Textos

Hipótesis de la masacre y su soliloquio

¡Pelo qué pelazo de sulcoleano pelotúdo que sos Chop Suey! ¿¡cómo mielda se te vascapal un tilo en la cala de la Yessi!? ¿¡Vó só boludo só!? Tlajite la pistola páselte el pija y mostlalselá ¿¡y le meté un tilo en la boca!? ¡¡¡La minita testaba dando bola gil!!! ¿¡qué otla minita va conseguí ahola que te dé bola, eh, con esa cala y esos glanos de mielda que tené, pelotúdo!? Jé… jejejé… la cabeza a la Yessi le estalió como uno de mis glanos en el espejo… ¡pelo que pelotúdo que está desde que te viniste a la Algentina…! ¡Ahola que está muelta no telavá podel cogé…! ¿Lo qué…? ¿Qué le pasa a este salame? ¿¡qué glitá gil!? ¡Palá de glitá gil, palá…! ¡Uh a este lo pongo! ¡Tomá gil, en la oleja! Y otla en la panza… jejeje, ta bueno, cómo se letuelce… A la Yessi la bala lentló mejó, no sé pol qué loco pelo me gustó má. Este no pala de letolcelse… ¡Tomá, en la espalda gil! ¡Tomá tlé má en el culo pol asqueloso! ¡Qué de gelatina que tenía este adentlo…!

¿¡Y ahola qué hacemo Chop Suey, eh, cómo la aleglá esta, eh, vilgen glanoso de mielda!? No podé acé nada bien, eh… “Sulcoleano pelotúdo tiene manos de jelopa, se le escapa un tilo y mata a companiela de la noctulna de Belnal”, sale maniana en Clónica, jé, jejeje, en la tele la pantaya loja y la música esa toda loca, jé, y despué el goldo cabezón puto ese diciendo: “fue plimicia de Clónica… único medio en el lugal… lo pescamos a Chop Suey estlangulándose la gayina despué de lo asesinato”, jejeje… ¡Uh se me está palando…! ¡só calentón vieja eh!

¡Qué buenas paja que me clavé! El Chopy una masa, vilgen pelo dulo como un palo el tipo…

¡Qué, qué! ¡Tomatelá loco, tomatelá…! Yo no hice nada vieja, ¿¡qué dos, qué dos, gil, qué glitá!? ¿Cómo se dio cuenta el salame este… si yo celé bien la puelta del baño…? ¡No glité, no glité vieja! ¿Qué hablá, qué… entlegá qué? No entlego nada vieja ¿¡qué vó no te tocá loco!? ¿Qué só puto só, me quelé clavá a mi, gil? Sí, me clavé dó paja y lo qué vieja… ¿vó no te tocá loco? ¡¡¡No glité!!! Uh, nú, se me escapó un tilo má… jé, tomá otlo, quelé má, tomá otlo má… gil… buena, buena, ya me clavé tlé, vámo que maniana la pantaya de Clónica vastal buenísima, ¡uh, ayá va otlo coliendo, tomá, cuatlo! ¡otlo má, cinco… seí, siete, jejeje, ocho, nueve… abajo la mesa, tomá puto, dié, once… vamó! ¿¡Eh viejo moiye qué te malentoná loco!? Tomá puto… doce, tlece, catolce, quince, dieciséi, diecisiete… …tleintaidó, uh, que buen númelo loco, el del balba… vámo a seguil Chop Suey que hay má munieco pá tumbá… ¿¡qué pasa con el alma loco!? Se tlabó, a vel…

Juan Manuel Aguilar

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El tiempo en la penumbra

El tiempo se condensa en el giro de un ventilador
en el lapso medido en ese ruido giratorio y oscilante
y la realidad es eso
es calor y penumbra
y es una puerta entre abierta o entre cerrada
y da lo mismo que sea aquí donde estoy
o en ese lugar en la memoria o en la imaginación
donde sostengo un vaso de vino
y miro la tarde y las sombras alargarse
en una provincia lejana
en una provincia, país adentro.

