Archive for the ‘Poesía’ Category

Poema al padre, Sharon Olds

jueves, octubre 6th, 2016

De pronto te imaginé

de niño en aquella casa, habitaciones oscuras

y cálida chimenea con el hombre enfrente

callado. Te movías a través del grávido aire

con tu corpórea belleza, un chico de siete años,

indefenso, avispado, hubo cosas que el hombre

hizo cerca de ti, era tu padre,

el molde con el que fuiste creado. Abajo en el

sótano, los barriles de dulces manzanas,

cogidas del árbol en su momento álgido, se pudrieron

y descompusieron y por delante de la puerta del

sótano el arroyo corría y corría, y algo

no te fue dado, o algo te fue

robado, algo con lo que naciste, y hoy

incluso a tus 30 y 40 años te llevas

la oleosa medicina a tus labios

cada noche, ponzoña para ayudarte

a caer inconsciente. Siempre pensé que

la clave fue lo que nos hiciste

de adulto pero luego recordé a aquel niño

siendo moldeado frente al fuego, los

diminutos huesos de su alma

retorcidos y fracturados, los pequeños

tendones sujetando el corazón

partidos en dos. Y lo que ellos te hicieron

tú no me lo hiciste. Cuando ahora te amo,

me gusta pensar que estoy dando mi amor

directamente a ese chico de la habitación tórrida

como si ese amor pudiera alcanzarlo a tiempo.

El Padre, Sharon Olds

lunes, octubre 3rd, 2016

Carrera


Llego al aeropuerto, corro al mostrador,
compro un pasaje y diez minutos después
cancelan el vuelo: los médicos dicen
que mi padre no pasa de esta noche
y cancelan el vuelo. Un hombre
de bigote me habla de un vuelo sin escala:
sale en siete minutos. ¿Ve ese ascensor?
Baje un piso, doble a la derecha,
coja el autobús amarillo, baje en el segundo terminal,
dice. Y yo, que carezco de toda orientación,
corro exactamente hacia donde debo, un pez
deslizándose contra la corriente del río,
hábilmente, como si supiera. Salto del autobús,
las maletas llenas de cualquier cosa
me sacuden de lado a lado
como si quisieran demostrar
que también yo sucumbo a las leyes de lo físico.
Y yo, que siempre voy al final de la fila,
corro hacia un hombre de flor blanca en el pecho,
y le digo, Ayúdeme. Mira mi pasaje, me mira a mí,
y dice: Doble a la izquierda, después a la derecha,
suba las escaleras mecánicas y, después, 
corra. Vuelo escalera arriba y ahí, al final, veo el pasillo,
respiro profundo, le digo Adiós a mi cuerpo,
adiós  a la comodidad y corro, corro
como si pudiera apostarlo todo,
gastar para siempre las piernas y el corazón que él me dio,
todo para tocarlo una vez más en esta vida.
He visto fotos de mujeres corriendo,
sus pertenencias atadas con bufandas
asidas a los puños. Bendigo
las piernas largas que él me dio y abandono mi corazón
a su único propósito: llegar a la Puerta 17.
Cerraban la del avión cuando llegué.
Entonces, como quien no es demasiado rico,
me deslicé a través del ojo de la aguja
y recorrí el pasillo que me llevaba hacia mi padre. El avión
iba repleto, el cabello de los pasajeros brillaba,
una bruma de endorfinas doradas llenaba la cabina.
Lloré como lloran quienes entran al cielo,
con un alivio colosal. Despegamos
de un lado del continente
y no paramos hasta posarnos
sobre la otra orilla. Entré a su habitación
y vi su pecho ascender despacio
y bajar de nuevo. Toda la noche
estuve mirándolo respirar.

Su quietud

El doctor dijo: «Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora.»
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: «Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar».
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

Su olor

Durante sus últimos días de vida
quise encontrar un nombre para su olor: como levadura,
catalizador ocre alimentándose de líquido,
ingiriendo malta, excretando arrope,
fermento agrio, embriagador, exultante,
la bebida fuerte del sudor de mi padre.
Me inclinaba sobre la cama del hospital
y lo olía. Era cemento húmedo,
era acera de granito triturado, era cuarzo
y esquisto jurásico, o el olor agrio
del humidificador de cobre
lleno de humedad, era la puna, eran hilachas
ennegrecidas de tabaco; era el recuerdo del cloro
en el piso del vestuario de la piscina durante el verano;
el tenue olor a moho de la alfombra de su casa,
el esputo mordaz que huye de las fauces
nubladas de un borracho. Era también la cavidad
de un zapato de cuero, rancio,
mezcla de betún y medias ácidas:
en su olor, siempre, esa sensación
de mancha y la atracción de la mancha,
la armonía del aceite y el metal,
como si los mundos de la manufactura y de la industria
hubieran decidido usar su cuerpo
como glándula para sudar. El último día,
se alzó en su frente, una esfera de sudor
compacto, la tomé en mis labios.
Después de su último aliento, yacía ahí,
tendido de costado, inmóvil,
sin respirar, sin proferir sonido,
pero su olor era el mismo, ese olor viciado
fresco industrial doméstico varonil,
oscuro, reflejando puntos de luz.
Alguna vez pensé que al final
sería una palabra, una mirada, la presión
de su mano. Nunca, que él moriría
y yo, después, me inclinaría para olerlo,
respirándolo como se respira el aire,
profundamente, antes de partir hacia el exilio.

 Más allá del peligro

Una semana después de que murió
de pronto entendí
que su amor por mí estaba seguro:
ya nada lo podría alterar. A veces,
durante el último año, su rostro se iluminaba
cuando yo entraba a su habitación,
y una vez, medio dormido,
sonrió al pronunciar mi nombre.
Respetaba mi arrojo:
la vez que me ataron a la silla,
ataron a alguien que él respetaba, y cuando
dejaba de hablar durante semanas enteras,
yo era uno de los seres a quienes no le hablaba,
alguien con un lugar en su vida.
La última semana lo dijo sin querer:
entré a su cuarto y le pregunté
“Cómo estás,” y contestó, “Yo a ti también”.
Desde entonces, temí perder esas palabras.
Hasta el último momento podía equivocarme,
ofenderlo. Bastaría una de sus muecas de disgusto
para que volviera a joderme la vida.
Intenté no pensar demasiado,
ayudaba a cuidarlo, le limpiaba el rostro,
lo acompañaba.
Pero un rato después de que murió,
de pronto pensé, con asombro, ahora
siempre me amará, y me reí:
estaba muerto, ¡muerto!

