamar el texto de luz retórica. La literatura nunca desnuda la verdad, la escritura es velo y ese velo, a su vez, el mundo. Paul Valery decía que lo más profundo que hay en el hombre es la piel. Y lo que Hilda Hilst desnuda es la piel del poema. Como Rousseau, como Hilst, Knausgård también tiene que ocultarse para escribir. Cuando prepara el tercer tomo de su obra se ha vuelto tan famoso que sus recuerdos ya no pueden ser los mismos que habían sido, aunque el pasado siga estando en el mismo lugar. El es otro. Su autenticidad, su experimento –ser él mismo– lo convirtió en otro. Cada nuevo tomo no es, pues, una continuación, sino una interrupción que precede un comienzo. Despojarse, desnudarse, decirlo todo, abrirse, exponerse a la luz, decir la verdad, resultan tareas imposibles.

Pero si la literatura reclama para sí, cada tanto, un corte, un tajo en el telón que permita un nuevo descubrimiento de lo que ha sido ocultado por una red de conceptos, ideales, instituciones y estructuras, son los artistas quienes deben preguntarse qué es exactamente lo que se debería romper, dónde está la frontera a transgredir, dónde reside eso esencial del que habla Bataille. Guillermo Saccomanno y Fernanda García Lao son escritores, son pareja –suelen decirlo en las entrevistas que conceden a distintos medios– y escribieron un libro a cuatro manos: Amor invertido, que, advierte la contratapa, inaugura un género, “va más allá”, porque no se trata de una novela erótica sino de una novela “de coger”.

La novela adopta el género epistolar y da cita a la literatura de alcoba, a Sade, a Lautremont, al gótico. Allí, los libertinos amantes viven separados por el mar –cada uno con el corazón del otro, como en una novela de Mary Shelley– desbocados de deseo, intercambiando palabras como si fueran órganos o fluidos.

“Temí por mi ano, querido mío –escribe la que firma Guilló en la ficción– y no fue ingenuo mi recelo. No era tanto la extensión de su verga lo que me intimidó, como su descomunal grosor.” Palabras habitualmente consideradas obscenas se repiten a lo largo del texto, como un dedo insistente que busca la llaga.

Pero lo cierto es que obscenidades de esa clase hoy no escandalizan a nadie. Las escuchamos en la radio, en los programas de televisión aptos para todo público y googleando en Internet. Si en siglos pasados Sade era confinado al encierro y Flaubert o Baudelaire enjuiciados en un tribunal, hoy los autores de una novela “de coger” son entrevistados en cuanto programa o suplemento cultural encontramos.

Lo inquietante de Amor invertido, acaso, no sea su impúdica verborragia, sino lo que queda oculto debajo de esas miradas, lejos de la ficción, que se cruzan los autores en fotos o entrevistas televisivas. Porque, como apunta la psicoanalista y lingüista Julia Kristeva, “el sexo ya no es revolucionario, por el contrario, no hay nada que sea más establishment que el sexo”.

Fuente: www.revistaenie.clarin.com/literatura/escenario-desnudez-piel_0_1480052003.html