Juan Manuel Aguilar

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El naufragio inevitable

Tengo miedo del susurro del silencio
¿no escuchas el latido
de la maldad endémica del hombre?

Tengo miedo del susurro de mi mente
¿no oyes los pasos en las sombras
acechando la oscuridad en la luz?

Tengo miedo de estar solo
¿No ves los ojos desorbitados
bovinos, contemplando la muerte?
¿No ves la carne macilenta
tumbarse, oscilando a los lados?

El hombre es un dios tumefacto
perdido en su naturaleza
un espantapájaros en un cuadro
donde no hay campos, sino muerte.

Juan Manuel Aguilar

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Vigilia

Hace tres días que murió mi esposo. Nos íbamos a ir de vacaciones, lo estaba esperando para salir. Él había ido a dejar la camioneta al otro local, después llamó uno de los chicos por teléfono y me dio la noticia. La primer noche no dormí porque lo velamos, fue una vigilia sostenida por el asombro y por el dolor. La segunda noche Irma me puso en la palma de la mano dos calmantes. Me dijo: “tomalos Estela, te van a hacer bien, te van a permitir dormir”. Dormí doce horas de corrido y me desperté abriendo los ojos en un sobresalto. Por un instante no pude asimilar la oscuridad del cuarto, ni las sábanas, ni la cama. Después lo busqué a Jorge deslizando mi mano hacia su lado y encontré su lugar vacío. Me puse a llorar.

Al cartel de cerrado por vacaciones lo cambié por otro que dice cerrado por duelo.
Esta es la tercer noche. Me costó que Irma y los chicos se fueran. Se querían quedar, pobres, pero si ellos están tan mal como yo. Hoy no voy a tomar pastillas para dormir, hice que se las llevaran. No quiero que este dolor, que esta intemperie, me domine. Por eso hace más de dos horas que estoy acostada, el reloj cucú del living me acompaña.

De tanto pensar y revisar el pasado, de tanto reinventar las miradas de Jorge o sus manos o sus palabras, llegué a la noche anterior al accidente. Me detuve en aquel rato en el que me enseñó a bajar las térmicas nuevas del tablero eléctrico. ¡Con cuantas ansias esperábamos las vacaciones! El año anterior no pudimos tomarnos ni un descanso, pero este año las cosas se compusieron, ¡y cómo! Si hasta abrimos otro local y pusimos a los chicos al frente. Jorge estaba orgulloso, contento como padre y como compañero. Me guiñaba un ojo mientras me explicaba lo bueno que era tener todos los cortes de corriente en un solo tablero.

No me puedo quejar de él. Si bien es verdad que tuvimos momentos malos, en suma, fuimos felices. Además la felicidad es tan fugaz que yo prefiero medir nuestra relación por todo lo que nos cuidamos y quisimos el uno al otro. ¿¡Qué voy a hacer ahora sin él!? ¿¡Si ni siquiera puedo dormir por este dolor que siento en el pecho!? No, no Estela, no te arrepientas de haber rechazado las pastillas, esta noche no sólo está en juego el sueño o el descanso. Esta noche tenés que ser fuerte. Volvé el pensamiento a la mirada de Jorge, a cómo te guiñaba un ojo cuando bajaba cada térmica o a cómo con su mano guiaba la tuya. ¡Que contento estaba! Me explicaba a qué fases correspondían cada una. La muerte de un ser querido viste de minuciosidad el pasado, de lucidez calcinante, de cal viva el alma… ¡Basta Estela! ¡Basta…! Desconectate de los pensamientos amargos. Dormí de una vez. Así, bajá esa térmica, muy bien, ¿ves? Jorge te guiña un ojo y sonríe. Bien, apagaste las luces testigo de las máquinas y los pensamientos amargos. Ahora la que sigue, muy bien, apagaste las luces del fondo de la cuadra y ya no hay pensamientos sobre la muerte, hay un guiño y una sonrisa en la penumbra, nada más. Ahora otra, apagaste las luces del local y del resto de la fábrica y aflojaste el cuerpo, lo soltaste como un puño que se abre y descansa. Te faltan dos. Bajá otra térmica, desconectá la luz del living y la cocina y regulá la respiración, ahora respirá calmada. Inspirá y soltá todo el aire del pecho, sólo escuchas tu respiración. Bajá la última térmica y apagá la luz de los cuartos y poné la mente en blanco, como un manto de nieve en la mañana sin aurora, sin cielo ni llano… Y sólo queda una pregunta: ¿es así la muerte, Jorge?