Sus cenizas

La urna era pesada, pequeña pero tan pesada,
como la vez, semanas antes de morir,
cuando quiso pararse y puse mi hombro
bajo el suyo, mi mejilla contra su
espalda desnuda repleta de pecas
mientras ella sostenía el orinal. Había perdido
la mitad de su peso
y aún así pesaba tanto que casi no lográbamos sostenerlo
mientras expulsaba la orina crepitante
como fuego líquido. La urna
pesaba lo que ese metro ochenta, se calentaba
en mis manos mientras la acariciaba bajo el pinsapo azul.
La pala sacó la última bocanada de tierra
de la tumba—habrá hecho el mismo ruido arenoso
cuando rasparon sus cenizas del horno—
los demás llegarían en cualquier momento y yo
quería abrir la urna como si sólo así
pudiera conocerlo. Sobre el césped húmedo,
bajo los conos cubiertos de rocío,
forcé la parte de arriba, se abrió, y
ahí estaba, la verdadera materia de su ser:
racimitos de huesos moteados; un arco óseo
descolorido, como un hongo nacido
alrededor de una rama; guijarros manchados:
quizá las manchas fueran los canales de su médula,
quizá por ahí nadaron moléculas vivas
como si tuvieran una voluntad
que pudiera llamarse propia,
quizás en cada célula los cromosomas
emitieron destellos de luz al dividirse, chispas
al dejar atrás sus copias
relucientes. Miré ese salpicón de escamas,
esos restos semejantes a un avispero
de papel deshecho: qué era eso, era un hueso
de su muñeca, era su rótula elegante,
su quijada, o quizá esa parte de su cráneo blanda
al nacer: lo miré,
sus huesos y las cenizas donde yacían, blancas,
plateadas, como esas trémulas serpentinas de polvo
que la tierra va dejando a su paso al girar,
se siente su rugir pesado mientras se aleja.

Sentimientos

Cuando el médico residente auscultó el corazón detenido
yo lo miré, como si él o yo
fuéramos salvajes, fuéramos de otro mundo:
yo había perdido el lenguaje de los gestos,
no sabía qué significaba para un extraño
levantar la bata y ver el cuerpo desnudo de mi padre.
Mi rostro estaba mojado, el de mi padre
apenas húmedo con el sudor de su vida,
esos últimos minutos de trabajo duro.
Yo estaba recostada en la pared, en un rincón,
y él estaba echado en la cama, los dos hacíamos algo,
y todos los demás creían en el Dios Cristiano,
llamaban a mi padre la cáscara sobre la cama,
sólo yo sabía que se había ido del todo,
sólo yo le dije adiós a su cuerpo
que era todo cuanto él era. Sujeté con fuerza
su pie, pensé en ese anciano esquimal
que sostiene la popa de la canoa mortuoria,
y lo abandoné suavemente al mundo de las cosas.
Sentí la sequedad de sus labios
en los míos, sentí la levedad de mi beso
mover su cabeza sobre la almohada
así como se mueven las cosas
como por su propia cuenta en el agua mansa,
sentí sus cabellos de lobo en mis dedos,
se tambalearon las paredes, el piso,
el techo giraba como si no estuviera yo
saliendo del cuarto sino el cuarto
alejándose de mí. Me hubiera gustado
quedarme a su lado, cabalgar junto a él
mientras lo llevaban al lugar donde lo cremarían,
verlo entrar a salvo al fuego,
tocar sus cenizas tibias, y después llevarme
el dedo hasta la lengua. A la mañana siguiente,
sentí el cuerpo de mi esposo
aplastándome dulcemente como una pesa
sobre algo blando, una fruta, su cuerpo asiéndome
a este mundo con firmeza. Sí, las lágrimas brotaron,
como el zumo o el azúcar de la fruta.
Se adelgaza la piel, se rompe, se rasga: hay
leyes en este mundo y según ellas vivimos.

El cuerpo muerto

No soportaba dejarlo solo en la habitación
después de que murió. Durante meses
siempre hubo alguien con él, estuviera dormido,
despierto, en coma, siempre alguien, pero después
nos quedábamos fuera y él dentro,
solo: como si lo único importante fuera su conciencia,
ese hombre que tuvo tan poca conciencia, que fue
90% cuerpo. Yo no soportaba
esa forma de tratarlo como basura, íbamos a quemarlo,
como si sólo importara el alma. Quién era ése
si no él, tirado ahí, seco y abandonado.
Me enfrentaría a quienquiera
que no respetara ese cuerpo: que viniera
un estudiante de medicina y se atreviera a hacer un chiste sobre su hígado
y lo derribaría. Hubiera sido tan bueno tener a quien derribar.
Y si lo íbamos a quemar,
quería quemarlo entero, no ver
su brazo mañana en el cuerpo de alguien
en Redwood City, o que le arrancaran
la lengua para transplantarla, o ese ojo renuente.
Y qué si su alma ya no estaba,
yo lo conocí desalmado toda mi infancia, lo veía
acostado en el rincón más oscuro de la sala
con la boca abierta en el sofá
y ahí no había nada más que su cuerpo.
Así que en el hospital, me quedé a su lado,
acaricié sus brazos, su cabello,
no pensaba que estuviera ahí
pero igual ése era el hombre que yo había conocido,
un hombre hecho de sustancia espesa,
un hombre crudo, como esos seres primitivos
que poblaban el mundo antes de que Dios tomara
su peculiar arcilla y creara
a su propia gente.

El último día

 

El último día de la vida de mi padre
lo bañaron por la mañana, doblaron la sábana a su cintura,
yo me senté con ellas y lo lavaron, clavículas,
hombros, costillas, pecho, la piel ocre,
irregular. Por la ventana veía
la montaña de California y sus pliegues
y pensé cómo habrá sido cuando fue hecha, suave,
tibia, maleable, pensé en mi padre antes,
casi líquido, insignificante, dentro de su madre.
Enjabonaban los ángulos de su cuerpo,
yo miraba la montaña, sus grietas,
sus sombras, sus luces:
siempre he querido creer cuanto ven mis ojos.
Doblaron la sábana hasta su cadera,
su muslo no era más que el fémur,
la piel como papel de carnicero
envolviendo un hueso para un perro.
Lo secaron y el pelo de su pecho se erizó,
salieron de la habitación por un momento
y quedé sola con él,
su pezón como un puñadito de guijarros,
trajeron una manta de algodón, tibia,
y giraron su cabeza hacia la ventana.
El amanecer resplandecía en su boca,
y en cada aliento yo veía una brasa diminuta,
una figura desmembrada temblar sobre su lengua.
Los lados de su lengua estaban salpicados
de óvalos mucosos como discos de marfil suave,
ahí sentada, yo miraba dentro de su boca,
nunca había entendido y tampoco
entendí entonces, el cuerpo y el espíritu.
Con la noche su respiración se hizo más corta,
la niebla caía azul, poderosa,
sobre casas y secuoyas,
apoyé mi cabeza en la cama en el camino de su respiración y la respiré,
aún dulce con su vieja dulzura mancillada
como la tierra húmeda con olor ácido y limpio a la vez.
Comenzó a oscurecerse una hora antes de morir,
su respiración se detenía por segundos
y volvía a empezar. Su cuerpo se arqueaba,
alejándose de la ventana, su piel
era de un amarillo vidrioso, respiraba, y se detenía,
respiraba. Pasé mis dedos por su cabello
y besé las comisuras de sus labios resecos. Respiró,
y su mujer y yo nos quedamos inclinadas esperando
la próxima respiración. Estaba volteado hacia mí,
la boca abierta y el cabello ondeando hacia atrás
como un hombre parado de cara al viento,
esperábamos y esperábamos la próxima respiración.
Luego la enfermera levantó sus párpados,
y en lo blanco, bajo cada iris,
había aparecido una línea oscura.
La enfermera le alzó la bata, vi su abdomen
relajado y gris, cubierto de pelo
como una promesa de bondad animal,
apoyó el estetoscopio contra su corazón
y esperó, luego bajó la bata
y dio un paso atrás, me miró, y asintió,
y entonces miré a mi padre,
su cabeza demacrada, su espalda arqueada
como para lanzarlo fuera de este mundo.
Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya
y respiré pero él no respiraba, respiré y
respiré pero él se oscurecía,
mi padre. Apoyé mi mano en su pecho
y lo miré, miré sus pestañas,
los poros de su piel, las grietas en sus labios,
los pelos de su nariz.
Entonces acomodé su cabeza sobre la almohada,
se movía tan fácilmente, y su oreja,
aplastada durante la última hora
se desdobló en el aire
abriéndose como una flor.

 El momento exacto de su muerte

Era él cuando respiró por última vez,
mi padre, aunque había cambiado tanto
que nadie que no hubiera estado con él
durante la última hora lo hubiera reconocido:
su piel, corpórea, como grasa animal,
los ojos hundidos en la cabeza,
la nariz adelgazada, la boca abierta
con esa lengua dentro como afirmación de la muerte,
una lengua seca, ondulada, oscurecida.
Podíamos ver la flema
crecida al fondo de su boca,
pero aún así era él, los brazos enormes, pesados,
las manchas de sangre bajo la piel,
negras y precisas, hasta ahí lo acompañamos
en cada paso, era él, su última respiración
fue suya, no inhalada como fruto del deseo,
pero suya, ligera como una semilla de algodoncillo,
huyendo de su boca y flotando en la habitación.
Y cuando la enfermera intentó oír su corazón,
su vientre plateado era su vientre,
y cuando se quedó parada
y asintió, por un instante era plenamente él,
mi padre, muerto pero él,
un hombre con la boca abierta y
manchas oscuras en los brazos. Parecía
alguien muerto en una lucha sin sangre:
tensos el cuello y la base de la cabeza,
como halando hacia atrás con violencia.
Parecía estar quedándose quieto, luego la piel
se tensó levemente alrededor de su cuerpo
como si lo puramente material lo reclamara,
y después, ya no era mi padre,
no era un hombre, no era un animal,
acaricié su cabello lentamente,
alzando mis dedos por sus ondas grises,
la materia sin vida y radiante,
la materia del mundo.

Muerte y homicidio

Intentamos mantenerlo vivo, lo cortamos,
lo entubamos, lo  exprimimos, lo torturamos,
pero no vencimos,
la muerte lo tomó de nuestras manos, lo convirtió
en pura imitación de sí mismo.
Es el trabajo del homicida, te quita
la vista, el gusto, el tacto, el oído,
y pone en tu lugar esa cosa
igual a ti, incapaz de todo,
que todo lo soporta sin importarle nada,
como si no tuviera vergüenza,
como si al cuerpo no perteneciera
ningún honor. Cuando la muerte
se llevó a mi padre,
pensé en homicidios, entendí
que el asesino te obliga a irte
dejando atrás ese muñeco, réplica de ti,
como si fuera algo creado por él
hincado en las orillas,
moldeando la sumisión del barro.

* La traducción es de la escritora Mori Ponsowy.

** Sharon Olds, EE.UU. 1942.

Tomado del blog: Blog del Amasijo

Poemas de Sofía*

martes, julio 12th, 2016

Quizás no es real pero tú lo sientes, es lo único que importa

Había una vez un desierto al que si le prestabas atención podías descubrir mundos desconocidos. Un día había una luz que contemplaba la oscuridad del desierto, era el amor verdadero de un humano y una cosa de misterios, el desierto.

Todos necesitamos saber qué significa el dolor

Era una noche radiante, la luna estaba tan redonda como el ojo de un gato, esa noche vi un perrito, parecía muy tierno, le acerqué la mano para acariciarlo y pum, me mordió la mano, sentí el dolor de la vida, sentí un dolor en el pecho, y desde ese día conocí el dolor y ahora me persigue.

 

*Sofía es mi hija, tiene 8 años, escribe y dibuja muy pero muy bien, y, como se decía antes: es la luz de mis ojos.

Y de repente la noche

viernes, abril 15th, 2016

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de repente la noche.