Juan Manuel Aguilar

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Orbes

En esta danza inútil
entre el cardumen de manos ensangrentadas
y el acorde nocturno de los ojos
somos solo memoria dividida
sal y llagas entre fósiles y risas

relojes arrastran el tiempo y sus toneladas

el círculo improvisa estertores
signos quizás de sus vísceras
y guía a las maquinas del sueño

con sus ecos
sus orbes
y sus criptas

tu nombre cae en el abismo de la palabra
y no hay vestigio de savia ni prisma que lo redima.

Juan Manuel Aguilar

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Muerte

Muerte circular
en los estados confusos de mi mente
un descanso sin aliento
para el asedio de qué

Panorama de espectros grises
una luna inerte
siempre distinta
se funde en mi conciencia

Significados

Quizás las estrellas en caos estático
revelen aquellas formas
formas de confusión y miseria
formas de engaño placentero

El silencio de la incoherencia
se balancea como un péndulo nocturno
la tragedia duerme en la sospecha
hasta que despierte.

Juan Manuel Aguilar

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Lluvia

Hay olor a lluvia en tus cabellos
Y tu sonrisa evoca las sombras de un jardín…

Silencio

Tus manos son una caricia desesperada
te veo correr por los atardeceres
de los patios de la memoria
o esconderte en los rincones de las casas
como queriendo que no te roben la niñez

Llueve

Pájaros, dolor y soledad
son los acordes secretos del alba

el alba es un mar invertido que baña
las costas del sueño

tu cuerpo oscila entre la lluvia y el llanto
tu piel es un manto bajo el iris de la noche

hace frío
hay olor a hierba
la soledad acaricia mis huesos

¡Que no amanezca!

no quiero ver mi partida
reflejada en tu rostro

Juan Manuel Aguilar

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Falta el aire

tanto

que el espacio es un mármol
de árboles y bosques petrificados

la membrana de tus labios se rompe
en el trampolín de un beso

la asfixia y sus galerías de cuadros
exhibe dientes, tráqueas e hipotálamos

la palabra fluye como sal y sangre del ojo de tu boca

once soldados me buscan mientras
los perros del tacto devoran mis manos

no hay espejo que arrebate la constelación de tu rostro

entre andamios y aparejos oscila mi esqueleto
sobre los silentes sauces-cerebros del hambre

la Furia anochece las ruinas de la memoria
el reloj es un cíclope que late el tiempo de los restos

bajo los arcos del sacro osario yace tu sexo
mutilado e intacto guarda los harapos de la sed

te abrazo fuerte en el fondo
mientras nos vamos muriendo.

Juan Manuel Aguilar

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El escritor y sus sombras

Me dieron estos símbolos
para representar mi tristeza
mi efímera alegría
la conjugación de los días

tengo estos símbolos con los cuales
construyo la lluvia, la tarde, la casa
los combino para el entendimiento de mi cuerpo
de tu mirada, del alba

sin embargo el vuelo de una hoja de otoño
evoca y conjuga más que todos ellos combinados
mis manos que los escriben
sin saberlo los exceden, incluso, mientras los dibujan

por un instante creo comprenderlo todo
lo siento en el pecho mientras respiro calmo
pero la tarde es tan linda
esta hecha de crepúsculos
que se pierden en las calles

y tu voz de cántaro pronuncia mi nombre
y te miro y me distraigo y me besas en los labios…