 

Salvatore Quasimodo

Las piernas de Dora Markus

miércoles, agosto 12th, 2015

Por Juan Forn

El joven Eugenio Montale se embelesaba tanto cuando le hablaban de mujeres espléndidas, que a veces les dedicaba poemas sin haberlas visto siquiera una vez de lejos. A su amigo Bobi Bazlen nada le divertía más que detonarlo en esa dirección, porque el joven Montale languidecía en Génova, donde estudiaba contabilidad por mandato de su padre, que lo quería trabajando a su lado, y el joven Bazlen vivía a sus anchas en la mítica y cosmopolita Trieste. Desde allí, en septiembre de 1928, Bazlen le envió a su amigo una fotografía en cuyo reverso se limitó a garabatear: “Una amiga de Gerti, con piernas maravillosas. Escríbele un poema. Se llama Dora Markus”. Un par de meses más tarde, Bazlen vuelve a la carga en una carta: “De vuelta en Trieste, después de mi escapada con Gerti. Vimos en Moravia a Dora Markus, con botas altísimas, como para caminar en la nieve”. Pasan dos meses más y Montale recibe telegrama de Bazlen: “¿¿¿Y mi Dora M para cuándo???”.

Calma, calma, pide Montale, hasta que le envía por fin el poema, como hacía con todo lo que escribía: es leyenda que, hasta que a Bobi Bazlen no le gustó Huesos de sepia, Montale no lo publicó. Cincuenta años más tarde, Montale gana el Premio Nobel y “Dora Markus”, su poema más celebrado, se convierte de repente en un enigma a descifrar para sus especialistas (Montale los llamaba “accademici accaparratori e burocrati incapaci”), porque entre la montaña de papeles privados que donó a la universidad de su ciudad natal había aparecido aquella foto enviada por Bobi Bazlen en 1928. El hallazgo desató una fiebre tan fulminante como decepcionante entre los montalianos porque no existía una sola imagen de Dora Markus salvo aquella foto de sus piernas, y no existía un solo dato sobre ella, salvo que era judía y rica y misteriosa y venía de Austria y había logrado embarcarse a América cuando empezaron a regir en su tierra las leyes raciales. Nadie sabía de ella en América, nadie en Austria y nada más se sabía de ella en Trieste. En esa foto empezaba y acababa su leyenda, porque para entonces Bobi Bazlen llevaba diez años muerto, Montale no hablaba con periodistas ni con académicos y, asombrosamente, a nadie se le había ocurrido rastrear a la “Gerti” dos veces mencionada por Bazlen: Gertrude Frankl, la anfitriona de Dora Markus el día que se tomó aquella foto.

Como Montale había tenido una pléyade de musas, que en su mayoría estaban más que dispuestas a hablar de él, los montalianos se dirigieron en masa en esa dirección (luego del Nobel, hasta la prensa del corazón italiana estaba interesada en “las amantes del poeta”), salvo uno, un jovencito llamado Andrea del Giudice, que no supo salirse del trance y terminó diez años abducido, por el misterio Dora Markus y por un enigma mayor: la razón secreta que llevó a Bobi Bazlen a abstenerse de ser escritor. Del Giudice escribió un libro famoso sobre ese enigma (El estadio de Wimbledon), en cuyo centro hay un momento de gloria: cuando el aún joven montaliano se interna por la calle más oscura y laberíntica de Trieste, sube cinco pisos por escalera casi a tientas, toca un timbre en un lóbrego palier, y cuando le abren la puerta descubre con estupor una inesperada, luminosa vista al mar desde el ventanal, y una viejita de nívea e impecable melena que le dice: “Yo soy Gerti Frankl. Finalmente me ha encontrado”.

Bobi Bazlen era el niño mimado de todas las buenas bibliotecas particulares en Trieste, y en Trieste hasta el más tonto nacía hablando cuatro idiomas (italiano, alemán, idish, griego). Bobi Bazlen era huérfano de padre y tenía una madre eternamente postrada en cama víctima de enfermedades imaginarias, lo que le permitió hacer lo que quería en la vida desde temprana edad, y lo que quería hacer Bobi Bazlen era leer. Cuando terminó con todos los libros de su casa (“He encontrado el elemento común entre Salgari y Kant”) y todo lo que se podía leer en las librerías de Trieste, se convirtió en el fetiche de la intelligentsia de la ciudad: nadie se atrevía a negarle un libro de su biblioteca. Lo único que movía a Bobi Bazlen a levantarse de la cama era la promesa de un libro o de una buena conversación, pero hasta cuando estaba parado parecía recostado (lo decía él mismo, cada vez que veía las poses que adoptaba su cuerpo en las pocos fotos en que accedía a aparecer). Acostado leía y fumaba, horas y días. Acostado esperaba a sus amigos cuando iba a visitarlos (“Vino Bobi, te está esperando en tu habitación, creo que se metió en la cama”). Acostado escribía sus famosas cartas, primero a los amigos y luego a las editoriales de Turín y Milán y Roma que le mandaban libros en todos los idiomas, para que les dijera cuáles traducir. Bazlen enseñó primero a sus amigos y luego a toda Italia a leer autores extranjeros, pero no escribió otra cosa que esas cartas a mano alzada y no publicó una línea en su vida. En una carta garabateada en servilletas de bar era capaz de decir: “Ya no se pueden escribir libros, sólo se puede escribir notas a pie de página”, y agregar a continuación: “Te escribo en un café mientras converso con amigos, así que disculpa envase y contenido”. Así le hablaba a Joyce y a Italo Svevo, de mocoso, en la librería de Umberto Saba en Trieste, y así le habló siempre a todo el mundo, por escrito y en vivo y en directo. Supervisó la traducción de toda la obra de Freud al italiano (antes de cumplir los cuarenta) hasta que se desencantó de su “neurastenia decimonónica” y se inclinó por Jüng, pero también de Jüng se desvió, rumbo a los distintos pensamientos orientales y a la antropología y a las memorias y a todo aquello que le permitiera asomarse por las grietas al secreto e inefable carácter de los hombres, según Gerti. Nada le gustaba más (en la vida y en los libros, en sus cartas y en su conversación) que las crisis, del color que fueran: de Spinoza, de Kafka, de Po Chui o de las parejas de sus amigos y amigas. Según Gerti, “con el psicoanálisis todos se pusieron atentísimos a sí mismos: nuestra generación habló demasiado de todo”. De ahí venía, según ella, el mito de que Bazlen no publicó nunca porque era un taoísta de la literatura. “Quizá sólo era de aquéllos que no saben engañarse, y los que no se saben engañar no pueden escribir” [las negritas son mías].