Juan Manuel Aguilar

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El cuadro

Sopesó el arma, hizo girar el tambor, inclinó la cabeza hacia atrás en la silla y se dejó invadir por el silencio de la habitación. La luz ingresaba por la ventana de soslayo incrementando las sombras que se alargaban en las paredes, torciendo los rostros de los maniquíes apostados alrededor de las máquinas de cocer, modificando los ángulos de los escritorios, iluminando la mano, el revolver. La penumbra subía desde el sótano de la casa, él la imaginaba reptar inmóvil, subiendo peldaño a peldaño, arrastrando su forma de salitre por los pasillos, por los cuartos, impregnando de sombra y frío las telas, las sábanas, los cuerpos. Él se preguntaba si ya habría invadido a Mariana, si ya la penumbra y la carcoma habrían ingresado por la mueca crispada de su boca. Ningún otro le importaba, ya habitaban el olvido, como si los hubiese borrado, pero no Mariana… El alba se sostenía en un punto como un cuadro, balanceándose, el invierno era el lienzo, el río, la ciudad y la casa el marco, la escena íntima la conformaban los maniquíes mirándolo con espanto, él mirándolos mientras exhalaba bocanadas de vapor. Tendría que quemar todo, pensó, pero concluyó que no había tiempo. El cuadro cayó y resonó un disparo en toda la casa.

Juan Manuel Aguilar

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Felisa

- La felicidad se construye de pequeños momentos, chicas – se escuchó diciéndole a las mujeres que estaban en la peluquería.

- ¿Estas contenta? – agregó, dirigiéndose a la más joven que la miraba mientras mascaba chicle – me imagino querida, todo lo que se pueda estar en estos casos – respondió antes que la otra intentara emitir comentario.

Terminaron de cortarle el cabello, el mismo corte de siempre pero esta vez con un color de tintura nuevo. Inmediatamente después estaban haciéndole las manos. Mirando a las otras ella les conversaba animadamente, la señora que estaba en el secador de pelo la miraba y se reía.

- A los hombres, querida, hay que cuidarlos como si fueran chicos, como a tus hijos. Se hacen los fuertes, los que llevan los pantalones, pero en realidad hay que dejarles creer eso. Nosotras trabajamos, somos madres, nos encargamos de la casa, nos arreglamos para estar lindas y atractivas, tenemos una carrera, una profesión o un puesto laboral donde nos destacamos. ¿¡De qué sexo débil hablan, no les parece!?

Las otras asentían ante sus dichos, intercambiaban comentarios e iniciaban otras charlas de temas parecidos al conversado. Felisa las contempló unos segundos, las dejó hacer y al rato, cuando lo creyó conveniente, dijo en voz alta:
- Yo querida te recomiendo una cosa muy importante, cuando te mudes a lo de tu novio no dejes de hacerte cargo de la casa, de hacer economía, de organizar todo bien, viste, que él llegue del trabajo y se encuentre con todo arreglado, que le sea inevitable darse cuenta que tu mano hizo los cambios, sabes. Eso les gusta a los hombres, creeme, yo sé lo que te digo. Además para nosotras es fácil ¡pero si no tienen ni un cuadro en las paredes! no tienen cortinas, nada en la heladera y nada en el freezer, ni una alfombra de bienvenidos en la puerta son capaces de poner…

En la farmacia saludó a Irma, Elsa, Nora y Matilde mientras compraba cosméticos y algunos remedios. Pagó con la tarjeta de crédito nueva. Decidió pesarse para comprobar si la dieta de la luna le estaba dando resultados. Su memoria sufrió un pequeño desliz y creyó haber adelgazado con respecto a la última vez en que se pesó. Alegre se miró en el espejito circular del centro de la balanza y vio a Matilde, la empaquetadora, burlarse a sus espaldas con las demás…