Un momento más tarde, antes de levantarse para despedir a Del Giudice, la vieja dama triestina acepta una última pregunta y se queda pensando largamente antes de dar esta respuesta: “Las personas hablaban con él, o recibían una de sus cartas, y después creían haber actuado por sí mismas; yo creo que ése era su don: hacerles comprender invisiblemente”. Y en ese instante postrero antes de abandonar el paisaje luminoso que se ve por el ventanal, y sumergirnos con Del Giudice en el palier oscuro, y bajar cinco pisos por escalera y desembocar en la calle más sombría y laberíntica de Trieste, comprendemos de golpe, inequívoca e invisiblemente, que las hermosas piernas de aquella fotografía de 1928 eran las de Gerti Frankl y que la foto la tomó Bobi Bazlen y el nombre y la leyenda Dora Markus los inventó él, para que un amigo que sí sabía engañarse escribiera un buen poema.

 

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-278306-2015-07-31.html

Antonio Gamoneda: el poeta de las cosas simples

miércoles, enero 21st, 2015

Distinguido con el Premio Nacional de Poesía de España y con el Cervantes, es una de las voces literarias más destacadas de su tierra. En esta entrevista repasa su historia, marcada por la tragedia familiar, la pobreza y el franquismo, reflexiona sobre el lenguaje poético y confiesa que la vida le parece «un extraño accidente»

Por 

Antonio Gamoneda le pide a su mujer que lo inyecte el día que cumple cuarenta y cinco años. Amelia Lobón se resiste. Te va a hacer mal, le advierte. Y él responde: «Entonces, tendrás que prepararte para verme sufrir». En un gesto de respeto y amor, dieciséis milímetros de Pantopón, la rosa líquida, entran por las venas del enfermo terminal y éste se duerme. No se despertará más. Deja un libro de poesía publicado en 1919, Otra más alta vida. Para su hijo, que entonces tiene apenas un año de vida, será el primer acercamiento a la lectura, pues es una de las pocas cosas que su madre va a poder llevarse consigo en su mudanza a León.

Viuda y con problemas de salud, decide dejar la humedad de Asturias, al norte de España, por un lugar más seco, interior, alejado de la proximidad y la bravura del mar Cantábrico. Descienden entonces, madre e hijo, 120 km de mapa con lo justo y necesario para ensayar una supervivencia mísera. Estamos en 1934 y a la Guerra Civil Española sólo le quedan dos años para estallar. Cuando eso sucede, en 1936, Antonio Gamoneda Lobón es un chico de apenas cinco años de edad. Vive ya en una zona marginal, de la periferia de León capital, al noroeste de España, en la margen derecha del río Bernesga, en la antigua carretera de Zamora, al número 4. El tono del llamado Barrio de la Sal es negruzco y las escenas que allí se generan, vergonzosamente normales. León ha caído en manos de los nacionales, de los militares rebeldes a la República, engañando a los mineros asturianos del norte. La ciudad sirve de sede a la Legión Cóndor y es, toda ella, un inmenso penal. La cárcel más grande, la misma que en el siglo XVII albergara al mismísimo Francisco de Quevedo, es la de San Marcos -hoy, irónicamente, un parador de lujo galardonado con cinco estrellas- y, casualmente, para llegar hasta ella es necesario pasar por delante de la carretera de Zamora. Un niño encaja su rostro contra los barrotes del balcón, siente el frío mientras ve pasar filas de hombres, atados por una cuerda, de tres en tres. Jamás ve hacer a ninguno de ellos el camino inverso. En las madrugadas escucha con nitidez los gritos amarillos de las mujeres que observan impotentes cómo se llevan a sus maridos. Las azoteas tienen entonces las luces encendidas. Los barrotes aún están pegados a la cara de ese niño; su frío vive en él.

Podría ser inútil recorrer los inicios vitales del poeta y, sin embargo, en este caso, no lo es. La obra de Antonio Gamoneda, toda, es una suerte de peculiar autobiografía. Su ordenación cronológica es innecesaria: no funciona así. No resiste una sistematización. Con la excepción de Cecilia (2000-2004), que constituye un diálogo con su nieta, cuyo nacimiento proporciona al poeta una coyuntura reflexiva entre la inexistencia y la existencia, su obra total trata más bien de un universo orgánico con núcleo en Descripción de la mentira, publicado en 1977, tras un hiato de más de una década carente de escritura. ¿Casual? En absoluto. Sólo cuando Franco muere y termina la dictadura que mantuvo durante casi 40 años, Antonio Gamoneda retoma la actividad creativa. En aquellos años de silencio artístico sus compañeros caen: asesinados, suicidas o locos. Ese grupo de intelectuales al que él estaba adscrito militaba en el Partido Comunista, clandestinamente, por fuerza, y de aquella época fue Antonio el único que quedó en pie. A uno lo tiró la policía al tren; dos se suicidaron; un cuarto tuvo un extraño accidente de auto; al quinto, lo tuvieron que internar.

El poeta que sobrevivió posee una voz que viene de la pobreza, de la militancia y del dolor. No hay en él un discurso construido acerca del tema. Si fuera por Spivak, Gamoneda sería la voz misma de la subalternidad. Por eso intentar incluirlo en la generación poética del 50 es absurdo. Dice él mismo que esa categorización no es más que un invento del inteligentísimo poeta catalán Jaime Gil de Biedma. Un artilugio de marketing, en suma. Antonio excede ese compartimento estanco: es un autodidacta que deja su educación gratuita en un colegio religioso a los 14 años para poder ayudar a su madre a subsistir. En 1943, ya iniciada la dictadura franquista, entra a trabajar como recadero en una oficina bancaria. Pasando por distintos puestos, permanecerá allí durante 24 años y esa condición de obrero quedará patente en su obra Blues castellano (1961-1966). En el 69, y absurdamente, tiene que dejar su puesto por una ley que obliga a tener una carrera. Va entonces como gerente a la Fundación Sierra-Pambley, perteneciente a la Institución Libre de Enseñanza y dedicada a la educación de campesinos y obreros. Su sede leonesa está pegada a una casa que posee un pequeño jardín. En el jardín, hay un árbol. Y ahí, al lado de una de las catedrales más bellas de España, vive el poeta que, por otra parte, se define como agnóstico.

Desde su mesa de trabajo se escuchan las campanas de la torre más alta de León. La casa del árbol tiene una puerta chica de la que cuelga un buzón y que, normalmente, viene a abrir María Ángeles Lanza, mujer del poeta y madre de sus tres hijas. Atravesar el patio es ver el busto que Jesús Martínez Labrador hizo de la cabeza del poeta y que Antonio asegura «proporciona los datos de mi envejecimiento». María Ángeles guía al visitante por unas escaleras de madera que terminan en un largo pasillo, más bien oscuro y éste, a su vez, desemboca en el despacho del poeta. Y hay humo. Le encantan los ceniceros hechos con fósiles. Fuma, fuma, como todos estos años. Se levanta y te saluda, como si fuera un padre, como si fuera nadie, como si estuviese a la altura de cualquier ser humano. Una se pone frente a él y deja que su voz cubra la estancia, que haga del humo un espacio habitable, porque cualquiera que haya escuchado a Gamoneda sabe que lo que emerge de su glotis no pertenece a esta tierra. Y que sus ojos, entreabiertos, están incrustados en un lugar en el que se deduce la existencia de un demiurgo.

Está cansado. Y lo está desde que obtuvo reconocimiento. Hubo cosas a las que no pudo decir no. A otras sí que se atrevió, por ejemplo, cuando rechazó entrar en la Real Academia de la Lengua Española, ubicada en Madrid, a unos 350 km de León. ¿Por qué no?, le pregunto. Y responde con su franqueza natural:

-¿Qué pintaba yo allí? Además hubiera tenido que perder a lo mejor tres días a la semana, porque entonces había menos trenes todavía. Luego se arregló lo de los trenes pero a mí no me tira eso. Yo pienso que la Academia está muy bien para los lingüistas y que los escritores están un poco de adorno allí. No es mi función.

El primer poema que conserva data del año 1947. Su primera obra publicada y premiada con el Adonáis pertenece a 1960. De joven se presentó a varios concursos y no siempre hubo suerte. Aún hoy reafirma su escepticismo respecto a los premios y a las instituciones que forman canon.

-¿Hasta qué punto la institución opera como relevante en la concesión del reconocimiento de un poeta?

-Hombre, sí funcionan. Pero son reconocimientos que desde luego no aumentan la calidad de la poesía. Son un asunto muy secundario. Puede darse y es muy natural, un deseo de ser reconocido. Es muy natural pero se trata de algo secundario. ¿Quién reconocía a François Villon o a san Juan de la Cruz? Nadie. No publicaron en su vida. Ahí está.

-¿Por eso prefieres no ser jurado de premios literarios?

-No me gusta porque la propia mecánica de los jurados es incorrecta. A veces hay mala intención o hay deseos de beneficiar a uno, de perjudicar a otro, pero incluso, aunque no haya eso, es incorrecta. Conjugar valores, dar algo de valor, que al fin y al cabo cuando de los libros estás haciendo una apropiación subjetiva, y eso otro es una objetivación, es decir: «Éste es mejor que éste». Además, otra razón para no entrar a los jurados es que yo soy un miembro incómodo. Yo he ido a premios y me han dicho: «Toma, ahí están los diez libros que hemos seleccionado para que no trabajéis mucho». Y yo digo que no, que de ninguna manera. «A mí me habéis llamado para ver cuál es el mejor de doscientos, ¡no de diez!» Y esos diez suelen llegar ahí por algo. Es que la mecánica es incorrecta. Aunque no haya voluntad torcida. ¿Tú te crees que en el premio ese Planeta se pueden leer trescientas novelas?

En 1977, cuando aparece su obra centrípeta, ésta apenas genera reseñas. Es en 1988, con Edad, una antología al cuidado de Miguel Casado -que también se encargará de la última titulada Esta luz-, que Antonio Gamoneda es reconocido con el Premio Nacional de Poesía en España. Pero el golpe seco llega en 2006, cuando se le otorga el Premio Cervantes. Dice, resignado, que recibir el galardón le supuso una pérdida de tiempo de lectura y escritura muy grave. El pasado 29 de agosto, a sus 83 años, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad nacional Autónoma de México. Acto al que, sin duda, su amigo, o acaso hermano, Juan Gelman hubiese asistido emocionado.

-En tu último poemario hay un poema dedicado a Gelman.

-Sí, somos muy amigos. Él me ha dedicado algunos a mí también. A mí me lo pedía el cuerpo porque, siendo muy amigos, tuvimos un problema en alguna ocasión. Hubo una mala -vamos, mala en el peor sentido- una viciada, insidiosa interpretación de lo que yo había dicho de Benedetti. Yo había dicho de Benedetti -y lo mismo me pasó con Ángel González- que como seres humanos eran excelentes y que creía que lo que se habían propuesto lo habían hecho bien. Sin embargo, yo no participaba de esa poética que ellos se planteaban. No la entendía como pensamiento intrínsecamente poético y que respondía a una conciencia bien montada, pero no en el orden poético, a mi juicio. Bueno, pues luego estas cosas se publicaron distorsionadas. Gelman era muy amigo de Benedetti. También pensaba que la poesía de Benedetti no estaba en su camino, pero tal como le presentaron las cosas, yo me había meado encima de la memoria de Benedetti, que acababa de morir. Y tuvimos un problema con eso, que en fin, luego se arregló. Quiero decirte que me pedía el cuerpo darle una muestra de cercanía. Nada más.

Cuando Gamoneda da esta respuesta, Juan aún vive. Tras la muerte de su amigo, del que asegura que, «sin pretenderlo, ejercía de maestro», el poeta leonés, provinciano por voluntad propia, externo al eje Madrid-Barcelona típico del mundo poético español, reflexiona así:

Me pregunto si en persona humana, sea o no un gran poeta, cabe dar señal de mayor generosidad que la señal de Juan; la señal que no comunica el sufrimiento, que niega la extensión del sufrimiento a los amigos. Y me pregunto también si ante la muerte (lo diré con palabras menores, sin dramatismo, como a él le gustaría) puede darse una elegancia de más fino estilo, de más claro y hermoso perfil estético que la de Juan Gelman.