- No, no, manzanitas no, ¿¡no tiene algo menos calórico…!? – le dijo ofuscada al pochoclero en la plaza. Con un chupetín en la mano se sentó en un banco. Los chicos en los juegos gritaban alegres. Pensó en las deudas de las tarjetas de crédito, la hipoteca, las pocas flores en el velatorio de su madre y los únicos dos familiares presentes que llegaron tarde. La soledad en el departamento lleno de cosas compradas compulsivamente, la falta de un hombre. La muerte de su madre por un derrame cerebral que se prefiguraba como su propio desenlace.

Juan Manuel Aguilar

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Fauces

Despertó con un grito ahogado por la angustia y el pánico, con su cuerpo sofocado y cubierto por transpiración. Con las sábanas arrolladas en sus piernas. La oscuridad y la quietud de la casa lo oprimían. Como en una revelación entendió el significado de su sueño recurrente, éste le había sido dictado, inducido, por las imágenes: dos hombres enfrentados, besándose, se arrancaban la carne del rostro a dentelladas. Pero esta vez no se había despertado ante el pavor y el asco de los rostros mutilados, sino por la comprobación de la identidad de los amantes; él era ambos…

Se detuvo un instante para recobrar el aliento, sus manos y su rostro resplandecían pálidos en la noche helada. El silencio del campo, esa sustancia hecha del ruido de insectos y de animales a lo lejos, acrecentaba la intemperie. Las máquinas de la noche colocaron la luna en su cenit. En ese mismo lugar pero a la hora meridiana su vecino le había contado del viaje urgente, de la estancia al sólo cuidado de los perros. Recordó los detalles que le diera el vecino orgulloso de sus animales, los cuarenta y tres kilos de presión por centímetro cuadrado en la mordida, la fiereza y el recelo con el que cuidan su territorio…

Llegó al cerco, los tres dobermans brillaban como peces bajo la luna, y lo miraban con ojos alucinados, gruñían mostrando los dientes como sierras. Dio un paso adelante. Los perros comenzaron a ladrar furiosos, chasqueando las fauces, salpicando baba. Inspiró profundamente y saltó el cerco.

Juan Manuel Aguilar

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Tunel

El gris impenetrable de los hierros se sedimenta en mi cerebro, una luz mortecina los baña de anestesia. No puedo desviar mis ojos de la imagen monocromática, no pienso en nada. El óxido de las máquinas repta y zumba como insectos. Mi brazo y mi mano se han encogido sobre la palanca, aferrándola. Las señales fosforescentes en el túnel, borrosas, se desvanecen interminablemente. El habitáculo huele a herrumbre, que trepa hasta mis huesos y los suelda al espacio, para que mis huesos zumben y sangren danzas de ojos sin retina. Recuerdos rotos emergen en mi mente, imágenes de una persona que grita. Pero los sonidos se alejan. El viento arrastra y agita las sombras que tuercen sus figuras. La marcha del tren llega a mis oídos como a través de una membrana; su reloj marca la rapidez de la máquina, que se tumba de un lado al otro. Estoy solo, en la cabina un cuerpo oscila, colgado de una cuerda, como un péndulo que rige lo impenetrable de la noche subterránea.

Juan Manuel Aguilar

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Duda

Hay noches en las que mi corazón se ve invadido por la duda, son aquellas de soledad azul y silencio de mármol las que provocan en mi un latir asediado de sospechas. En esas noches permanezco inmóvil durante largas horas en la cama, sin poder asegurar que la oscuridad que me rodea no pertenece a un océano en cuyas aguas flota a la deriva mi cuerpo bajo las mantas. Las márgenes giran hacia la inmensidad del infinito, no hay vientos ni suaves brisas, ni mareas, ni pájaros que traigan a mi morada una rama de olivo.