En su último trimestre de vida, Juan le había enviado por mail tres poemas que, ahora, Antonio comprende como una sutil despedida y que están, precisamente, en el último libro, Hoy, que Gelman presentó en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el 26 de agosto de 2013.

A pesar de que esos tres poemas llegasen vía mail -por intercesión, seguramente, de su hija Amelia, que es quien maneja la correspondencia no física del poeta-, Antonio evita en todo lo posible relacionarse con las máquinas. Tiene la necesidad de escribir a mano. No es posible que sus poemas sean escritos en pantalla. Lo cierto es que él, más que escribir, dibuja. Su caligrafía es una mezcla de jeroglífico y joya. Sus borradores, ensayos y reescrituras, acaso mudanzas. Por eso no extraña, tampoco, que haya colaborado más de una vez con artistas pertenecientes a otros órdenes artísticos, como la pintura, la fotografía o la música.

El último libro de Antonio Gamoneda, publicado en España en la colección Nuevos Textos Sagrados de la editorial Tusquets, Canción errónea, salió a la luz de milagro. Hay 36 poemas, cuya meta era este libro, que están perdidos en una carpeta negra, de cartón, tal vez rodando aún por la capital de Cataluña. Antonio los perdió cuando fue a recibir el Premio Ciudad de Barcelona, en 2010. No sabe si fue en un taxi o en el avión. El caso es que aquello fue y es, hasta hoy, una pérdida irreparable. Porque la poesía, según él, es hija del instante y los poemas que fueron escritos en un momento preciso son, por lo mismo, irrecuperables.

-¿Crees que hay imágenes que operan como punto de partida del poema?

-Sí, pero esas imágenes hay que convertirlas en lenguaje poético, es decir, esas imágenes tienen que surgir dentro del que es el curso generativo natural de la poesía. Y yo pienso que esas imágenes surgen mejor desde un aparente olvido -aparente porque no es completo, está funcionando en ti- que si hay una premeditación en colocarlas ahí. Pongo esto porque desde aquí voy a seguir: déjalo que venga ahí. Déjalo.

-En Canción errónea, dices: «Fueron las madres del Barrio de la Sal. Y las linternas / de los ferroviarios. / Fue / mi primera muerte, la última / mañana / de mi vida». ¿Eso es una imagen tuya?

-No es una imagen. Es un recuerdo perfectamente real, pero yo no pensé en las madres del Barrio de la Sal cuando estaba empezando el poema. Salieron de esa manera porque tenemos una acumulación subyacente de recuerdos, de pensamiento y eso es nuestra despensa y tiene que salir. Pero no hay que ir a buscarlo. Que venga.

-¿Crees que escribir poesía es manejarse con el dolor? Pienso en los versos que dicen: «Lo deseable sería,efectivamente, no tener pensamiento; descansar en la falsedad, y después, / efectivamente, sin miedo ni esperanza, /cesar».

-Pensamiento a posteriori sigue siendo eso. Y, ciertamente, entiendo la vida como un extraño accidente, cargado de errores y también de placeres, de amistad, de amor, en fin, de todo. Pero en su conjunto es incomprensible. Ahí el poeta hace una hipótesis en cierto modo frívola, «lo mejor sería esto y lo otro». Bien, surgió así. Lo dejo. No resiste una crítica en el orden del pensamiento discursivo, reflexivo, no la resiste, tiene que funcionar dentro del pensamiento poético.

-Las referencias están en ti.

-Sí, bueno, las referencias. De lo que se trata es de que hay culturas simultáneas, no en el tiempo, sino que en el siglo XVIII o en el XXI, me da igual, una etnia que todavía está arrinconada no sé dónde, está reproduciendo la cultura que hace 1200 años había en otra etnia de otro continente. La está reproduciendo porque está suscitada por necesidades, por pulsiones análogas y hay cierta equivalencia. Es lo que ocurre en términos antropológicos entre esas dos culturas que yo llamo simultáneas, no en el tiempo. Ocurre en poesía también. Es muy extraño que todo lo que dice un poeta no lo haya dicho nadie. Es un lenguaje universal y todos estamos sacudidos por las mismas y por parecidas, y si no son las mismas, son equivalentes, la palabra equivalencia es bastante justa. Pueden ser disímiles pero tener una función, un valor equivalente. No es lo mismo igualdad que equivalencia. Por ejemplo, puede haber equivalencia de peso entre un saco de plumas y un paquete de bolígrafos: equivalencia de peso, igualdad, ninguna. Y la poesía es así, es al fin y al cabo un lenguaje universal, es algo que la especie humana se dice a sí misma por boca de algunos y eso tiene que repetirse.

-También habla el poeta de Canción errónea sobre la situación actual de crisis global y dice: «Quemar, por ejemplo, los trépanos y las finanzas financieras, a causa de lo dicho y también para que la mierda no entre en las venas de nuestras madres y para que aún puedan sonreír un poco / antes de morir». ¿Crees que en América Latina las cosas se están moviendo de forma diferente a España?

-No demasiado. Puede haber diferencias puntuales pero ocurre una cosa: el planeta está dominado por un entendimiento salvaje de la economía y como consecuencia de ese entendimiento todas las relaciones humanas están verdaderamente maltratadas y deformadas. Y puede darse un aspecto mejor y otro peor y diferir entre un país y otro pero nunca en lo sustancial. Siempre está decidiendo el amo del dinero. Siempre. Y eso configura la existencia totalmente en términos planetarios. No idénticos, pero sí equivalentes. Yo pienso que lo que estamos pasando en España no es solamente una cuestión española. Es la forma que en España adquieren unas circunstancias que son planetarias y parece, yo tengo la sospecha de que históricamente pueda darse un cambio fuerte, no sé si para bien o para mal, o para peor. Mal ya está.

-Pero ¿cómo?

-No lo sé. Pero cuando las cosas llegan a extremos como los que están llegando en términos planetarios, se modifican. Yo pienso que la próxima revolución tendría que ser, no política, sino económica. Se tendría que crear una economía alternativa que socavara los fundamentos del neocapitalismo. Y que se vinieran abajo los liberalismos, los capitalismos y los neocapitalismos y los neoliberalismos. (Suspira.) Difícil, largo, duro.