Me es imposible deslizar mis extremidades más allá de la cama, la sola idea me paraliza. Estoy seguro de que voraces pirañas se lanzarían de inmediato a roer mis piernas o que tiburones guiados por el rastro mutilarían mis brazos. Sólo transpiro frío salado.
Un imperceptible resplandor me distrae y la sombra pálida de un luna tuerce mi mirada, pero no miro, temo horriblemente que mis ojos descubran, en lugar del techo, un cielo estrellado. El cielo atrofiado de color se aleja, sobre un manto de cenizas remanentes. La oscuridad se condensa de pupilas, de escamas, de tráqueas abiertas, hasta solidificar su encierro.

Una de mis manos comete la osadía, se desliza por una de las paredes buscando el refugio de lo seguro. Pero la duda nuevamente asecha: ¿Quién dice que la pared no desaparece allí donde no hace contacto con mi mano?, ¿Y si algún demonio perverso se entretiene en poner su otra mano del otro lado?, para que yo crea, erróneamente, que existe la pared y también el cuarto.

Juan Manuel Aguilar

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Cerebro…

Mi cerebro es valvular, por lo tanto, al cabo de varios días de funcionamiento continuo se recalienta. Comienza a emitir sonidos extraños y vibraciones. Me veo inmerso en mares de resonancias. Es en ese preciso momento cuando siento lo cerca que estoy de las cosas, lo hermanado que puedo estar con los elementos. Entonces, comparto mis moléculas con las del fuego, vacío la reserva de mis pulmones y luego aspiro el gas que se escapa de los mecheros; reciclo la tierra comiéndomela, me arrojo al asfalto desde edificios, para sentirlo de cerca; permanezco semanas bajo el agua hasta quedarme blanco, arrugado y ciego; como peces cabras y caballos, me dejo pisar por elefantes, comer por leones, cocodrilos y ballenas, mis ojos contemplan las cumbres heladas desde los estómagos de buitres; me dejo resecar al sol, hasta que sus rayos carcomen mis huesos, y en las capas profundas de la tierra converso con los fósiles; disgregado entre los minerales quemo el silencio y licuo la oscuridad, sólo atravesada de lombrices, para que mis venas formen los pastos silbantes de las praderas; luego soy planta y peleo contra el viento y el agua las batallas de los frutos, para ser savia y recorrer las flores; enveneno a las abejas para dejar morir a los osos de tristeza, materializado en polen, que quema el aire con sus propias cenizas; me adhiero a los acantilados y mis tendones reptan por la piedra como lenguas laceradas, que golondrinas siniestras se devoran para que luego yo sea el defecado sobre la cabeza atrayente de una persona inmóvil, dejo que las aves me ensucien tanto pero tanto que sin quererlo comienzo a despertarme, despertarme hasta recuperar la normalidad de todos mis sentidos y ver que mis uñas también crecen en las paredes, que muchos animales se me asemejan, y que el agua sabe a mi y el fuego crepita algunas de las palabras, que repito en sueños.

Juan Manuel Aguilar

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Fascinación

La fascinación de la propia muerte es a veces más poderosa que el instinto de la preservación de la vida. En el límite de ambos extremos se halla mi fin propuesto. Observar morir a otro puede resultar difícil de narrar, no imposible. Imposible seria narrar nuestra propia muerte. Yo he encontrado en la frontera de estas dos pulsiones un subterfugio que supera el obstáculo. Minucioso procedimiento que impone el equilibrio entre la sombra final y la claridad. Al que podría describir como un desdoblamiento en víctima y observador. Claro esta que el riesgo de poner fin al rol primero en el escenario de la muerte es grande; no se agregaría nada al decir que esto mismo me impulsa también a su realización, pero implica además otra tragedia: la ruptura de la trama, el final del argumento; y la declinación, también, del segundo rol…
A veces me pregunto ¿qué me resultara más importante, si mantener el aliento por el aliento en si, o el aliento por la trama y su final?

Juan Manuel Aguilar

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