-Yo no sé si realmente se está dispuesto a eso porque lo único que se ven son manifestaciones controladas.

-No, la gente no lo entiende pero tendrá que entenderlo. Mira, en esta misma mesa un grupo de Gijón, de indignados. yo había hecho una conferencia, un artículo, no lo recuerdo ahora, el caso es que ellos creyeron que yo podía colaborar con ellos y yo lo intenté. Pero llegué a la conclusión de que preferían vocear y tirar piedras a decir: «Yo, coche no. Vamos al trabajo tres en un coche, si es que tenemos que ir» o «Yo no tengo trabajo, pero ahí hay campo sin cultivar». Pero esos mecanismos son muy difíciles. ¿Qué cambio va a haber si no se está dispuesto a él? No, es que hasta hace cuarenta años, o cincuenta, en España y en el resto del mundo, permanecían las ideologías. Realmente las ideologías ya no funcionaban, no estaban ajustadas a lo que es la realidad histórica. Pero por si acaso, han sido sustituidas por una única ideología que es el consumismo. Un chico ahora está mucho más preocupado por sus vaqueros y por su moto que por cualquier otra cosa, incluso en la actual situación.

-Y no hay conciencia de ello.

-Y hay además un vaciamiento ideológico que fue sustituido, con mucha picardía, por el consumismo que parece que no es ideología, sino una antiideología, pero funciona como una ideología, en el sentido de que conduce los actos, la actividad de los seres humanos.

-De todos.

-La revolución que yo llamo económica consiste precisamente en. es que ¡esos chicos que te digo querían tirar piedras! Y ¡no vais a ninguna parte con eso! ¡No hacéis nada! Y no lo entienden. o no lo quieren entender.

-La disidencia está contemplada por el sistema.

-Así es, hija.

-¿Te arrepientes de algo?

-Seguro, pero no me acuerdo. Seguro que hay muchísimas cosas, pero no me acuerdo. Yo no hago inventarios de ese tipo.

En la calle Alcalá de Madrid hay una cápsula del tiempo. Se trata de la sede del Instituto Cervantes, en cuyo sótano existe una cámara acorazada. Allí, los grandes de la cultura hispánica depositan su legado en cajas de seguridad que no se abrirán hasta la fecha que los firmantes consideran oportuna. En el caso de Antonio Gamoneda, será en 2032. Le pido entonces que me dé alguna pista de lo que hay en su caja de las Letras y él, desde su voz de rueca, responde volviendo al origen de su poética:

-Son cosas que han condicionado mi vida. Que tienen que ver con la muerte de mi padre y con la soledad y la pobreza de mi madre, que se proyectaba sobre mí, y bueno, hay testimonios objetivos de algo de eso, de una parte. Están ahí. Mira, te lo puedo decir. Mi padre se sabía en situación temporal y decidió morir el día que cumplía 45 años. Mi madre lo ayudó.

 

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1756922-antonio-gamoneda-el-poeta-de-las-cosas-simples

Nadie sino tu, Charles Bukowski.

martes, septiembre 2nd, 2014

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
Te verás una y otra vez
en situaciones
casi imposibles.
Intentarán una y otra vez
por medio de subterfugios, engaños o
por la fuerza
que renuncies, te des por vencido y/o mueras lentamente
por dentro.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
y será muy fácil desfallecer,
pero muy fácil,
pero no desfallezcas, no, no.
limítate a mirarlos.
Escucharlos.
¿Quieres ser así?
¿Un ser sin cara, sin mente,
sin corazón?
¿Quieres experimentar
la muerte antes de la muerte?

Nadie puede salvarte sino
tú mismo
y mereces salvarte.
No es una guerra fácil de ganar
pero si algo merece la pena ganar,
es esto.

Piénsalo.
Piensa en salvarte a ti mismo,
tu parte espiritual.
la parte de tus entrañas,
tu parte mágica y ebria,
sálvala.
No te unas a los muertos de espíritu.

Mantente
con buen talante y garbo
y al cabo,
si fuera necesario,
apuesta tu vida en plena refriega,
al carajo las probabilidades, al carajo
el precio.

Nadie puede salvarte sino
tú mismo.
¡Hazlo! ¡Sálvate!
Entonces sabrás exactamente de
qué hablo.

La meta, Hamlet Lima Quintana.

jueves, julio 3rd, 2014

Hay que llegar a la cima,
arribar a la luz,
darle un sentido a cada paso,
glorificar la sencillez de cada cosa,
anunciar cada día con un himno.
Hay que subir por esa calle ancha,
dejar atrás el horror y los fracasos,
y cuando entremos cantando por la cumbre,
estirar las manos hacia abajo
para ayudar a los que quedaron rezagados.

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Sobre una poesía sin pureza, Pablo Neruda (1935).

martes, junio 24th, 2014

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ello se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a Ias cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.

La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y los dedos, la constancia de una atmósfera inundando las cosas desde lo interno y lo externo.

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.

Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.

La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recuerdo de un magnífico tacto.

Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, «corazón mío» son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.

Sobre la función del poeta.

martes, agosto 20th, 2013

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Palabras de Alberto Girri sobre la función del poeta, y un poema de Jaime Sabinés.

(…) la función del poeta, del poema, es la de intentar darle una existencia permanente a la realidad aparencial en la que nos movemos: la tesis de que todo lo dado existe, pero a la vez no existe sino por medio del artista que lo va creando. Pero, fundamentalmente, creo que en última instancia el fin del poema es dar cuenta del compromiso que su autor tiene con la lengua, o sea lo más vital de la comunidad donde ese poema fue escrito. Un compromiso que consiste, observó Eliot, en conservar la lengua, en primer término, en perfeccionarla, ampliarla, en segundo lugar. Al expresar lo que otras gentes sienten, el poeta modificará también el sentimiento, haciéndolo más consciente. «Hará —agrega Eliot— que las gentes sepan mejor lo que ellas ya sienten, enseñándoles por lo tanto algo nuevo sobre sí mismas. O enseñándoles también, a compartir conscientemente nuevos sentimientos que hasta entonces no habían experimentado.»

 

Alberto Girri.

 

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Me tienes en tus manos

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

 

Jaime Sabines

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